“La taquigrafista” de Azul Eizenberg
Por Pablo Gamba
La taquigrafista (Argentina, 2026) se estrenó en el Festival Internacional de Cine de la Provincia de Buenos Aires (FICPBA), en Argentina. Es la quinta película y el cuarto cortometraje que dirige Azul Eizenberg. Escribimos en Los Experimentos sobre el largo Amor descartable (Argentina, 2025). Pero este nuevo film se relaciona más estrechamente con Las picapedreras (Argentina, 2021), sobre la participación de las mujeres en la Huelga Grande de Tandil, entre 1908 y 1909, la de más larga duración en la historia obrera del país.
El tema es otra lucha que también triunfó, la de los trabajadores de la planta Mercedes Benz en Virrey del Pino, en el Conurbano bonaerense, la zona metropolitana de la capital. Ocurrió en 1975, y paralizó las actividades durante 22 días en rechazo a las acciones del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA) contra una comisión interna disidente, elegida después de una protesta contra las malas condiciones laborales. La integraban militantes combativos de diversos partidos y grupos de izquierda, y también peronistas. Pasaron a ser conocidos como el “grupo de los nueve”.
De manera análoga a Las picapedreras, el conflicto está relatado desde la perspectiva de una mujer. Es un personaje imaginado por la narradora a partir de una foto en la que se la identifica como “Mari” y está junto con dos amigas. Se desempeña como taquígrafa en la planta y, por ende, transcriptora de los telegramas de despido. Aunque orgullosa y aparentemente feliz con su trabajo, cuando llega el momento de elegir entre la empresa y la clase, es de las primeras que levanta la mano a favor de la huelga, aun no siendo obrera.
Como en Las picapedreras, Eizenberg trabaja con material encontrado para crear, a partir de él, lo que no existe del archivo de la lucha de clases. Un ejemplo, como dije, es la foto de Mari. Hay también fragmentos de película sin sonido, que presumo provienen del noticiero del canal 9; otras fotos tomadas por los obreros y, sobre todo, publicidad institucional y documentos de la empresa, y de la policía. Entre el metraje que se “desvía” hay apropiaciones de travellings en subjetiva de un documental de la Mercedes Benz con diálogos en off en alemán. Es parte de un giro de la percepción audiovisual dominante del archivo hacia otra experiencia del oído y el cuerpo.
Se añade a esto la que en los créditos se identifica como “producción de archivo”, un escrupuloso trabajo de enrarecimiento de los documentos, los gráficos en particular. Les da visualmente una textura que recuerda las oficinas por su parecido con las fotocopias. Destaca en ellos su materialidad siniestra, tanto por lo tocante a su procedencia de la comunicación institucional como a su relación con los procedimientos administrativos, con el papeleo de la explotación y la represión. Ponen en evidencia la falta de solución de continuidad que hay entre los mundos empresarial y policial.
Conjugados con sensaciones de la que podría ser una memoria auditiva de la fábrica, estos materiales construyen una gradación que va hacia el interior obrero de la planta y el epicentro del conflicto, como Mari en un recorrido en que se adentra en la zona prohibida para la mujeres trabajadoras de la oficina.
Estrenada en el marco de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de estado de 1976, que instauró la más sangrienta dictadura de la historia argentina, La taquigrafista es también memoria de 17 trabajadores de la planta que fueron secuestrados y “desaparecidos” después. No deja de reproducir al final el rosario de consignas que integran una memoria oficializada, que enmarca ese pasado en un contexto de violaciones de los derechos humanos.
Aunque la lucha de clases desborda esta problemática en el argumento, y hay, por ejemplo, planos de un balazo en la fachada de la sede de otro gremio, la Unión Obrera Metalúrgica, el relato termina con el comienzo de la huelga. Por tanto, omite la participación de los grupos guerrilleros en el conflicto, cuyas acciones incluyeron un secuestro y un atentado con bomba. También la intervención de una patota armada del SMATA, repelida por los trabajadores.
Sin embargo, La taquigrafista tiene el valor de que no recuerda el terror con el que se quiso aplastar la rebeldía obrera, para mantenerlo vigente en la actualidad ‒la parte siniestra implícita de la memoria oficial‒, sino las luchas contra los patrones y los sindicatos que se venden, tanto ayer como hoy.
La conexión del presente con el pasado esquiva el memorialismo. Se plantea como una carta imaginaria que la narradora escribe mentalmente, dirigida a Mari. Lo hace mientras planos subjetivos nos dan la impresión de que es la conductora de un vehículo que circula en una noche de niebla por las autopistas que conectan la capital con donde estaba la fábrica. Los limpiaparabrisas en marcha añaden otro elemento sensorial enrarecedor.
Hay un tópico allí que desarrolló magistralmente el colectivo Antes Muerto Cine en Río Turbio (Argentina, 2020), dirigida por Tatiana Mazú: la niebla de la guerra. Refiere a Carl von Clauzewitz y mediante los sentidos transmite la confusión que rodea la lucha de clases como a los que combaten en todo conflicto militar. Añade así lo bélico al lugar común actual de la espectralidad.
En torno al viaje en automóvil se construye sensorialmente también una vivencia emblemática de las ilusiones que conforman la engañosa impresión de individualidad del presente. Es la de la conductora dueña de sí misma, al volante de su propio vehículo, que atraviesa el paisaje como en una cápsula, aislada de todo lo que la rodea. Con visionaria sagacidad la captó Andrei Tarkovski en Solaris (1972), en la larga secuencia de tránsito de esa película.
Es desde una especie de nave espacial ‒como se siente el automóvil en esas circunstancias‒ que se dirige la carta a los años setenta, como una comunicación a través del cosmos y del tiempo. Lo que hay en esto de llamado tiene una razón de ser actual que también permanece implícita en el film, aunque puede ser difícil de percibir fuera del contexto argentino: las políticas de ajuste y de desindustrialización que lleva adelante el gobierno de ultraderecha “libertario” de Javier Milei y que replican las de la dictadura. También los sindicatos oficialistas actúan hoy como el SMATA entonces.
La razón para invocar el recuerdo de esta chica valiente de los setenta es el gesto de levantar la mano a favor de la huelga. No es un drama complicado el que la lleva a eso. Probablemente se dio cuenta de lo que iba a pasar al escribir los telegramas de despido como un ser humano, no como una máquina. Es, además, cuestión de estómago y piel, respuesta al manoseo de un superior, a lo que siente un cuerpo al pasar de los espacios administrativos a los talleres.
El tránsito por el mundo como si fuera cosa ajena, el viaje espacial del individuo, termina allí con un salto a tierra, al encuentro con la clase en la realidad de la lucha. Un pequeño paso para una chica, pero que es enorme para la humanidad, diríamos, parodiando al astronauta en la Luna. Como Río Turbio, La taquigrafista parte con lucidez de la premisa de que lo políticamente más decisivo hoy es lo que se juega en la dificultad que es para la mayoría la elección del compromiso, rasgar la niebla de la guerra bajo la que se presenta como salto mortal. Pero quizás ocurre también que la memoria del nuevo cine latinoamericano traiciona con sus problemáticas “tomas de conciencia”, y llena así al vacío de lo que no puede saberse acerca de Mari.

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