“José Moteada” de Fernando Ariel Gross, “Kabuki” de Tiago Minamisawa y retrospectiva de Clara Rodríguez en Anima Latina
Por Pablo Gamba
Los cortos José Moteada (Argentina, 2026), de Fernando Ariel Gross, y Kabuki (Brasil-Francia, 2024), de Tiago Minamisawa, fueron los ganadores de los premios principales del festival de animación latinoamericana Anima Latina de Buenos Aires, los correspondientes a las competencias argentina y de la región, respectivamente. Fue un palmarés marcado por los temas, en particular los de la que llamamos “agenda progresista” en Los Experimentos, y por dejar de lado los galardonados en el circuito internacional, como Una vez en un cuerpo (Colombia-Estados Unidos, 2025), de María Cristina Pérez, o Safo (Brasil, 2025), de Rosana Urbes.
En el caso de José Moteada, que es parte de la producción emergente de la provincia argentina de Córdoba, hay un giro que actualiza esta agenda para destacar la situación social que atraviesa el país, sometido a las políticas de ajuste del gobierno “libertario” de ultraderecha de Javier Milei. El protagonista es un indigente que vive en la calle, lo que refleja una de las facetas más graves de la crisis, que son las personas que quedan sin vivienda.
El contexto de la historia, sin embargo, transmite la impresión de que no es un problema coyuntural sino de larga data del personaje.
Si bien la técnica dominante es la de stop motion con muñecos, hay un pasado lejano que evocan dibujos, insertos en el montaje como si fueran fotos que quizás ha perdido el protagonista, y que serían de un tiempo en que vivió con su familia. El argumento en cierto modo se abre así a la dimensión estructural que tiene del problema, aunque una de sus flaquezas es que no profundiza en las causas.
Más significativo en la construcción del tiempo es el contraste entre el ritmo del personaje y el de la ciudad. Se produce mediante la confrontación del stop motion con muñecos y la animación con fotografías del paisaje urbano.
La cuestión del espacio tiene una importancia aún mayor. Se plantea como un contraste alegórico de dimensión reducida del personaje y la casilla improvisada en la calle que habita, que lo homologa con los insectos, y la ciudad irónicamente deshumanizada. Es lo más lúcido por lo que respecta a la experiencia perceptiva, que incluye el contraste de texturas entre el muñeco y la maqueta y las fotografías. Extrañamente equivale al dirigir la mirada hacia abajo para poder ver a las personas que duermen en la calle, como si su vida se desarrollara al nivel del suelo y no a la altura normal de los peatones.
La alegoría apunta hacia la metáfora del título, las políllas moteadas, su capacidad de hacerse invisibles camuflándose y cómo sentimos su presencia molesta cuando se elevan, atraídas por las lámparas. Son insectos que, además, tratamos de alejar de casa por el asco que en general nos dan los bichos y el temor al daño que las larvas pueden producir en la ropa. Pero este enfoque desplaza la cuestión social en el argumento, aunque la humanización del personaje apunta hacia sentimientos de solidaridad.
El tema de Kabuki es los asesinatos de personas travestis y trans, lo que cobra un significado especial por ser Brasil el país del mundo donde se documentan más crímenes de este tipo. Es, como José Moteada, una pieza de stop motion con muñecos, en este caso estrechamente integrada con partes en 2D digital.
Calificaría de ritual la narración de Kabuki, por lo tocante a su apropiación del teatro japonés. Se despliega en un ambiente simbólico y se desarrolla como una transformación. Esto acarrea una despersonalización del personaje y su integración en un todo dramático que se articula con la lógica de los símbolos y no una causalidad psicológica entendida de la manera habitual.
Hay logros llamativos en esto, como es la deriva de lo oriental hacia la alegoría cristiana de la Piedad, en una imagen, y el motivo de la resurrección. Pero lo cierto es que las dominantes son metáforas evidentes, que incluyen la metamorfosis de la mariposa o la máscara, por ejemplo, y los perros, en el caso de la violencia.
