El cine y la cultura frente a la extrema derecha: Conversación con Juan David Correa, exministro del gobierno de Gustavo Petro en Colombia
Por Pablo Gamba
Con esta nota doy continuidad a una serie que empecé hace unos días llamando la atención sobre la necesidad urgente de imaginar un futuro distinto para el cine argentino. Se trata de convocar a la acción contra las medidas de ajuste radical o desmantelamiento del financiamiento público de la cultura en general, y del fomento y protección estatal del cine en particular, que han puesto en práctica e implementando los gobiernos de extrema derecha que han llegado al poder en América Latina en el marco de la que llaman “batalla cultural” contra el progresismo y la izquierda.
En Colombia esta corriente triunfó recientemente en los comicios con Abelardo de la Espriella, que ha planteado una reducción de 40 % del tamaño del Estado en su mandato. En el presupuesto para el año que viene propuso un recorte de casi 30 % de los fondos del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, y recientemente, a muy poco de iniciado su gobierno, dispuso la cancelación del Programa de Estímulos, que incluye premios, residencias, becas y pasantías.
En su programa de gobierno figura el impulso a “una gran industria audiovisual y una gran industria musical de derechos de autor”. Su planteo acerca de los “valores tradicionales”, que se propone reinstaurar con la “batalla cultural” está acompañado de esta manera de entender la cultura como “motor económico”, en el sentido de actividades capaces de generar exportaciones y atraer recursos hacia el país mediante “mega eventos culturales y deportivos”.
Esto se presenta como un regreso menos ambicioso a la “economía naranja” del gobierno de Iván Duque (2018-2022), que se propuso hacer de las industrias culturales y creativas impulsores del desarrollo, pero fracasó en alcanzar la meta de 1000 millones de dólares en exportaciones para 2022. Su política fue criticada por imponer la comercialización de la cultura popular.
Con el fin de ponderar lo que hizo el gobierno de Gustavo Petro en la cultura y estos cambios entrevisté a Juan David Costa, que fue uno de sus ministros en ese despacho. Además fue un colaborador en la campaña de Iván Cepeda, el candidato a sucederlo de su partido, el Pacto Histórico, que perdió las elecciones por muy reducido margen en segunda vuelta, el 21 de junio.
Durante el gobierno de Petro el cine colombiano alcanzó el récord de más estrenos de largometrajes nacionales en un año con 79. Es una cifra que refleja un crecimiento cuantitativo que ha estado acompañado de una trascendencia cada vez mayor de las películas de Colombia en los circuitos del cine de arte internacional.
En términos estrictos, esto fue el resultado de la continuidad del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico establecido en la Ley de Cine de 2003, que mediante una contribución parafiscal o asignación específica obtiene de la venta de entradas de cine fondos que deben destinarse en un 70 % como mínimo al financiamiento de la producción de cine nacional. La ley estableció también exenciones fiscales significativas a la inversión cinematográfica y donaciones privadas al cine, que hoy llegan hasta el 165 %.
Los aportes más significativos que se produjeron durante el período de Petro fueron dos. Uno, la Ley de Acceso al Cine Colombiano de 2025, que respondió al problema del descenso en la asistencia global a las películas nacionales, a pesar del incremento en el número de estrenos. El otro, la modernización del trámite para acceder a los estímulos fiscales este año.
Pero también fue motivo de críticas por la asignación de alrededor de 2 millones de dólares a Padilla, una coproducción de la televisión del Estado sobre un héroe patrio protagonizada por Cuba Gooding Jr, en la que el presidente hizo un cameo.
Más allá de eso, el cine fue parte de una política cultural inspirada en el modelo brasileño y delineada en el Plan Nacional de Cultura 2024-2038. Planteó darle prioridad a territorios y poblaciones históricamente postergados. En Colombia, es también continuación de una política para los sectores del país más afectados por el conflicto armado y actividades ilícitas como el narcotráfico, que se inició en el marco del acuerdo de paz de 2016 con la guerrilla de las FARC.
