“El Amparo” de Rober Calzadilla

 

Por Pablo Gamba 

El Amparo (Venezuela-Colombia, 2016) es una película sobre una masacre que ocurrió en 1988 en la localidad de la que toma el título, en Venezuela. Pero no es un film que relate el asesinato de 14 pescadores a manos de policías y militares que los acusaron falsamente de ser guerrilleros, ni de cómo dos de ellos se salvaron. Tampoco intenta precisar la responsabilidad que tuvieron el para entonces jefe de operaciones de la extinta Disip (policía política), Henry López Sisco, o Ramón Rodríguez Chacín, que llegó a convertirse en una figura destacada del régimen bolivariano. Los dos formaban parte del Comando Específico José Antonio Páez, autor de crimen. 

La ópera prima de Rober Calzadilla no se ocupa de denuncias como esas, sino de algo misterioso que las trasciende: cómo logró articularse la voz de la justicia en el testimonio de dos personas humildes y sin atributos particulares, José Augusto Arias (Chomba en el film) y Wolmer Pinilla, a pesar de las presiones de militares y políticos para que aceptaran la versión oficial, y transaran por su libertad. Es algo que hubiera sido dado por presupuesto en una película que apenas hubiese pretendido ser vehículo para la transmisión de la verdad sobre lo ocurrido. 

El Amparo comienza con un estilo documentalista y una disolución de los personajes individuales en el grupo que sale a pescar. No hay ningún rasgo que haga sospechar que alguno tiene madera de héroe. Por el contrario, asumen el trabajo con una despreocupada actitud parrandera. La faena se confunde con una cantadera y bebedera de ron, y un planeado sancocho, también celebratorio. 

Lo que ocurre en el pueblo, justo después de que la canoa se pierde de vista en el río, no es tampoco ni remotamente épico. Los familiares afrontan que no se sepa nada de los pescadores con dejadez, aunque haya noticias de que algo malo sucedió en los alrededores. Lo mismo pasa con el jefe de la policía local, que desestima la preocupación de la gente cuando comienza a manifestarse. 

Luego, el estilo de El Amparo cambia, y marca distancia del modelo de cine político con tratamiento espectacular que parecía seguir. Se aproxima a la fuente dramatúrgica, una pieza de Karin Valecillos, quien la adaptó al cine. En escenas de diálogo vuelven a perfilarse entonces las individualidades, con sus diversas respuestas a la presión que ejercen los poderosos sobre cada uno de ellos. 

Allí comienzan a manifestarse los gestos con los que resistió insospechadamente la verdad y se transformó en clamor popular de justicia, comunicándose de los caracteres fuertes a los débiles, superando flaquezas hasta entre los mismos sobrevivientes. Todo ocurre misteriosamente, como si los personajes fuesen movidos por fuerzas de su interior, lo que los hace parientes lejanos, tropicales, de los de algunas películas de Robert Bresson. 


Hay un momento culminante por lo que respecta a la identificación de la victoria con el pueblo. No podía faltar en un film como este. Pero ocurre en un contexto en el que predominan la sobriedad y el rechazo del golpe bajo a la sensibilidad. 

Una escena ilustrativa es el llanto de los familiares en la comisaría, cuya oscuridad no permite ver los rostros sufrientes, aunque los lamentos se escuchen. Incluso el triunfo de la resistencia tiene una ironía en la película, por apego a los hechos. Chomba y Pinilla logran convertirse en la voz de la justicia, pero no son escuchados solo por eso. Otros intereses deben coincidir para que suceda. 

Cuando se estrenó en el Festival de Cine Latinoamericano del Instituto Cinematográfico Estadounidense (AFI), y después fue parte de la competencia Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián, El Amparo se hizo parte de un intento de renovación del cine venezolano del que también fueron parte La Soledad (Venezuela-Canadá-Italia, 2016), de Jorge Thielen Armand, y La familia (Venezuela-Chile-Noruega, 2017), que también tuvieron recorrido por festivales internacionales. Las precedió notablemente Desde allá (Venezuela-México, 2015), de Lorenzo Vigas, la primera película latinoamericana en ganar el León de Oro en el Festival de Venecia. 

Fue, sobre todo, un intento de poner al día la cinematografía venezolana con las tendencias renovadoras del siglo XXI, de las que se ha mantenido sistemáticamente al margen. Lo sofocó el hundimiento de la economía del país en 2017, como consecuencia de años de mala gestión de los gobiernos bolivarianos, en combinación con las sanciones de los Estados Unidos, pero también el rechazo persistente al cambio en el cine nacional, que aún cultiva, como mitología, el modelo industrial que floreció en los ochenta. 

En este grupo de películas, a las que hay que añadir como precursora Pelo malo (Venezuela-Perú-Argentina y otros países, 2013), de Mariana Rondón, que ganó la Concha de Oro en San Sebastián, El Amparo se destacó como la única que logró vencer esa resistencia en el país. Lo demuestra el premio principal que recibió en el Festival del Cine Venezolano de Mérida en 2017. A medida que se impone la perspectiva histórica, se destaca como la mejor y más original de esas películas, en particular por su arraigo en la tradición latinoamericana del cine social.

Pero el cine de encuentro del teatro y el documentalismo que Calzadilla propuso con este film no ha encontrado todavía un seguimiento significativo en el país. Quizás la única excepción es Jazmines en Lídice (Venezuela-México, 2017), de Rubén Sierra Salles, que es como una suerte de película hermana de El Amparo.

Una versión diferente de esta nota se publicó originalmente en Desistfilm.

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