“Todas las canciones del mundo” de Santiago Flórez Rincón y “Lamentos de un balcón” de Juan Chispas
Por Pablo Flote
Cinemancia 2026 abrió con una doble función, en la cual se presentaron el documental Todas las canciones del mundo (Colombia, 2026) de Santiago Flórez Rincón y el cortometraje Lamentos de un balcón (Colombia, 2026) de Juan Chispas. La proyección de ambas obras conforma un comentario sobre las incidencias de un capitalismo voraz que deja a Colombia, desde lo más personal hasta lo más amplio, en una posición disminuida y frágil en sus instituciones.
En su ópera prima, Flórez Rincón se acerca a la figura de su padre para construir una imagen personal, concentrada plenamente en las reacciones, del colapso de las humanidades como un área no sólo de crecimiento y de búsqueda, sino en su faceta tangible, laboral. El Departamento de Músicas Andinas de la Universidad Nacional de Colombia arrastra problemas presupuestarios y de interés estudiantil. Ni alumnos ni administrativos ven la relevancia del trabajo de Omar Flórez, quien tiene dificultades para transmitir ese énfasis de la música desde la pandemia de 2020. Aunque la virtualidad es una circunstancia mayor, el desinterés por las artes se agudiza y se manifiesta también en las aulas, es un síntoma de un fenómeno tan grande, tan extendido, que no logra identificarse.
Omar Flórez apenas reacciona al derrumbe del Departamento y de su trabajo. Él expresa su postura después del cierre definitivo del programa: “No importa”, dice, “a lo que sigue”. Si bien su aproximación estoica a la situación lo “libera” de una carga emocional, laboral, también suprime su agencia y limita su disposición ante la maquinaria que, precisamente, ha despojado a la sociedad de armas. Esta misma operación se replica en el filme con planos generales que encierran a Omar Flórez en su contexto, marcan una distancia que procura una objetividad infundada, pues el sujeto encuadrado es, recordemos, padre del director.
Tras ser despedido, Omar Flórez canta “Qué voy a hacer” de Juan y Juan, una canción sobre problemas económicos en la que la voz lírica se pregunta qué hacer ahora que el dinero no es suficiente para cubrir sus necesidades. La canción concluye: “voy a tener que ponerme a trabajar”. La resignación por la pérdida de su trabajo es una decisión hasta cierto punto pacífica, pues no prolonga el proceso ni involucra la comodidad o la voluntad de otras personas.
A un relato tan íntimo le resulta complicado profundizar sobre las condiciones que enfrenta la gente dentro de su narración. El foco está puesto en la respuesta (o, mejor dicho, la ausencia de una) de Omar Flórez, en la ligereza de su preocupación porque le quedan la música y su familia, aquello que, en efecto, tiene significado para él. La aparición en cuadro de su hijo, el director de Todas las canciones del mundo, le permite externar sus pensamientos, con su familia puede ser él, sentir y decir en toda su capacidad.
La música, por otro lado, no forma parte de él, pero se aproxima a ella como si fuera una entidad aislada. Al salir de viaje a un entorno natural, supuestamente impoluto, con él encuadrado al centro, podría concebirse como una vuelta, del arte, de la humanidad, a un lugar exento de las aflicciones del sistema capitalista. Hay una percepción idealizada sobre la música, en la cual ni su creación ni su resultado ni su difusión se alinean políticamente.
Por lo anterior es tan notable el acompañamiento de Todas las canciones del mundo con Lamentos de un balcón, ya que el corto explicita preguntas sobre lo que se ve en la faceta arquitectónica de una visita a la playa.
Los intertítulos iniciales señalan los años 1510 y 1954 para precisar la transformación de la tierra por medio de la violencia física en la Batalla de Gaira y por medio de desplazamiento con la “modernización nacional” del gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. Se advierte con ello que la localidad de Gaira fue conquistada dos veces, la más reciente para ser turistificada.
El cuadro dividido en cuatro partes muestra los balcones de esas construcciones homogeneizadas, blancas, que uno encuentra en la playa. Ocurre en Gaira y en cualquier playa, los elementos arquitectónicos satisfacen las necesidades no de los locales, ya ni siquiera de los turistas, sino del mercado que estandariza a partir de lo estético. Un montaje vertiginoso, que varía las imágenes de la cuadrícula al menos doce veces por segundo, llena el ojo de hoteles, de playa, de turistas, de venta y renta de viviendas; cansa la vista por su velocidad y sus texturas, en donde el concreto frío y la pintura blanca se se repiten demencialmente a lo alto, con el cielo de fondo; ese frenesí no da tregua, cualquier distracción u omisión abre dos posibilidades igualmente abrumadoras: la primera, que nada cambia sin importar cuándo y dónde (en el cuadrante y, por lo tanto, en la playa turistificada) se vea, todo está ajustado a la norma de los hoteles; la segunda, la velocidad con la cual se han construido tales complejos, el crecimiento desenfrenado hacia todos lados, edificios todavía en obra o ya terminados, negocios, gente. Un intertítulo lo anuncia desde los primeros segundos: “el asfalto se expande en espirales frenéticas”.
Del diálogo del documental de Flórez Rincón y del corto de Chispas se detectan algunas problemáticas de Colombia y de Latinoamérica. La obra de Chispas hace manifiesta su preocupación con las texturas, los colores y las formas de edificios, de una playa asfáltica, ocupada, tomada y explotada en toda su capacidad económica a costa del bienestar de sus lugareños. Lo interior, cómo y hasta qué punto es posible reaccionar se aborda en Todas las canciones del mundo. Juntas, como se proyectaron este año en Cinemancia, cierran una pinza sobre el deterioro de la labor, de la institución e incluso de la percepción por un aplastamiento que surge de estructuras y gobiernos que han invertido una visión del bienestar, priorizan los números y relegan a la gente.



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