Fue en particular con referencia al Plan de Cultura, y la inscripción de la política cinematográfica en ese marco más amplio que quise hablar con Correa. Mi intención fue trascender enfoques estrechos como el de la actual lucha de los gremios del cine argentinos en defensa del Instituto de Cine, el INCAA, y enmarcarla en una manera de pensar y actuar emblemática del progresismo latinoamericano. Quizás pueda ser una manera de buscar convergencias con otras perspectivas, como la mía, de izquierda, en torno a la que en toda América Latina se plantea como una lucha contra un sector político que se apoya en una injerencia cada vez más abierta de Estados Unidos.
en la revista Cambio en su versión podcast de Youtube
“Creo que la historia, eso que los neoliberales consideraron que se había terminado, nos ha demostrado que es una promesa que no se va a cumplir ese desarrollo en el que supuestamente el mercado va a regular la desigualdad. Esa premisa de que las culturas, en el fondo, tenían ese anhelo, se convirtió, más que en una disputa cultural, en una disputa por las industrias de la economía cultural”
—Quisiera comenzar pidiéndote que me hables un poco del desarrollo conceptual de la política cultural que se refleja en el Plan Nacional. Los enfoques territorial y biocultural llamaron mi atención en particular.
—Nosotros coincidimos y concebimos el Plan Nacional de Cultura en reconocimiento a algo que se había hecho, paradójicamente, en un gobierno de signo opuesto al nuestro, que fue el de Iván Duque. En ese gobierno se reunieron más de 98 000 gestores culturales a pensar una política cultural para el país. Cuando llegamos, no había un Plan Nacional de Cultura desde hacía diez años, y lo que hicimos fue todo aquello a lo que nos oponíamos, que era la Economía Naranja, las industrias culturales y creativas entendidas desde un enfoque de productividad económica y rentabilidad, que es lo que nuevamente se está imponiendo en Colombia.
—Queríamos reivindicar el carácter intercultural de nuestro país. Colombia es un país diverso y su Constitución consagra que son las culturas el sustento de su identidad. En ese sentido, el presidente Petro había sido muy claro en decir, en su programa, que íbamos a trabajar para la Colombia más excluida. En el país hay 115 pueblos indígenas, hay pueblos negros, afrocolombianos, raizales, palenqueros, gitanos. Hay poblaciones muy excluidas de jóvenes, identidades LGBTIQ+, mujeres, en los barrios excluidos. Entonces, pensamos abrir ese plan a una nueva revisión.
—Hicimos unos encuentros regionales, unos pactos culturales, y llegamos a unos acuerdos. Es la primera vez que un plan de estos se somete a una consulta previa con los pueblos afros, negros, palenqueros y raizales, y con los pueblos indígenas, dos consultas distintas donde ellos pudieron intervenir y trazar esta política a quince años que está siendo arrasada, desde el primer segundo, por este sentido iliberal, tecnofascista, autoritario que se ha impuesto en Colombia de manera fraudulenta desde hace cuarenta días.
—Al conseguir trazar el campo donde nos íbamos a mover, trazamos también, para el plan, una nueva política cultural. La que se había hecho en Colombia hasta el año 2022 era una política neoliberal, que consideraba que la acción del ministerio estaba en función de sectores verticalizados de las artes, el cine, las bibliotecas, los libros… Lo que planteamos, para transformar territorialmente a Colombia, no solo desde la acción institucional de las culturas sino del gobierno en general, es que teníamos que contar con un enfoque mucho más horizontal.
—¿Qué quiere decir esto? Que trazamos seis líneas de gobernanza cultural. La primera, que era fundamental para el presidente Petro, es la formación artística cultural como proyecto de gran cambio de la sensibilidad de los colombianos. De la educación colombiana sacaron a las artes y la historia como materias o disciplinas obligatorias, y se la devolvimos, además, como fuerza laboral, porque las artes y los maestros formadores artistas desaparecieron de la educación pública en Colombia. Alcanzamos a incorporar 1200 maestros formadores artistas y trazamos un gran programa, llamado Artes para la Paz, para la formación artística cultural.
