“Los nadadores” de Sol Iglesias SK
Por Pablo Gamba
En la competencia de óperas primas latinoamericanas del festival CineBH de Belo Horizonte, Brasil, está Los nadadores (Argentina-México-Estados Unidos, 2026). Es el primer largometraje como directora de Sol Iglesias SK. Se estrenó en el Festival de Málaga, donde recibió una mención especial del jurado de Zonacine, y fue parte después del BAFICI, en Buenos Aires.
La participación de la directora y la productora, Valentina D’Emilio, como parte del grupo de cuatro personajes principales es algo característico del tipo de producción independiente que distingue a Los narradores en el contexto contemporáneo. Es congruente con su retorno a la desdramatización y el vaciamiento de sentidos alegóricos del nuevo cine argentino que emergió a finales de los años noventa. También la debilitación de los lugares comunes catastróficos de la historia distópica, ambientada aquí en un fin del mundo que se presenta como un verano que no termina, de días sin noches, en una ciudad casi por completo evacuada cuyos habitantes huyen en vuelos comerciales.
La importancia que cobra el calor que mueve a los personajes en su deriva trae a colación la obra maestra de los primeros años del nuevo cine argentino referido: La Ciénaga (Argentina, 2001), de Lucrecia Martel. También las piletas o piscinas, algunas de aguas turbias, aunque no podrida, como en ese otro film.
Otra referencia citada por la realizadora es menos conocida hoy: El nadador (The Swimmer, Estados Unidos, 1968), de Frank Perry, basada en un cuento de John Cheever. Es una película de la primera ola del Nuevo Hollywood que critica el bienestar de la sociedad de consumo, y la moral burguesa del matrimonio y la familia, con la historia alegórica de un hombre que atraviesa propiedades de gente acomodada y mansiones, nadando a lo largo de una pileta tras otra y corriendo por el campo “de vuelta a casa”.
El grupo de cuatro que protagoniza Los nadadores emprende un recorrido análogo, irrumpiendo sucesivamente en la propiedad privada de casas vaciadas o a punto de ser abandonadas por el éxodo. Pero esto no obedece a un proyecto como el del protagonista del film de Perry, que sigue en eso la convención clásica. Actúan bajo el impulso del calor que le da una orientación al movimiento los cuerpos, pero no una meta, en lo que sigue la lógica narrativa de La Ciénaga y no la de El nadador. Es algo que se expresa asimismo en que no buscan las piletas para cruzarlas a nado como en una prueba deportiva. Se zambullen para refrescarse, jugar o, simplemente, flotar.
También mueven pulsiones a los personajes de Los nadadores, otra semejanza con la película de Martel. Pero en este caso no son de atracción sexual sino de violencia. Se vinculan con diferencias de color relacionadas con el racismo y el clasismo, con un giro que se reconoce como feminista. Llevan a choques de cuerpos masculinos de los que se apartan las chicas.
Los efectos del calor sobre los personajes se evidencian también en el desorden de los cuerpos, la manera como yacen unos junto a otros en reposo, lo que es algo más que viene de La Ciénaga. Su corolario es el corte, la segmentación por el encuadre de las partes corporales como si cobraran autonomía, a lo que Los nadadores parece hacer homenaje al comienzo.
En Los Experimentos hemos escrito sobre la construcción del espacio en La Ciénaga, como un volumen que el aire llena como el agua una pecera, lo que se hace tangible por el calor de la atmósfera y la disposición de los elementos en la composición de los planos. Es algo más que encontramos parecidamente en el film de Sol Iglesias, por un factor análogo de temperatura, y los aviones que escuchamos y vemos. Transmiten una impresión de que la historia se desarrolla en una pileta en cuyo fondo caminan y nadan unos personajes, mientras que otros vuelan muy por encima, aunque en algunos saltos al agua ellos parecen volar también.
Así como el sonido y la luz también hacen tangible la atmósfera en La Ciénaga cuando atraviesan distancias, en Los nadadores ocurre con la sutil distorsión de la luz solar del apocalipsis del día interminable. Se hace extensiva al sonido de una manera más significativa, porque no tiene la misma motivación genérica en el cine apocalíptico sino una más extraña, psicodélica, pero vinculada también con un calor que tiene a todos al borde del desmayo.
Pero el desarrollo formal más significativo de la película de Sol Iglesias consiste en cómo el espacio adquiere un aspecto líquido y el tiempo se transmuta en un fluir, independientemente de un relato que también es “cine de fujo” (Stéphane Bouquet). Es algo que comienza en la puesta en escena, donde radicalizando la travesía por el campo en malla (traje de baño) del protagonista de El nadador. La convierte en algo más parecido a un nado en cómo se atraviesan las casas desocupadas y, sobre todo, los espacios que llena la vegetación, en planos cerrados que subrayan la inmersión entre las plantas sin el valor alegórico de retorno a la naturaleza del film de Perry.
Más trascendente aún es el uso de las superposiciones de imágenes, de las lentas disolvencias, de un efecto que recuerda la distorsión óptica de Post tenebras lux (Carlos Reygadas, México y otros países, 2012) y también, martelescamente, del sonido. Conjugando todo esto, se transmite una impresión de que historia y personajes se derriten bajo el calor del verano apocalíptico.
La forma se desarrolla siguiendo la lógica de esta disolución, y el desvanecimiento físico es su correlato. La película empieza y termina con desmayos, en lo que refiere a las caídas del comienzo y fin de La Ciénaga.
Fuera del contexto de la catástrofe devenida espectáculo de efectos visuales y de las fáciles interpretaciones alegóricas, la transmutación líquida de Los nadadores adquiere así un aspecto abstracto que podría hacerla blanco de críticas fáciles. Vendría a ser estetización de otra versión del fin del mundo que responde a la imposibilidad de imaginar el fin del capitalismo.
Pero yo llamaría la atención sobre la conjunción de la concepción del mundo que se vacía, pero no se destruye, y lo líquido. Me hace pensar en otro lugar común, que cuestiona la estabilidad de lo real de este sistema: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Refiere a una concepción líquida de la modernidad, no menos manida, pero que no por eso deja de ser iluminadora.
Lo que encuentro abstraído aquí de contextos que quizás impiden percibirlo más claramente es esta viencia líquida del mundo desde el borde del desvanecimiento. Aunque en la historia ocurre por el calor apocalíptico, es análoga a otros agotamientos del cuerpo, en particular de los trabajadores cuyas jornadas son interminables, como el día sin fin del verano. La juventud que no puede huir del país está extenuada en el film, y se derrumba por esta causa. Se atiende, además, a otro instinto de supervivencia, que es el de las chicas frente a la violencia de los varones.
Frente a todo eso hay también en esta película el hallazgo de otra sensibilidad y sensualidad liberadoras, de los que atraviesan como a nado la realidad acuosa, franqueando las barreras de la propiedad inmobiliaria. Es sobre todo en esto donde su valor se afirma por sobre los escollos narrativos que también se conforman en la estructura de episidios de su relato transpiletesco.


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