El cine y la cultura frente a la extrema derecha. Programas de Lula da Silva y Flávio Bolsonaro: lo que se vota a vida o muerte y los debates necesarios

 

Por Pablo Gamba 

El domingo 4 de octubre hay elecciones generales en Brasil. Si ningún candidato presidencial consigue mayoría absoluta de votos, habrá una segunda vuelta el 25 de octubre. Dos proyectos con relación al país y la cultura se enfrentan, con diferencias significativas que no se veían en los regímenes bipartidistas estables del pasado en América Latina. Uno es la continuidad del progresismo con la coalición Brasil Pronto Pra Mais, que encabeza el Partido dos Trabalhadores (PT) de Lula da Silva; el otro es de la extrema derecha en ascenso en América Latina, del Partido Liberal (PL) de Flávio Bolsonaro. 

La creación de la plataforma de streaming pública Tela Brasil (Pantalla Brasil), que se lanzó el 30 de mayo de este año, es el más reciente logro que presenta en el cine el tercer gobierno de Lula da Silva (2023-2027). Dota tardíamente al Estado de un recurso del que disponen México (Nuestro Cine MX, sucesora de Filmin Latino), desde julio de 2015, y Argentina (Cine.ar Play), desde diciembre de ese año. En 2016 Colombia creó RTVC Play y se hizo parte de otra plataforma, Retina Latina, junto con Bolivia, Ecuador, Perú, México y Uruguay. En 2017 el gobierno de Chile puso en línea Ondamedia. 

El streaming figura también en el programa de gobierno de Lula da Silva con el objetivo de hacer que el Congreso apruebe una ley que regule las plataformas. Pero la meta se expresa con la frase “atender el interés nacional y asegurar que el País sea productor y exportador activo de obras audiovisuales”. No hay nada concreto allí sobre la posibilidad de establecer una cuota de pantalla del audiovisual nacional en el contenido de las plataformas accesible en Brasil ni respecto a hacer extensiva a estas empresas la Condecine (Contribuição para o Desenvolvimento da Indústria Cinematográfica Nacional), que pagan las salas de cine por venta de entradas, la televisión por señal abierta y cable, las transferencias al extranjero por concepto de derechos de exhibición en el Brasil y hasta las operadoras de telefonía celular para dotar de recursos al fondo de fomento del cine nacional (Fundo Setorial do Audiovisual, FSA). 

Ningún país latinoamericano ha establecido hasta ahora con precisión una cuota mínima de contenido audiovisual accesible en el país en plataformas de streaming. La ley mexicana aprobada este año declara la obligatoriedad de estas empresas de hacerlo, pero sin fijar el alcance de esta disposición. Tampoco las han obligado a pagar contribuciones parafiscales como el cine. 

Por otro lado, les confieso que he tratado de visitar Tela Brasil y no pude. La dirección web https://telabrasil.cultura.gov.br/ me da un mensaje de error. En https://www.gov.br/, el sitio web del ejecutivo nacional, se indica que hay que tener una cuenta activa en la web del gobierno para tener acceso al servicio. Es una restricción a la que no le encuentro razón de ser y que, en todo caso, no existe en las plataformas de streaming de otros países latinoamericanos. 

Cambios históricos 

Más allá del programa electoral del candidato, lo que llama a votar a la coalición del PT es la defensa de cambios históricos en el cine brasileño. Fue un gobierno de este partido el que creó en 2006 el FSA, que sustituyó como principal fuente de recursos las exenciones fiscales de la Ley Federal de Incentivo a la Cultural, más conocida como Lei Rouanet, de 1991. 

El fondo ha sido uno de los factores claves del crecimiento que ha tenido la producción en Brasil desde entonces. A grandes rasgos, se refleja en el aumento de los 72 largometrajes nacionales estrenados en 2006 hasta el récord de 197 alcanzado en 2024, aunque hay que vincular esto también con los cambios en la producción de películas que ha conllevado la digitalización del cine que se desarrolló en este mismo período, en particular entre 2006 y 2014. 