—La segunda, Infraestructuras Culturales para la Vida, consideró el gran déficit que tenemos en el país, por la lógica centralista, y darle agencia a estos territorios excluidos para que construyan, con sus propias lógicas, sus malocas [casas comunales indígenas], centros culturales, lugares de reunión. Eso también lo llevamos a cabo con una idea central, que es la tercera de las líneas de gobernanza cultural, que son las Economías Populares y Solidarias. Colombia se acostumbró a vivir solamente de estímulos, becas y premios. Nosotros creíamos que, aunque ese es un mecanismo, y tiene que funcionar, había que encontrarle alternativas. La alternativa es considerar que, dentro de esa organización regional, territorial, que está excluida, tenemos que fortalecer las maneras de circulación.
—La cuarta era reconocer eso que nos hace orgullosos de ser colombianos. No solamente una bandera, un himno, una selección de fútbol, sino esas culturas, y reconocer esas memorias y los patrimonios. La quinta fue una estrategia de Cultura de Paz. Colombia tiene una inmensa experiencia de organización social, que ha resistido una violencia brutal durante ochenta años con masacres, desplazamientos, diez millones de víctimas. En ese contexto hay organizaciones culturales, en todos los territorios de Colombia, que han establecido métodos de resistencia como museos de la memoria, casas de la memoria, muralismo, casas de enseñanza de tradiciones.
—La sexta era considerar que el país no termina en sus límites geográficos. Era la idea de Colombia en el mundo para integrar a las diásporas, que han sido despreciadas. La gran cantidad de migrantes es casi un país fuera de Colombia; son ocho o nueve millones de colombianos que están por el mundo, que contribuyen de manera decisiva a la economía nacional enviando remesas. Es el segundo reglón de la economía. Creíamos que merecían el reconocimiento.
—El triángulo de acción política que establecimos fue el Plan Nacional de Cultura con estas líneas de gobernanza, con una acción territorial permanente por parte del gobierno nacional y el Ministerio, y un componente final que fue un fortalecimiento del empleo público, porque el Ministerio de Cultura y todas las instituciones colombianas fueron sometidas a un desangre neoliberal que las puso a funcionar por contratos a término definido, sin mejoras institucionales, sin cuerpos sociales que pudieran defender derechos sindicales.
—Ese fue el marco en que nos movimos. No contesté lo de los términos porque creo que sobre todo esto es que actúan los conceptos que tú señalas. Nuestra mirada cultural es una mirada antropológica no antropocentrada, o biocentrada, si se quiere. Consideramos que Colombia, que es el segundo país más diverso del mundo, tiene que estar y ser considerada en las relaciones de los seres humanos y las culturas con su medioambiente. Por eso echamos a andar el concepto de “biocultural”, para imaginar que ninguna cultura sea identitaria por su fuerza humana sino por sus relaciones con el territorio.
“Aquí nos acostumbraron a hablar de lo cultural en términos artísticos, a que lo único que importa es crear públicos, que la gente compre los libros, que consuma más. ¿Y nuestras culturas qué?, ¿y nuestra memoria qué?, ¿nuestra relación con el territorio qué?”
—Trabajamos ese concepto, sobre el que tengo preguntas, considerando que tendríamos que empezar a hablar en Colombia, ya no de patrimonios centrados en monumentos y cosas inmateriales sino, precisamente, en relaciones bioculturales. Creamos una línea de política cultural, que quizás algún día podamos hacer, que era considerar que Colombia es un territorio biocultural. Si no lo imaginamos de esa manera, la paz va a ser imposible por esa diversidad tan grande geográfica, de grupos humanos; las distancias tan grandes de un lugar a otro. Si no consideramos la bioculturalidad de nuestros territorios, difícilmente vamos a poder imaginar por qué se presentan conflictos, además, por supuesto, del extractivismo, las guerras, la violencia producida por el narcotráfico, por todas las causas que nos ha impuesto este capitalismo de desastre del neoliberalismo que hoy somete al mundo.
