“Pude ver un fantasma desde mi ventana” de Mayro Romero y “Zamana” de Marianela Siccardi

 

Por Pablo Gamba 

En las sesiones en Buenos Aires de Bendita Tú, festival de cine feminista y queer que también tiene como sede Madrid, se presentaron los cortos Pude ver un fantasma desde mi ventana (Ecuador, 2025), de Mayro Romero, y Zamana (Argentina, 2025), de Marianela Siccardi. Pude verlos en la Casa Nacional del Bicentenario, institución dependiente del Ejecutivo de la Nación, lo que demuestra que los programadores saben encontrar formas de desafiar la censura impuesta a estos temas por el gobierno ultraderechista de Javier Milei. 

Romero es un artista y cineasta trans no binario, realizador de varios cortos que eran desconocidos para mí. Entre ellos se destaca Lxs argonautas (Ecuador, 2023), sobre la Guerra de Tiwintza en el testimonio de un niño, hijo de un militar, en el cual explora los bordes de la memoria y el sueño. Ha dedicado también una exposición a este conflicto bélico con Perú de 1995, que presentó junto con la artista Patricia Rodríguez, Diarios de Tiwintza (2025). 

Pude ver un fantasma desde mi ventana sigue una línea análoga por lo tocante a los recuerdos. Refiere al caso del activista por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ ecuatoriana Patricio Coellar, conocido como “Brigitte”. Su detención en 1997, después de haber participado en un concurso de belleza travesti, y los abusos que sufrió en la policía causaron un rechazo que culminó con la despenalización de la homosexualidad por el Tribunal Constitucional. 

Romero recurre a material de archivo de medios de comunicación sobre el concurso y la persecución a los homosexuales. Incluye fragmentos de testimonios escalofriantes de abusos policiales y en hospitales, aunque desviándose radicalmente del tratamiento sensacionalista. En contra de la estridencia, se decanta por los relatos en voz baja; a la “luz pública” opone las sombras entre las cuales los abusos se naturalizan y nunca se terminan. 

Las únicas menciones explícitas a Coellar son por su apodo, que se repite varias veces, como llamándolo, y entre las fuentes se cita al final, el obituario del diario feminista La Periódica. La historia que relata el corto es la de un crimen, pero no el de “Brigitte”, en la conversación nocturna de una madre y una abuela que el personaje de la narradora escucha haciéndose la dormida. Es un relato en estilo indirecto que resalta las interrupciones causadas por el olvido o la desmemoria voluntaria ‒“Te acuerdas de… o no te acuerdas”. 

Correlativamente a esta manera de contar, la película comienza con una confusión visual en la que no se distinguen figuras, como vacilando también. El material de archivo visual en el que se basa está interferido, desenfocado y, sobre todo, oscurecido. Se conjuga con fragmentos en soporte fílmico, cuyo grano e imperfecciones producen una imagen que tampoco es transparente. 

La historia que se cuenta es difusa, como corresponde al relato oral. El espectador o espectadora necesitaría información de contexto que no está en el argumento para precisar la relación con “Brigitte”. La referencia a un personaje que huye, pero que igualmente lo encuentran y lo matan, es imprecisa en las imágenes. Insertos en este contexto, los fragmentos de relatos testimoniales rasgan esa oscuridad con su contundencia, al igual que la descripción de la muerte. El impacto que pudieran haber tenido en una historia sensacionalista se trasmuta en relámpagos de verdad en medio de la confusión. 

Lo más interesante, sin embargo, es la deriva de la forma hacia lo sensorial abstracto, aún más refractario al sentido ‒una lúcida manera de transmitir, también, que los crímenes de odio no pueden entenderse‒. Me refiero al contraste entre la oscuridad y la que podría ser una ventana como la del título, un rectángulo de luz que se parece al de la pantalla del cine iluminada por un proyector sin película. Una imagen que se reitera parece referirla al aparato. Pasamos con esto de lo misterioso a lo enigmático. ¿Por qué esta otra luz, que rasga el cine en lo que tiene de análogo al sueño o a un mundo de fantasmas? 

Hay un plano, al final, que me hace sentir que la imagen puede hacerse borrosa también por lo opuesto a los relatos sombríos, al ser iluminada. Pienso, entonces, con escepticismo, en el poder de saneamiento que se atribuye a la ventilación de lo que se esconde en las sombras, como si sacarlo a la luz bastara para conjurar los peligros. Si fuese así, a casi treinta años del caso Coellar y el derecho nomonalmente conquistado, ¿por qué estamos viendo una película como esta? 

Entiendo entonces más profundamente la opción de la voz baja frente a la “luz pública”. De allí también que se invoque la memoria de Coellar con su nombre de “Brigitte” y que la pieza esté tan necesariamente atravesada por los fragmentos testimoniales, que suenan como un llamado a continuar esa lucha. Encuentra también lugar, frente a la luz sin película que enceguece, el cine, una ventana al mundo de los fantasmas que puede ser un modo de conjurarlos. 


Zamana, que recibió una mención especial en el FIDBA, en Buenos Aires, es también un corto que se presenta con una forma reconocible que termina siendo rasgada. Parece volver en la primera parte al cine de archivo familiar, tan manido en general y en Argentina en particular, con la singularidad, en este caso, de que se expande hacia otro acervo, de la televisión nacional. 

El relato allí es irónico por lo que respecta a la cineasta y sus dos hermanas, las trillizas Siccardi, la forma como sus padres las criaron y educaron, y la analogía con las Trillizas de Oro argentinas, cantantes y presentadoras de televisión. El quiebre se da con la información en ese mismo relato del nacimiento de la cuarta hermana, que cambió la familia y la película. 

La menor de las Siccardi es una chica a la que el título del corto me lleva a identificar como disléxica, citando una expresión tierna de la madre. Esto nunca se aclara con informaciones, lo que es uno de los méritos de la película por lo que respecta a la representación de las personas con discapacidad, pero parece evidente de que es una dificultad grave o síntoma de otra, aún mayor. 

Este personaje figura también en otras imágenes de archivo familiar, de un viaje feliz de las hermanas, lo que lo desvincula asimismo de los tópicos dramáticos sobre la discapacidad. Otro acierto son los primeros planos y otros encuadres cerrados. Acercan a los espectadores y espectadoras a una persona que, por sus características, sería difícil de abordar en cualquier situación. 

Lo destacable de Zamana es, por tanto, cómo la desestabilización de los lugares comunes de un relato de cine converge con el tema de la discapacidad. Lleva a preguntarse si lo que hace de esta un problema es que desestabiliza la vida que se replica, como la de las trillizas, con la irrupción de la singularidad humana. En el contexto actual de la Argentina, es algo disrruptivo porque el gobierno se niega a poner en práctica lo dispuesto en una ley para proteger a las personas con discapacidad de los recortes a sus prestaciones de salud. Cuestiona la lógica nazi subyacente. 

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