Imágenes de Apocalipse nos trópicos
(Petra Costa, Brasil-Estados Unidos-Reino Unido, 2024)

Otros aspectos claves de la política cinematográfica de los gobiernos del PT han sido la extensión de la cuota de pantalla de las películas nacionales independientes de los cines a la televisión por cable en 2011 y el fomento a la expansión territorial del cine. Lo segundo comprende la obligatoriedad de destinar 30 % de los fondos de fomento a proyectos del Nordeste, el Norte y el Centro-Oeste del país, menos desarrolladas en este sentido que el Sudeste, que abarca los estados de Rio de Janeiro, São Paulo, Minas Gerais y Espírito Santo. A esta última fueron 66,3 % de los recursos del FSA en 2025. 

A partir de 2018, y sobre la base de experiencias piloto que se hicieron desde 2012, el FSA adoptó cuotas mínimas de 35 % para proyectos dirigidos por mujeres, y 10 % de personas negras y de los pueblos originarios. En 2024, con el regreso del PT al poder con Lula da Silva, después del gobierno de Jair Bolsonaro (2019-2023), fueron incrementadas a 50 % en el caso de las mujeres ‒incluyendo en este grupo a las personas trans‒ y 25 % para productoras con mayoría de personas negras, indígenas o con discapacidad. 

Estas políticas de acción afirmativa responden a hechos demográficos y culturales en Brasil. En el caso de las mujeres, se trata de una demanda universal de igualdad, pero en ese país la población afrodescendiente, que incluye a los negros y mulatos, es mayoritaria, 55 % del total. Por lo que respecta a las personas trans, es el país donde se registran más crímenes de odio contra ellas. Combatir la transfobia se presenta como otra necesidad. 

Bajo los gobiernos del PT se ha producido también una importante expansión del número de salas de cine. De 1635 en 2002 han crecido hasta alcanzar las 3544 en 2025. Hay que vincular esto con la transformación del parque exhibidor en el marco de la digitalización. Pero el gobierno ha adoptado una política destinada a que esta expansión tenga también una dimensión territorial, con la construcción o remodelación de salas en los municipios con entre 20 000 y 100 000 habitantes donde no funciona hoy ninguna, aunque los logros en este campo parecen ser bastante limitados hasta el momento. 

Tanto esta iniciativa, Cinema Perto de Você, como lo concerniente a la distribución territorial de los fondos y las políticas de acción afirmativa, se inscriben en lineamientos de política cultural más amplios que han hecho del Brasil una referencia del progresismo. Desde 2004 se puso en práctica el programa Cultura Viva que, con sus Pontos de Cultura, planteó una gestión “de abajo hacia arriba” de despliegue territorial que reconoció y apoyó el trabajo local de colectivos, grupos y asociaciones que existían como organizaciones populares comunitarias en todo el país, propiciando, además, su articulación en redes. Su alcance se extendió a más del mil municipios urbanos, periféricos y rurales a donde la acción cultural del Estado no llegaba. 

El adversario anticine 

Frente a la dimensión que tienen los logros de los gobiernos del PT en los ámbitos del cine y la cultura, la posibilidad de que el PL gane las elecciones se presenta como la amenaza de una catástrofe. Es un temor que se basa en la experiencia del gobierno de Jair Bolsonaro, padre de Flávio, que no pudo ser candidato porque cumple pena de prisión por el intento de golpe de Estado de 2023 para tratar de impedir que Lula da Silva asumiera la Presidencia. 

El programa de Flávio Bolsonaro no menciona la posibilidad de insistir con propuestas controversiales de su padre contra el cine como la disolución de Ancine o la eliminación de la cuota de pantalla y la Condecine. En el desglose se aprecia, inclusive, un intento de la extrema derecha de apropiarse de algunos aspectos de la política cultural del PT, como son la desconcentración territorial, el apoyo a artistas de poca proyección pero autores de obras artísticas meritorias y la valoración de las “múltiples culturas” del país, aunque destacando entre ellas únicamente las de los inmigrantes. Es un detalle que expresa el racismo que acompaña a la homofobia de esta extrema derecha. 