—Solo por situar lo que dices en un marco más amplio, estamos hablando de un plan que se inscribe en el paradigma de la democracia cultural, ¿no es así?
—Es contra toda la movida que hizo el neoliberalismo a través de la UNESCO, de una serie de instituciones que quisieron convencernos de la idea del multiculturalismo, que es bastante colonial, y que proponía una participación no igualitaria de todas las culturas que nos componen, como si todas fueran iguales. Yo no estoy por una idea de nación constituida por diversas identidades marcadas como si fueran grupos completamente distintos, pero sí creo que tiene que haber un reconocimiento de que este país, al haber sido colonizado por España y haber sido durante tanto tiempo uno de los más conservadores y reaccionarios del continente, ha despreciado y dejado atrás, como si fueran pueblos sin historia, a esos pueblos que he mencionado. Reivindicarlos y reconocerlos era, para nosotros, iniciar un verdadero cambio cultural. Todas las selvas, el Pacífico, el Caribe, la frontera venezolana en el Catatumbo son regiones habitadas por culturas que han sido despreciadas por donde se concentra la gran riqueza del país, que es en el centro andino.
—Hay mucho que me gusta en esta concepción. Pero también hay una pregunta que me plantea, y podrían hacerse también a otras personas, y es la siguiente: frente a esta memoria y lo patrimonial de este enfoque, con todas sus justificaciones históricas, que son tan importantes para la paz en Colombia, ¿cómo quedan las ideas de desarrollo cultural y progreso?
—Creo que la historia, eso que los neoliberales consideraron que se había terminado, nos ha demostrado que es una promesa que no se va a cumplir ese desarrollo en el que supuestamente el mercado va a regular nuestras relaciones y va a regular la desigualdad. Esa premisa desarrollista de que las culturas, en el fondo, tenían ese anhelo, se convirtió, más que en una disputa cultural, en una disputa por las industrias de la economía cultural. Eso estaba pasando, sigue pasando y, en este gobierno, de alguna manera ya se está anunciando.
—Yo no soy antropólogo ni he sido parte de movimientos indígenas, ni mi educación es territorial. Soy un hombre urbano, editor; tengo cincuenta años, he escuchado toda suerte de músicas, he vivido en el mundo. Pero, al corresponderme el lugar de ministro de las Culturas, las Ates y los Saberes, lo que entendí es que, si estaba representando esta diversidad, no podía seguir creyendo en esa falsa promesa de que va a haber un desarrollo cultural igualitario porque no lo ha habido, y tú lo puedes constatar.
Nuestra voz de tierra, memoria y futuro
(Marta Rodríguez y Jorge Silva, Colombia, 1981)
—Las raíces excluyentes funcionan una y otra vez en nuestra cultura, así que, si no hacíamos ese reconocimiento, y abríamos esos abismos para que la gente los viera, íbamos a seguir creyendo que en el fondo funcionaba una nación multicultural, como dicen ellos. Yo digo intercultural, porque me parece que el multiculturalismo es una trampa. Evidentemente, ahí empezábamos a señalar un tipo de contradicciones que tienen que ver con lo económico, con el modelo de desarrollo. Aquí nos acostumbraron a hablar de lo cultural en términos artísticos, a que lo único que importa es crear públicos, que la gente compre los libros, que consuma más. ¿Y nuestras culturas qué?, ¿y nuestra memoria qué?, ¿nuestra relación con el territorio qué?
—¿Cómo se insertaba la industria audiovisual en ese proyecto?
—Si hay alguna ley en Colombia que cambió la manera de producir en lo cultural, fue la Ley de Cine del 2003. Antes se producían en Colombia alrededor de tres o cuatro largometrajes al año, y a partir de esa ley se comenzaron a producir sesenta, setenta, entre documentales y ficción.
