“Presente en los grandes eventos” de Pamela Martínez Barrera

 

Por Pablo Gamba 

Pamela Martínez Barrera ganó el Premio Artista Emergente en el festival de documentales Mimesis de Boulder, Estados Unidos, por Presente en los grandes eventos (Estados Unidos-Panamá-Venezuela, 2026). Es el tercer cortometraje que la cineasta realiza en torno a los temas de Venezuela y la migración venezolana, de la que es parte. Los otros son Estado fallido (Abu Dhabi-Venezuela, 2021) y 2002 (Estados Unidos-Venezuela, 2021). 

Como en algunos trabajos sobre la migración de otros venezolanos sobre los que hemos escrito en Los Experimentos ‒los de Luis Arnías, Edgar Jorge Baralt, Valentina Alvarado Matos y Elena Duque en particular‒, Presente en los grandes eventos se destaca por su disidencia de los enfoques espectacularizantes sobre la materia. Hay en esta película un giro de los tópicos de la peligrosa clandestinidad de los viajes, los campos de concentración, la explotación del trabajo no registrado y la persecución policial de extranjeros hacia la experiencia de una vida desterritorializada, por una parte. Por otra, y es más significativo, hacia la esperanza de los migrantes. 

Frente a la identificación que puede basarse en la compasión por los que sufren y la indignación por injusticias alucinantes ‒tema este último que ha trabajado de una manera notablemente rabiosa otro venezolano, Diego Murillo‒, Presente en los grandes eventos la busca en la perspectiva de futuro que también mueve a los que emigran. Recupera así el impulso de marcharse para ir en pos una vida mejor, mitificado en las historias de los padres y abuelos de muchos latinoamericanos, para darle un giro contemporáneo por lo que respecta, en especial, a la manera de experimentar el tiempo y el espacio. 

Explora las consecuencias de la distancia, y cómo los viajes y la tecnología de hoy mantienen a una familia dispersa entre países en un enrarecido “contacto”. La perspectiva de futuro se basa en el embarazo y el nacimiento del primer hijo de la hermana de la realizadora, Paola, que vive en Panamá. 

El título parece ácidamente irónico, porque refiere al acontecimiento que inicia la prolongación biológica del grupo familiar en una nueva generación y a la consecuente necesidad de estar allí, cuando las circunstancias lo hacen imposible. Pero esto se inscribe en una serie de reflexiones que acompañan a los diálogos de las hermanas, tanto en una visita de Pamela como por mensajes telefónicos, en torno a la experiencia de Paola como hija y su aspiración a no replicar el irrespeto que dice haber padecido en la familia. 

El anhelo de la migrante de un futuro mejor se traduce así en la recomposición de una vida rota, tanto por la migración como por su pasado y su propia inestabilidad personal. Parir como madre soltera y lejos de los que pueden darle apoyo es el contexto existencial de su proyecto de familia diferente. Del personaje que es víctima en la diáspora pasamos así a la protagonista de una reconstrucción personal y de sus relaciones más cercanas; del drama a una historia de amistad y amor, sin sacrificios heroicos para “salir adelante”. 

Lo más resaltante de este corto es cómo todo esto tiene correlato en el estilo. La dominante en Presente en los grandes eventos es la tensión entre el relato del viaje de visita a Paola de Pamela, que vive en los Estados Unidos, y una desestabilización que también abre la perspectiva de futuro con sus quiebres. En vez de reproducir la representación idealizada para la que se hizo, el material de archivo descubre en la familia las grietas que problematizan los vínculos. No hay, por tanto, un grupo mítico que la migración ha roto; lo que vemos es una familia rota por reinventar, a cuyas fisuras se suma la distancia. 

Tampoco tiene continuidad temporal el relato del viaje de visita. No solo lo interrumpen los fragmentos de archivo como una suerte de flashback sino además, en la banda sonora, los mensajes y las llamadas de antes y después. Funcionan también como presagio de lo que va a ocurrir cuando se acerque el momento del parto. Lo mismo ocurre con la transmisión de una ecografía por teleconferencia de internet para familiares y amigos no identificados ausentes. 

En la ciudad vemos tránsitos por lugares indefinidos que atraviesan las hermanas en auto como un paisaje extraño. Se enrarece en ellos la relación con el espacio, con las calles reflejadas en el parabrisas de un modo que adquieren cierto aspecto alucinante. También hay planos de la típica skyline, de un conjunto de modernos edificios que parecen no solo lejanos sino de otro mundo.


Vemos a Paola en el centro comercial donde se gana la vida entreteniendo a los niños con una cálida canción que llama a darse abrazos en ese gélido no lugar. También hay escenas que se desarrollan en sets de grabación y en la clínica. Se conforma en el argumento una brecha entre estos espacios y las partes en las que las hermanas comparten en la intimidad de la casa de Paola. Hace patente la experiencia de vivir en una ciudad que no se siente propia. 

La desestabilización más significativa, sin embargo, es la que causan los largos planos de viaje por una carretera que atraviesa una selva y que aparecen insertados en el relato. No se aclara dónde se desarrolla esta acción, ni se entiende por sí misma en el contexto de lo que sabemos de Paola. Se presentan así con la ambigua naturaleza del sueño o una alegoría de la vida en tránsito, que marcha hacia un punto desconocido pero que se presenta como destino, el lugar ideal donde poder establecerse y fundar el hogar, al que aún no se llega. 

En otro plano que funciona de manera similar vemos el número 29 formado por dos globos que se inflan sobre un río. Tienen un sentido explícito como forma de festejar el cumpleaños de Paola, pero también se los puede ver como una alegoría del aquí y ahora, en un tiempo y un lugar flotantes y en flujo. 

Un plano todavía más contundente es del cuerpo de Paola, embarazada, visto a través de la superficie de una corriente de agua, en la que su forma reconocible se diluye en el flujo. Es una imagen que nos hace sentir una potencialidad de cambio constante, que nunca se agota en la estabilidad de lo visualmente reconocible. Quizás sea un superpoder secreto de los migrantes. 

El prólogo invoca los ríos como esperanza, y una confluencia utópica, en el océano, de los que fluyen por territorios de pueblos originarios de Venezuela y Panamá, y el Jordán del bautismo mítico de Jesús. Son corrientes como las que atraviesan aquí el espacio y el tiempo de una vida personal y familiar desarticulada que busca recomponerse, pero vinculadas con luchas que unen hoy a la parte más consciente y militante de la humanidad en su respaldo. 

Quizás sea el lado César Vallejo de esta historia, de aquel de sus Poemas humanos en el que la unión de todos los hombres produce del milagro de una resurrección. La migración venezolana sigue despertando sentimientos de conmiseración que no deberían tener lugar frente a los que son poderosos, luchadores. Pero es porque su causa aún no encuentra la solidaridad internacional necesaria. Es lo que debería ocurrir para redimir a esta diáspora.

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