Sin embargo, el recuerdo de Jair Bolsonaro sigue teniendo mucho peso. Inició su mandato despojando al despacho de Cultura de su rango de ministerio y con intenciones de cerrar o privatizar la Agencia Nacional de Cinema (Ancine). Además de las iniciativas y medidas señaladas, propuso un “filtro” para los proyectos cinematográficos cuyo contenido rechazaba por razones como la homofobia y una reducción del FSA hasta a su nivel más bajo desde 2012, en un ajuste general del presupuesto de la Nación. Ancine efectuó también recortes por sobregiro en sus asignaciones, un argumento similar al del gobierno de Javier Milei contra el instituto de cine de Argentina (INCAA). 

Pero quizás el mayor problema es que la manera como se plantea el debate del progresismo y la izquierda contra las extremas derechas latinoamericanas como la de los Bolsonaro, en términos de vida o muerte del cine, es que impide pensar los problemas más allá de esta confrontación rústica. A las políticas de los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff del PT se les puede hacer críticas que pasan a segundo plano así, por ejemplo, que su dimensión propagandística supera la realidad, puesto que nunca alcanzaron la meta de que la cultura llegara al 1 % del gasto nacional. También se les puede criticar la burocratización, la dependencia del Estado y la consecuente insostenibilidad del apoyo a los grupos culturales, entre otros aspectos. 

El malmenorismo permite pasar por alto, además, las inconsistencias. La posición frente a las plataformas de streaming es un ejemplo de cómo se mantiene una ambigüedad que quizás no se aceptaría en otras circunstancias. Más allá de eso, hay un fracaso que evidencia el ascenso mismo de la extrema derecha. Si las políticas de diversidad cultural penetraron tan amplia y hondamente en la sociedad brasileña, ¿cómo es que una oposición que también llama a la “batalla cultural” contra ellas representa alrededor de la mitad del electorado? ¿Qué falló para que las críticas a la “ideología de género” y la agenda mal llamada “woke” tengan tanto eco en Brasil? 

Lo más hondo del problema probablemente esté allí, en la incapacidad de revisar lo que se sostiene de manera defensiva frente a un enemigo brutal. También en la consecuente incapacidad de abrir el debate a nuevas consideraciones necesarias. La más importante, a mi manera de ver, es la que concierne a la transformación que el audiovisual atraviesa en este momento en el mundo como consecuencia del ascenso de las plataformas del cine. Es un cambio histórico que me parece análogo al que le planteó la televisión al cine. 

Es un hecho, por ejemplo, que la asistencia de público a las películas nacionales se ha venido reduciendo en Brasil de cifras de entre 13,5 % y 16,5 %, entre 2016 y 2019 (antes de la pandemia del covid) a un máximo de 10,1 % en 2024. Es una situación que hay que vincular con la competencia que la exhibición en salas de cine encuentra hoy en las plataformas de streaming. ¿Cómo debe afrontar el audiovisual nacional esta transformación? ¿Cómo debe adaptarse a la competencia del nuevo medio para que las películas dejen de perder espectadores en salas? ¿Qué productos deben ir en cambio a las plataformas y cómo lograr que sean competitivas las nacionales? ¿Puede encontrar el cine un nuevo espacio las redes que tejen los Pontos de Cultura? 


Hay otras interrogantes que surgen de los cambios en la manera de realizar audiovisuales con la digitalización. En Los Experimentos he venido planteando el consecuente surgimiento de un nuevo modo de producción de cine que caracterizo como artesanal, diferente del industrial, con arreglo al cual se diseñaron las modalidades tradicionales de fomento estatal. ¿Cómo adaptar la gestión del Estado a las necesidades específicas de este nuevo cine, que representa lo emergente en el panorama audiovisual de la actualidad? 

 Preguntas como estas son las que deberíamos plantearnos en las actuales circunstancias. Las respuestas nos exigen repensar el futuro del cine.

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