“Los sueños viajan con el viento” de Inti Jacanamijoy
Por Isa Zavala Wong
Otro año, otro verano de Montréal, otra edición de Presencia Autóctona. La parte filmográfica yace escondida dentro del pequeño Cinéma du Musée, cuya ubicación y relación con el Musée des beaux-arts de la ciudad, revela que, lamentablemente, el festival de cine de pueblos originarios sobrevive bajo la dependencia de instituciones de las artes y fondos para la cultura… no tanto por su público. Más evidente es esta situación al entrar al cine, puesto que el festival es acogido por 50 espectadores como máximo y menos de 5 como mínimo. Es muy subestimado, lamentablemente, en mi opinión, ya que cada año sorprende con ciertas joyas en su programación.
Ese es el caso del filme de Inti Jacanamijoy Los sueños viajan con el viento (2024). Es el primer largometraje de un director colombiano que ya ha logrado reconocimiento nacional e internacional con tres cortos –La Manuela (2019), Sentir (2022) y El caminante (2022)– producidos por la misma casa productora que fundó, La Cueva Cine. Aplaudo al director por el reto del largometraje: la trama en torno a la muerte de un familiar cercano. En Los sueños viajan con el viento, Jacanamijoy crea un documental que yace entre lo onírico, la vida y el más allá, relatando los últimos días de José Agustín, indígena wayúu y abuelo del realizador.
Como muchos indígenas, José Agustín fue separado de su tierra, la Guajira, y de su madre por un grupo de misioneros católicos. Dado que los wayúu son una comunidad matrilineal, el exilio es exacerbado por el desconocimiento de la madre. Aun así, tanto la Guajira como ella desempeñan roles importantes en la narrativa de la película. Desde la introducción, es claro que la naturaleza se vuelve crucial para conectar con la tragedia y, asimismo, con la esperanza de José Agustín. Los bellos planos iniciales muestran la Sierra Nevada, la cordillera límite de la Guajira. Sumada a la reflexión de su nieto sobre su deseo de conocer la tierra y la cultura perdida de su abuelo, la Guajira se convierte en una leyenda lejana, una añoranza a causa del exilio que encuentran cuando José Agustín y su nieto emprenden un viaje espiritual-afectivo.
En vez de investigar archivos o buscar evidencia factual sobre el pasado de su familia, Jacanamijoy opta por un proceso más íntimo: un retrato a partir de las preguntas que plantea a su abuelo. Las más importantes tratan de darle un sentido a su identidad wayúu.
Se intercalan en esto planos estáticos de la naturaleza, que adquiere una dimensión protagónica, a diferencia de la tradición del documental observacional, aunque en su mayoría no son de la Guajira. No solo son contemplativos y diversos, sino que también traen con ellos un ambiente sonoro que convierte estos segmentos en una experiencia sensorial.
Estos planos se repiten desde la introducción, después de presentar a José Agustín bañándose en un río, hasta que se conoce más sobre el pasado del personaje. Al habitar estas imágenes, uno es más susceptible de conectar con la búsqueda de José Agustín e Inti. Cuando ambos personajes relatan sus experiencias y deseos ‒encontrarse con la madre de José Agustín en sueños, especular cómo será el reencuentro en el más allá, compartir mitos wayúu‒, todo cobra más sensibilidad bajo el trance de los paisajes.
A pesar que es obvio el paso de los días, la escala del tiempo no es muy clara. Pueden ser días, semanas, meses o años desde aquel día en que se introduce a José Agustín (asumiendo que el orden de los planos es cronológico, lo cual no parece muy probable). Lo único cierto es que el tiempo ha pasado y, después de tener un encuentro cercano a la muerte, José Agustín finalmente fallece. No obstante, Jacanamijoy no muestra a su abuelo hasta la exhumación de sus restos, presuntamente para su segundo entierro, el definitivo que marca su llegada al Jepirra (más allá), donde se reencontrará al fin con su madre.
Jacanamijoy desempeña un trabajo etnográfico que expresa un dilema personal y, a la vez, universal, al tratar de entender quién es y de dónde viene. Los planos semejantes en función a los de Lois Patiño y en temporalidad a los de Diana Toucedo, crean experiencias sensoriales no tan comunes en el cine. Lo que su trabajo carece de didáctica tradicional, lo compensa con la conexión afectiva-sensorial en su intento en entender su origen. Es lamentable no poder nombrar más ejemplos de este método en el Festival Internacional Presencia Autóctona, pero solo queda esperar entradas futuras tan impactantes como esta.


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