—Eso empezó a contribuir a crear una imagen de todo esto que estoy hablando. El país empezó a aparecer en las salas de cine, en los festivales. Empezó a generar también un interés a través del neoliberalismo porque, si se ganan premios, si hay dinero, si hay inversión, si hay productores, eso va generando un pequeño mercado. La paradoja de todo esto es muy grande. Colombia, creó unos mecanismos para liberar de impuestos a quien produjera en el país y, poco a poco, eso que era una gran producción de cine, que sigue existiendo, fue mutando a gente buscando producir en Colombia porque es muy barato.
—El principal exhibidor en el país se llama Cine Colombia. Los conozco muy bien; he trabajado con ellos a lo largo de mi vida. Cuando llegué al Ministerio les dije que hiciéramos un trato, porque el cine colombiano no estaba siendo mostrado en las salas comerciales. Lo dejaban un par de días y sacaban las películas porque las sometían a la “ley de público”. Aquí no hay una ley de cuota de pantalla.
—Les propuse algo, que no fue aceptado, y me reveló el profundo sentido excluyente de lo que somos. Les dije: destinemos salas de cine en todo el país a dar cine colombiano, y el Estado paga estas salas. Las paga, pero no para mantenerlas vacías, a ver quién va, sino para que vayan funcionarios públicos, maestros, grupos de niños, gente que pueda ir al cine a reconocerse. Tenemos ya un acervo de más de 600 largometrajes de 2003 a 2026. Es decir, tenemos cómo programar lo que queramos. Tenemos un acervo de directoras, directores, que han viajado por este país, una multiplicidad de voces que provienen de todos los lugares de Colombia, y no se pudo.
—Por otro lado, la política que adoptamos en el Ministerio fue dejar de pelear con el centro y empezar a trabajar en festivales de cine comunitario, producción de cine en estas regiones. Eso es muy incipiente. Los grandes empresarios todavía no se arriesgaron a acompañarnos en esta empresa. También se los propuse: no quiero que ustedes pierdan plata, pero vamos a producir en estos lugares, vamos a trabajar con la gente.
“Al ocuparnos de pensar en los territorios periféricos, en los festivales y cine comunitarios, descuidamos a quienes habían hecho y hacen una gran tarea en este país. Este momento no se puede explicar sin veinte años de gente resistiendo, mostrando, metiéndose con sus cámaras a lugares donde probablemente no iba nadie más que los artistas, que la gente del cine, y las fuerzas militares y armadas”
—Todo eso cuesta, es un camino largo. En todo caso, lo que sí te puedo decir sobre la gente que hace cine en Colombia, la gente que programa cine, que hace festivales o, en todo caso, que hace audiovisual, es que ya hay una masa crítica alrededor de lo que llamaríamos la industria audiovisual, y ya sabemos las crisis en las que está el cine. Esa ha sido la disputa frente a todo lo que se llamarían las industrias culturales. No anularles su lugar, pero sí plantearles que empecemos a pensar con generosidad porque el país no merece tener todas las librerías, todas las salas de cine en tres ciudades, todo el mercado de arte en dos, mientras que los artesanos y los carnavales están olvidados.
—Yo pensaba que este año iban a llegar a 100 estrenos nacionales, pero creo que el cambio de gobierno lo va a hacer muy difícil. Pienso que Colombia debería alcanzar esa cifra, como Argentina la de 200, y México y Brasil también superan los 100.
—Para que no todo sea una suerte de glorificación, yo haría primero una crítica. Al ocuparnos de pensar en los territorios periféricos, en los festivales y cine comunitarios, descuidamos a quienes habían hecho y hacen una gran tarea en este país. Este momento no se puede explicar sin veinte años de gente resistiendo, mostrando, metiéndose con sus cámaras a lugares donde probablemente no iba nadie más que los artistas, que la gente del cine, y las fuerzas militares y armadas.
