“El fin de los tiempos” de Bibiana Rojas Gómez y Juan David Cárdenas

 

Por Pablo Gamba 

El fin de los tiempos (Colombia, 2026) tuvo una mención especial y el Premio a la Mejor Contribución Técnica en la Semana Internacional de la Crítica del Festival de Venecia, donde se estrenó. Los directores, Bibiana Rojas Gómez y Juan David Cárdenas, habían trabajado antes juntos, y con Julián David Gutiérrez, en el mediometraje El sonido de los grillos (Colombia, 2022). 

Crear imágenes del futuro a partir de la memoria, venciendo la dificultad que resume la frase “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, es el reto del ensayo El fin de los tiempos. Una inquietud parecida movía a El silencio de los grillos: el problema de las imágenes de las personas desaparecidas, la representación de la ausencia. En ambas hay un desarrollo formal que explora diversos soportes, y va del análisis del audiovisual al de la información y las tecnologías que conforman las imágenes y sonidos. Hay que vincular el premio técnico de Venecia con el uso de la inteligencia artificial como respuesta a los hallazgos de El fin de los tiempos

La película vuelve al tópico del archivo familiar. Pero en este caso se lo trabaja de un modo renovador por su poder de desatar la imaginación para ir más allá de su valor como prueba o testimonio, e incluso de la búsqueda del “ardor” que le atribuye Georges Didi-Huberman, la capacidad que pueden tener las imágenes de quebrar la historia, tal como la conocemos, e interpelarnos con otra verdad. Es algo que también se ha hecho lugar común. 

Se exploran asimismo en El fin de los tiempos las relaciones de lo personal con lo histórico-social, algo que es inherente al “giro subjetivo” del documental contemporáneo. Pero se las trasciende en la dimensión del tiempo, confrontando el mismo documento audiovisual con las versiones que nos dan las voces narradoras en español e inglés, referidas a un personaje que hasta tiene nombres diferentes. Son cinco alternativas de lo que fue y podría haber sido la historia para la familia de la protagonista, para Colombia y el mundo. 

El avanzar y retroceder la cinta de video, otro motivo que se repite en los documentales y ensayos de hoy, junto con el dispositivo de la voice over “farockiana”, que piensa las imágenes, son puestos en tensión igualmente por la potencia de la inventiva y la especulación. El retorno a la escena en que comienzan todas las historias ‒irónicamente el Año Nuevo del 2000, que estuvo acompañado por temores apocalípticos, pero que se celebra con una fiesta de disfraces‒ se revela así como un síntoma de agotamiento de las posibilidades de esa arqueología, por más que en cada loop se expande su alcance hacia los alrededores de las líneas narrativas que se construyen. Todas ellas se trazan de diversos modos, pero siguiendo una investigación que da unidad a la forma retórica del film: el misterio de la tristeza de una madre.

Además de plantear, así, la extenuación del impulso archivístico del cine contemporáneo, la película lleva hacia otro lugar el motivo de la vida familiar atravesada por los conflictos históricos. También el dispositivo de la ficción en el cine “híbrido” contemporáneo en torno al archivo. Pienso, por ejemplo, en una película de Ignacio Ceroi: Qué será del verano (Argentina, 2021).


El fin de los tiempos socava, además, la relación del personaje que narra y las imágenes que construye la confianza que es base del documental del “giro subjetivo”. A través de la madre melancólica, lo que se explora es la tristeza como espíritu mórbido de una época que perdió el poder de la utopía. El título refiere al fin de la historia postulado por Francis Fukuyama. 

Lo psicológico es trascendido por lo tecnológico de un modo que me hace pensar en los discos duros de Color perro que huye (España-Venezuela, 2011) Andrés Duque y el poder conformador de la memoria que tienen los recuerdos preservados en archivos de Quicktime. En El fin de los tiempos traza así una cronología de lo material que se confronta con la ucronía de los relatos. Va de la historia de la familia a la estirpe de los formatos audiovisuales electrónicos. 

La primera sucesión es del video analógico al digital de los celulares. Con ella no solo se aprecian diferencias en la definición y textura, sino que también se las descubre en la construcción del espacio y el tiempo. Prosigue después con la mirada maquínica, la indagación en el archivo mediante programas de identificación de las imágenes que dan insólitas respuestas. El misterio de la tristeza tampoco encuentra respuesta allí, y la investigación se sumerge en la exploración de la materia de la memoria electrónica y del cerebro, en la bioquímica de los recuerdos, como quien sigue un camino ya no de las ciencias sino de la alquimia, que va al fondo de la materia para hallar la luz. 

Es este el recorrido que lleva hacia la IA y las posibilidades que da de crear mundos futuros no distópicos a partir de las imágenes del pasado. Pero esto es algo respecto a lo cual los realizadores no son optimistamente ingenuos.


El fin de los tiempos abre esta tecnología ante el espectador. Revela sus trucos para disipar la fascinación. No deja de considerar los intereses corporativos detrás de las interpretaciones audiovisuales que hace de los “prompts”. Pero los realizadores igual se valen de ella para proponer, mediante la carnavalización, una respuesta a la dificultad de soñar el mundo más allá del capitalismo que nos hace aferrarnos fatalmente a lo distópico. Si IA generativa, tal como la conocemos, no puede darnos imágenes del futuro en las que no reconozcamos todavía el horrible mundo actual al que pertenecen, incluso dándole instrucciones surrealistas, al menos permite subvertir y hacer burla de los íconos del neoliberalismo que configura nuestro presente. 

Esto es lo que define el alcance irónico de esta película en su aspiración utopista, que lleva la búsqueda de las imágenes de otro mundo posible hasta el límite de su imposibilidad real. Podría decirse que es una alternativa más accesible a lo que el Colectivo Los Ingrávidos, por ejemplo, procura con su cine de agitación, entendida como la dislocación general del audiovisual hegemónico que persigue con métodos ruidistas para la mayoría esotéricos. Pero, incluso así, El fin de los tiempos no deja de sorprender por el recorrido de su pensamiento a través del pasado y el presente de las imágenes y tecnologías electrónicas, y el giro político de la melancolía a la alegría en el choque inevitable al que lleva la búsqueda, hoy, del futuro que se nos niega.

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