“Las almas ni los ojos” de Canela Reyes y César Jaimes
Por Pablo Gamba
Las almas ni los ojos (Colombia-Alemania, 2026) se estrenó en el Festival de Cartagena y estuvo en la Competencia Central de Cinemancia. Es un largometraje que llama la atención, desde los créditos, por la codirección de dos figuras emergentes: Canela Reyes y César Jaimes. Pero también, y sobre todo, porque es una película que vuelve, con un ánimo de radicalización estética, a caminos que ha recorrido insistentemente el cine colombiano.
Reyes es la directora de La Bonga (Colombia-Suiza-Estados Unidos, 2023), que estuvo en la Quincena Documental del MoMA y en Cinéma du Réel, donde ganó el premio a la mejor ópera prima, entre otros festivales internacionales. A Jaimes se lo conoce por la codirección con Juan Pablo Polanco de Carropasajero (Colombia-Alemania, 2024), que se estrenó en Visions du Réel y sobre la que Jhonny Carvajal Orozco escribió en Los Experimentos, y Lapü (Colombia, 2019), películas sobre el pueblo Wayúu.
Se trata, además, Las almas ni los ojos de una producción de Los Niños Films, de la que son parte Jaimes y Polanco junto con Sebastián Cáceres, Diego Caicedo y Manuel Ponce de León. El último estrenó este año en Cineastas del Presente, en el Festival de Locarno, el largometraje Todos mis viajes son viajes de regreso (Colombia, 2026), con el actor de culto Denis Lavant. El título viene de una estrofa del Himno Nacional de Colombia: ...“no saben / las almas ni los ojos/ si admiración o espanto/ sentir o padecer”.
Un tema emblemático del cine de colombiano que volvemos a hallar en Las almas ni los ojos es la violencia y los que tienen que huir por su causa. Colombia es el país con más población desplazada en su interior, solo detrás de Sudán; la migración externa más reciente de la vecina Venezuela suele ocultar esta realidad. Es una cuestión que había sido trabajada antes en La Bonga, con un enfoque poético que se reitera en la película de Reyes y Jaimes.
Esto conlleva un regreso a la pregunta de cómo puede el cine dar imágenes de esa realidad histórica espantosa que ha encontrado en “la Violencia” un modo de referirla. Devenido nombre propio, el sustantivo es desbordado en su capacidad de definir con claridad lo que históricamente sucedió al asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, en 1948, y que de hecho era una guerra interna que había comenzado al menos veinte años antes. El fin pactado de esta Violencia, con mayúsculas, en 1958, dio paso a la de las guerrillas, los paramilitares, la contrainsurgencia militar y el narcotráfico, capaz de actuar con el impacto del terrorismo.
El protagonista de Las almas ni los ojos está interpretado por José Oliverio Ospina, identificado con su nombre de artista y actor, “Pacho”. Se lo conoce en el cine por Más allá de la noche (Colombia, 2021), de Manuel Ponce de León, que ganó la competencia Flash de cortometrajes en el FID de Marsella.
Movido por una fotografía que solo se irá revelando por fragmentos, hasta que la veamos completa al final, “Pacho” emprende un viaje simbólico de regreso a su pueblo natal, Anserma, en el Eje Cafetero del occidente del país. Tuvo que irse de allí hace más de 50 años, dice, cuando era apenas más que un niño, por causa del conflicto, y su vuelta es a un espacio de muerte que recorre en soledad, de noche, y en el que imagina encuentros con figuras fantasmales.
El viaje simbólico es un motivo que se repite en el cine contemporáneo de Colombia. Se lo refiere a la violencia en La Bonga, por ejemplo, o más recientemente en Horizonte (Colombia-Chile y otros países, 2024), de César Augusto Acevedo. Pero también a otras historias, como en Los viajes de viento (Colombia-Argentina y otros países, 2009), de Ciro Guerra.
La novedad de Las almas ni los ojos se presenta, en este contexto, primeramente como estilística. Me refiero a lo que el programador Alfredo Marimón del Festival de Cartagena llamó “expresionismo rural”. La película se rodó en blanco y negro, en film de 16 mm presumiblemente vencido o deteriorado para evidenciar no solo el grano sino una materialidad precaria, defectuosa, como correlato sensorial de la experiencia de la memoria. Comprende también, más sutilmente, la exploración material de la fotografía.
Hallamos en esto otro lugar común contemporáneo, una apropiación del cine experimental por la ficción autoral más radical. En Las almas ni los ojos mantiene su poder por el virtuosismo de Luis Fernando Rojas en la dirección de fotografía, que se extiende a su capacidad transmitir con puras luces una impresión de viaje en una máquina del tiempo en una escena, por ejemplo.
También se sostiene esta película en el teatro, lo que la hace parte de la ruptura de la última década respecto al cine latinoamericano que se apoyó en el naturalismo de las actuaciones a comienzos del siglo XXI. La radicalidad estilística del film comprende, asimismo, la opción del monólogo dramático.
Lo más significativo, sin embargo, es el desdoblamiento que se construye así entre Pacho y el personaje al que maquilla al comienzo fuera de cuadro, con un contraplano que revela que es él mismo, y con el que habla entre la platea y el escenario de un teatro abandonado. De este modo se lleva el tópico del viaje simbólico hacia una confrontación del desplazado con aquella otra vida rota del pasado que lo marca, la huella de la violencia como una desintegración.
El desdoblamiento se presenta como la dominante formal de Las almas ni los ojos. El viaje es un desplazamiento imaginario de Pacho de Honda, el pueblo donde vive, a Anserma, pero también una alternación de líneas narrativas entre los espacios de la cotidianidad y la terrible memoria. Se desdobla igualmente el sonido: temas populares interpretados en versión moderna, con órgano, se confrontan con música contemporánea. Es el correlato auditivo de la imagen expresionista, de su tensión dramática entre la luz y la oscuridad.
El tiempo y el espacio de Honda se transfiguran en la Anserma del recuerdo, se desdoblan así análogamente. Pero lo más significativo es que la memoria personal refiere a la colectiva con otro desdoblamiento. La rotura del personaje que Pacho lleva dentro tiene como correlato la de la foto que lo mueve al viaje. Los amigos de infancia y su madre, que cree reconocer en ella, son confundidos con los personajes de ese documento histórico ampliamente conocido. Más allá de eso, el limbo negro en el que se despliegan los fragmentos de esa imagen es análogo al que llega Pacho al viajar hasta el fondo en su memoria. El monólogo dramático se sostiene allí sobre la nada, en la que es la representación más aterradora de la violencia, como disolución.
Pero el radicalismo de Las almas ni los ojos no deja de ser, con todos estos aciertos, un tour de force, un intento de seguir avanzando por un camino que parece agotado. El refinado estilo de esta película lo pone en evidencia, a mi manera de ver, con su manierismo. La búsqueda de una ficción que sea respuesta a la pregunta sobre cómo llevar al cine la violencia de un modo que sea negación poética del espectáculo mediático que contribuye a perpetuarla, parece quebrarse reiteradamente frente a la dificultad de dar imágenes de lo otro, de la paz, que no se reconozcan como propaganda. En esta película, sin embargo, alcanza el dramatismo de una agonía barroca.


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