—Ese acumulado histórico permitió que eso que tú nombras siga existiendo. Pero creo que nos faltó astucia en el gobierno, y lo he hablado con varios directores, para no corrernos tanto hacia lo territorial, lo periférico, y aprovechar la sinergia con estos realizadores, como lo hizo Lula en Brasil con [Kleber] Mendonça Filho, por ejemplo, o se ha hecho en muchos otros lugares: aprovechar la potencia de la imagen, y empezar a construir desde ahí un sentido común de que todo eso que se hizo hace parte de una continuidad histórica.
—Hay un nuevo adversario que están enfrentando en este momento los cines nacionales y que se hizo extremadamente poderoso durante la pandemia del covid-19: las plataformas de streaming. Nunca antes el cine había conocido una integración empresarial vertical como la que han instaurado compañías como Netflix. Por razones muy complejas, en América Latina y otros países hemos sido incapaces de establecer regulaciones. Creo que Francia es el único que ha podido avanzar significativamente en esta dirección. ¿Cuál debería ser la política frente a las plataformas de streaming y cómo se implementaría?
—Para empezar, creo que la recuperación de lo público es esencial en esto. Si no hay nada público, frente a lo privado, en las dimensiones en que lo tenemos hoy, no hay competencia posible. Tenemos que olvidarnos, entonces, de ser competitivos. No lo podemos ser en los términos de la tecnocracia global.
—Lo que habíamos imaginado, si hubiéramos ganado, era, primero, una reforma legal del cine, respetando todo lo que se ha hecho, pero proponiendo estas regulaciones que se han discutido en Brasil, que se están discutiendo en México y, que, como dices, se han hecho en Francia, pensando en la cuota de pantalla como una ley que habría que impulsar en el país para que haya la obligatoriedad de que nuestros productos audiovisuales tengan unos espacios, no solamente ya en las salas sino en las plataformas, creando estructuras de articulación.
—Creo que lo que ha hecho Retina Latina y la señal de RTVC ha sido importante. Yo me he estado reuniendo con personas de España para crear una infraestructura de circulación digital de cine. Hay que crear alternativas.
—La última que discutí, y alcanzamos a hacer dos proyectos cuando renuncié al Ministerio, fue la consideración de que teníamos que empezar a fundar salas de arte y ensayo como en el modelo francés, y que el Estado tenía que auspiciar espacios culturales inspirado en ese modelo, que creo que es perfecto porque son centros culturales cinematográficos educativos.
—¿Cómo mantenerlos? Pues con la primera estrategia de gobernanza que teníamos, que era la formación artística y cultural. Es decir, si estos lugares pueden dar clases de cine, de lo que sea que se pueda dar en esos sitios, y se les paga por niño que vaya después de sus horas escolares, esos sitios se vuelven sostenibles como centros educativos no formales de las artes.
—A lo que queríamos llegar es a una política más parecida a lo que tiene Brasil, de puntos de cultura. Que todos esos puntos, bibliotecas, teatros, salas de arte y ensayo, localizados los que estuvieran cerca, construyeran redes, y en esas redes hubiera presupuestos participativos para que los territorios bioculturales no fueran por un lado los teatros, por otro la industria cultural, por otro lado más el cine, porque así no se construye tejido social.
“Es posible que muy pronto, más temprano que tarde, todo termine absorbido. Entonces, se acabó. Los derechos de la gente que está grabando para las plataformas ya no son derechos para ellos. Son derechos de esas plataformas. Entonces, se acabaría cualquier producción que pudiéramos reivindicar como una producción soberana dentro de un territorio imaginario llamado país”
—Yo creo que hoy la lucha del mundo es por regresar a entender y aprender de lo comunitario, y por eso los pueblos que han sido olvidados tienen respuestas que me parecen fundamentales, sin falsos romanticismos ni ideas de que tenemos que quitarnos la ropa. Es de la organización social de esas culturas de donde podemos aprender cosas muy importantes.
