“¡Acá las tortas!” de Juan Bustillo Oro

Por Pablo Flote 

Es cierto que hoy se pasa por alto el cine anterior a los años sesenta, cine cuyo valor reside tanto en la comprensión histórica del medio, de lo estético, de lo técnico, como en la percepción amplia de los elementos de aquello visto en pantalla, cómo apelaba al público entonces y cómo resuena en el espectador ahora. Nuestra ventaja es la posibilidad de acercarnos a estas películas a la distancia y su disponibilidad en internet, aunque a veces eso involucre a empresas que retiren o aparten las obras por motivos económicos, políticos, legales. Escarbando entre plataformas encontré ¡Acá las tortas! (México, 1951) de Juan Bustillo Oro.

La apertura de la incipiente industria mexicana al capital extranjero durante el gobierno alemanista (1946-1952) suscitó posturas encontradas entre quienes veían en ello progreso y quienes lo consideraban, entre otras cosas, una amenaza a las estructuras identitarias del país. Juan Bustillo Oro se sitúa en los segundos y detecta en la estructura familiar un deterioro interno como consecuencia de la influencia estadounidense. En ¡Acá las tortas! se advierte que el tejido familiar no es un paraje neutro e inocente cuyas hebras se limitan a los sentimientos de lo consanguíneo; como uno de los bloques primarios de la sociedad, necesariamente incide en él, también, la clase.

Para entonces, Bustillo Oro había realizado la que quizá es su obra más popular, Ahí está el detalle (1940), en la cual consolidó el humor como su recurso penetrante para la crítica social. Si bien ¡Acá las tortas! apunta también hacia lo melodramático, las observaciones sobre la educación, lo económico y la clase se hacen llegar por medio confrontaciones cómicas que terminan en una comprensión retroactiva de los personajes sobre sus propias circunstancias. Es así que, al regreso de Lupe (Queta Lavat) y Ricardo (Fernando Casanova) de Estados Unidos, sus padres, don Chente (Carlos Orellana) y Dolores (Sara García) se tropiezan con los hábitos adquiridos en el gabacho, que más allá de señalar las diferencias culturales, destacan la movilidad social de los hijos (al menos en apariencia) auspiciada por sus padres.

Lupe y Ricardo se hacen llamar “Betty y Dick”, encajan anglicismos, frases completas en inglés al hablar, se han vuelto “alérgicos a la cebolla” y se avergüenzan de la tortería de sus padres, negocio que posibilitó su estadía y sus estudios en EEUU. La incompatibilidad de Dick y Betty con su casa de la infancia y con sus padres tiene menos que ver con la habituación a la cotidianidad estadounidense y más con que, durante sus cinco años en el extranjero, convivieron con personas de una clase distinta a ellos, esas familias que pueden permitirse estar fuera de México por tiempo indefinido y lo hacen. Ese estilo de vida no es sostenible para ellos, por lo cual recurren a ese bien delicado pero estable de la clase acomodada: la apariencia.

Bustillo Oro asocia lo estadounidense con la riqueza y lo mexicano con la pobreza. Incluso si las familias de élite son mexicanas, su mezquindad parece provenir de fuera. Resulta más directo, pues, tomar partido a partir de lo nacional que de la clase (el padre menciona cómo las tortas llevan la bandera de México dentro, en sus ingredientes, el aguacate verde, la cebolla blanca, el jitomate rojo) y, sin embargo, constantemente se culpa a don Chente y a Dolores por la actitud de sus hijos, se atribuye al rechazo de su clase. Que estudien fuera de México para “que no sean unos pelados vulgares como nosotros”, es la justificación que se da don Chente sobre la inversión en sus hijos. El propio Dick anula todos los argumentos en pro de lo nacional y de la tortería dichos por sus padres con una pregunta: “¿no era el deseo de ustedes que nos eleváramos por sobre las condiciones de nuestro nacimiento?”, la cual será respondida hacia el final de la película con la reunificación de la familia.

Una familia puede desclasar de forma asimétrica. Los espacios y círculos frecuentados por los hijos parecen ya inaccesibles para los padres. Durante un torneo de canasta en la residencia de una mujer de dinero, Dick y Betty tienen reservas de la comida servida: tortas, ya que, además, son sus padres quienes proveen el servicio. Con Betty comprometida con el hijo mayor de los Salgado, familia acaudalada, pero en crisis, ambos hijos niegan a sus padres, los desconocen, y ellos, por cuidar la apariencia de sus criaturas, consienten y secundan la omisión. El lazo familiar se atasca, luego se corta en el afilado borde que delimita las clases sociales.

Don Chente y Dolores buscan a Vicente (Luis Beristáin), su primogénito, el hermano mayor caído en desgracia y consumido por el alcohol. Sienten haberle fallado y quieren enmendarlo. Diametralmente opuesto de donde se encuentran Lupe y Ricardo, el desclasamiento de Vicente ocurre por una fractura familiar y, al mismo tiempo, ese vínculo con sus padres no puede restituirse por la diferencia de clase entre ellos. Sólo con consciencia de sí mismos y de sus condiciones materiales, don Chente y Dolores pueden pedir perdón a su hijo y entender por completo los comentarios, las réplicas de la empleada doméstica, Jacinta (Lupe Inclán).

Bustillo Oro desplaza lateralmente a sus personajes en el plano, alineados a la misma altura (exceptuando, claro está, la talla de los actores) y profundidad durante casi todo el filme. Sugiere la igualdad de la familia entre sí y con otras figuras, mientras la desproporción material queda como decorado, como algo apenas circunstancial, no como una disposición sistemática del capital. Bustillo Oro se sirve de la profundidad sólo tres veces, las tres para juntar a los miembros de la familia en la candidez de sus abrazos. La primera, al llegar de EEUU y saludarlos, son los hijos quienes se acercan a primer plano a saludar a sus padres. La segunda, en la lamentación de Dolores por la vida que lleva Vicente. La tercera, cuando el propio Vicente se ha interpuesto en la boda de su hermana para evitar que sea engatusada, les exige a Lupe y a Ricardo una disculpa hacia sus padres. Así, Lupe, que estaba en primer plano, recorre la nave lateral hacia el fondo del cuadro para reunirse con sus padres y se arrodilla para pedirles perdón. Ha atravesado de nuevo la barrera que les impedía ser conscientes de su clase.

La familia se aviene en su conjunto con la más palpable aserción de la materialidad humana: la muerte. Es Vicente quien les pide recuperar los valores que han traicionado, les hace jurar su funcionamiento como familia y, por tanto, como la tortería exitosa que les ha dado todo.

¡Acá las tortas! extraña en sus expresiones sobre la familia como un campo también contaminado por las problemáticas de clase, de la soberbia y actitud de superioridad de la élite y de la concesión de los oprimidos. La emotividad familiar y una breve amenaza sobre la mortalidad parecen bastar para lograr la reconciliación entre clases. Pero la traición y el olvido de la procedencia son, en el México de los cincuenta, en la Latinoamérica y en el mundo actual, imperdonables.

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