Lo que más destaca a Kabuki son sus características técnicas, virtud que el corto de Minamisawa comparte con la pieza de Fernando Ariel Gross. Pero también por lo que a esto respecta me parece que había cortos superiores en la muestra internacional, como es el caso de Safo, por ejemplo.
La retrospectiva que presentó Anima Latina, como todos los años, estuvo dedicada a la animadora uruguaya Clara Rodríguez de Almeida. Sin temor al juego de palabras, diría que fue importante para llamar la atención sobre una obra que podría parecer de poca importancia, porque son pocas piezas, todas ellas videoclips, pero se destaca también por la técnica del stop motion.
El trabajo de Rodríguez lo conocí por “Las miradas perdidas” (2021), que fue premiada por Anima Latina en 2023. Es el video de la canción de Lali Gaspari, y su valor está en la poderosísima capacidad de traducir plásticamente una sensibilidad que podríamos llamar “emo” para romantizar el problema de la depresión de las adolescentes. Trasciende lo psicológico, relacionándolo con la atmósfera de Montevideo, que el título describe con terrible precisión, por una parte. Por otra, con la manera como el tema se conjuga con la palpable materialidad precaria de su realización, y con el dominio del detallismo, la iluminación y la cámara.
Rodríguez puso al descubierto cómo el modo en que hizo “Las miradas perdidas” desafió la lógica comercial de los videoclips. Fue un trabajo solitario y completamente artesanal, hecho de noche, robándole tiempo al descanso de las demás actividades, y en el espacio de la estrecha vivienda que compartía con su pareja. El encargo no estuvo acompañado de un deadline, y se prolongó por alrededor de dos años, tiempo del arte ajeno al del mercado.
“Pedro y Carolina” (2023), su segundo video, lo hizo ya no en una casa sino en la habitación a la que se mudó. Fue también una producción artesanal sin fecha de entrega precisa, e igualmente sin presupuesto. Esta pieza para el dúo Canciones sin Hogar, sobre un tema interpretado por Ana Prada, fue hecha en 2D con técnica de recortes, y contrasta por su luminosidad con “Las miradas perdidas”, aunque está intensamente basada también en los sentimientos.
Hay una biografía oficial de Rodríguez que describe su emprendimiento, UnMomentStop, fundado en 2019, como “el primer estudio en Uruguay especializado en animación en stop motion”, con trabajos para la publicidad de empresas transnacionales y uruguayas. Sobre la base de lo que contó, habría que tomar esta versión con ironía.
El impulso de su carrera parece haber comenzado recién en torno a “Amanecer” (2025), videoclip que hizo para la pieza instrumental de Gonzalo Varela, en la que participa la cellista Tina Guo, y que se destaca por detalles como los dedos de los muñecos cuando “ejecutan” sus instrumentos en la animación. Contó Rodríguez que para este trabajo sí pudo contar con presupuesto: mil dólares.
Insertada en la industria con trabajos para la productora brasileña Panda Filmes y el uruguayo Walter Tournier, conocida también por su participación en Lodo (Brasil-Uruguay, 2026), de Joseph Specker Nys, que se estrenó en el Festival de Rotterdam, lo que de biografía tuvo la exposición de Clara Rodríguez en Anima Latina llama la atención sobre esa manera de producir cine que hemos llamado “artesanal” en Los Experimentos. Lo digo porque no se confronta con la industria sino que se relaciona estrechamente con ella, como espacio en el que se forman talentos que el negocio explota.
También fue una aproximación a la complejidad laboral y existencial dramática que tiene la aspiración a hacer del trabajo en el cine una forma de arte. Es algo que desborda los enfoques de las políticas públicas de fomento, y que pone en evidencia el desacople que suele haber entre ellas y una realidad más importante que la de la “economía”, que es la vida de los y las artistas.



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