—Yo creo mucho en lo que dice el maestro Ailton Krenak, brasileño, y es que el futuro es ancestral, si aprendemos que la vida, cualquier tipo de vida, las relaciones, las lenguas, las ideas que han tenido nuestros antepasados hay que cuidarlas, y que todo eso va construyendo de alguna manera un sentido que nos hace caminar como sociedad, como comunidad, de una manera mucho más pacífica. No en vano ellos han sobrevivido cinco siglos a toda suerte de embates, violencias, proyectos coloniales, proyectos militares, y ahí están. Entonces, algo tiene que resonarnos de ese mundo, y por eso había un poco esta idea de construcción de salas de arte y ensayo para el cine, pero sobre todo de redes que pudieran construir regionalmente un tejido. También para reclamar ante las autoridades locales, porque un grupo de gente unida, entre bibliotecas, teatros, editoriales, carnavales, artesanos, hace mucho más frente a las instituciones que cada uno por su lado, viendo cómo entra y cómo se gana unos pesitos y cómo lo tienen en cuenta para un festival musical.
—¿Cómo podría imponerse una cuota de pantalla en plataformas y cines en Colombia? ¿Cómo se podría hacer que paguen una contribución al Fondo de Desarrollo Cinematográfico?
—Cuando uno llega al poder, lo que comprende es que siempre se trata de tener voluntad. Yo tuve reuniones, ya durante la campaña de Iván, con algunas de estas plataformas, planteándoles, de frente, que sobre estos temas teníamos que conversar, que no podíamos seguir omitiendo esa conversación, por difícil que pareciera. Si no, íbamos a someternos a una enemistad y un trato que no era justo, y a un antagonismo que yo creía que se podía, de una u otra manera, conversar para llegar a algunos acuerdos.
—Yo sé que eso es difícil. Pero, si uno tiene voluntad política, se sienta con la gente, habla claro y pone los ejemplos internacionales que tú has puesto, ¿por qué, si se ha podido en Francia, no se podría en Colombia o en Argentina o en Ecuador? ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia? Yo quiero que me la expliquen. Como nosotros creemos que no hay diferencia, porque no nos sentimos menos que los franceses, respetándolos, admirándolos y queriéndolos, tengamos esas discusiones.
—Evidentemente, cuando no tienes poder, pues pasas a ser una disidencia, una resistencia, una protesta, una crítica. Pero bueno, hay que seguir, y ojalá que el sector cinematográfico se plantee organizadamente estas causas porque creo que son las causas del futuro, a riesgo de que quieran desaparecer. También es posible, si tú no asumes pronto estos retos que nos está poniendo este presente, que muy pronto, más temprano que tarde, todo termine absorbido. Entonces, se acabó. Los derechos de la gente que está grabando para las plataformas ya no son derechos para ellos. Son derechos de esas plataformas. Entonces, se acabaría cualquier producción que pudiéramos reivindicar como una producción soberana dentro de un territorio imaginario llamado país, Colombia, Argentina o lo que sea.
—Aquí se aprobó por primera vez una reforma laboral que incluyó en un artículo a los artistas. Entonces, tenemos que hablar de la dignidad laboral de los artistas. Tenemos que hablar de cosas importantes que defiendan nuestros proyectos de vida porque no son solo los estímulos, los apoyos, las becas. No. Es la vida de todos los días de un cineasta, de un artista, de un escritor que ha sido precarizado y miserabilizado por estos gobiernos, hasta convertirnos, como nos están mintiendo hoy en las redes sociales en Colombia, en mantenidos, vagos, que lo único que quieren es que el Estado les dé para vivir.
—En la medida en que le quitan espectadores al cine, las plataformas socavan los ingresos que los fondos de fomento, tanto el de Colombia como los de otros países, obtienen de contribuciones parafiscales o asignaciones específicas que provienen de la venta de entradas. Esto ha hecho que cobren más importancia, como fuente de financiamiento, los beneficios fiscales, lo que significa aumentar la cuota de poder de las empresas. ¿Qué se puede hacer al respecto, sobre todo para romper la inercia del sector audiovisual que está integrado a estas políticas de estímulos fiscales y las defiende intensamente?
—Tratamos de hacer algo que, no sé si es audaz, pero igual no lo conseguimos. Nosotros propusimos una reforma a la Ley General de Cultura del año 1997 que no llegó a pasar en el último período, le faltó un dabate. Planteamos algo que de alguna manera es paradójico frente a lo que estás diciendo: ¿qué tal si esas exenciones fiscales se las damos a todos, no solo al cine? Empezamos a imaginar que las condiciones de producción ya no serían, entonces, solo multimillonarias, sino que podría haber otro tipo de inversiones que sean materia de exención fiscal.
—Eso produjo una tensión porque, cuando uno es el único, y puede mover todo el dinero a través de esos mecanismos, se crea, de alguna manera, eso que tú estás diciendo. Pero, si lo abres a todo, si lo abres a los patrimonios, por ejemplo, si queremos que se inviertan grandes capitales en centros históricos del país, y damos exención fiscal por eso, ¿qué pasaría? Empezarían a cambiar las prioridades y empezarían discusiones de otro orden en las que ya no habría una concentración.
“Toda esa manera de financiar la cultura en nuestros países, y las artes en particular, yo creo que merecería unos foros, unos centros de pensamiento que empiecen a preguntarse desde otro lugar. A lo que hemos sometido a estas expresiones artísticas es, en el fondo, a la idea de estar sobreviviendo y haciendo cosas mientras caminamos hacia los abismos”
—Yo estaría de acuerdo contigo. El problema es que nosotros no podíamos romperlo todo. Si lo que hicimos nos ha costado lo que nos está costando, no imagino si hubiéramos sido un poco más audaces y radicales. Evidentemente lo hicimos con paciencia, con calma, y no triunfamos.
—Toda esa manera de financiar la cultura en nuestros países, y las artes en particular, yo creo que merecería unos foros, unos centros de pensamiento que empiecen a preguntarse desde otro lugar. A lo que hemos sometido a estas expresiones artísticas es, en el fondo, a la idea de estar sobreviviendo y haciendo cosas mientras caminamos hacia los abismos. Así tengas dinero para hacer cosas, no es definitivo. Así tengas el dinero, si no tienes público, si no tienes circulación, si tu película no se muestra es nada, es una mercancía que no sirve para nada y no importa.
—No creo que sea una pregunta fácil, y por eso me obsesionó en mi gestión, y era si vamos a empezar a hablar de modelo económico dentro de lo cultural. Si no lo hacemos, nos van a seguir sometiendo a que nos digan lo que nos dicen: que debemos destinar todo el capital que sea a financiar lo que sea porque así es la vida.
—Esas preguntas son complejas, son difíciles, pero yo estoy obsesionado con que las culturas, las artes y los saberes entren en un diálogo parecido al que tuvieron en los años sesenta y setenta con la economía, con la política, hasta con la defensa de nuestros países. Tenemos que imaginar que la cultura y todo lo que hacemos es transversal a la sociedad. No es un nicho de elegidos, de unos cuantos a los que les gustan ciertas cosas. Esto no es un Olimpo ni una Arcadia. Esto es la vida nuestra.
—¿Qué puede hacer la cultura para contrarrestar el avance de las ultraderechas en América Latina?
—La respuesta es sencilla, pero es difícil: organizarnos, tejer redes, circular, insistir. América Latina se tragó el cuento, como decimos aquí, de que era un reguero de países separados. Aquí tenemos una comunidad imaginaria que puede hacer posibles los sueños que nos dieron la libertad, y lo puede hacer a través de lo que hacemos culturalmente, si recuperamos la organización, que es lo que estamos tratando de hacer muchos, y que las culturas actúen políticamente, no para convertirlas en senadores, o en concejales o en alcaldes, sino para organizar a la gente y organizar nuestras causas. Si no estamos organizados, como ya pasó en Argentina o como está pasando aquí, acaban con todo. Nos vamos a quedar en nuestras propias angustias nacionales, sin ver que esto le está pasando a muchos países, que son nuestros hermanos.



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