“Hangar” de Joaquín Wall y “Film noir” de Rodrigo Pires
Por Pablo Gamba
Hangar (Argentina, 2026), de Joaquín Wall, y Film noir (Brasil, 2026), de Rodrigo Pires, son cortos que compitieron en el festival de cine experimental Coxmix de París. Tienen en común la intensidad del trabajo con el montaje, lo que los conecta a ambos lejanamente con una tradición que se remonta a las primeras vanguardias.
La película de Wall se estrenó en Frameline, el festival LGTBQ+ de San Francisco, Estados Unidos, y es una una característica pieza de cine gay. El estilo me refiere sobre todo a Pink Narcissus (1971), de Jack Smith, así como también al Kenneth Anger de Fireworks (1947) y Scorpio Rising (1963).
En el marco de una celebración homoerótica de la belleza de los cuerpos masculinos, filmados en Super 8 bajo un sol radiante, con los hermosos colores de la película Ektachrome, lo material y lo carnal ‒lo “físico”, en general, como se dice hoy para diferenciarlo de lo “virtual”‒ es la dominante de Hangar. El motivo del correo postal se confronta con los mensajes electrónicos, lo que incluye el acto de pegar una estampilla en una nalga humedeciéndola con la lengua y fijándola con una palmada, por ejemplo. El deseo circula en esta película como una corriente que estremece la materia.
La evidente simbología fálica y el motivo del título son metáforas visuales físicamente poderosas del sexo en esta película. Junto con eso, están lo explícito de los actos sexuales y las poses eróticas que los convocan. Pero más importante, con relación a las impresiones “físicas”, es el montaje de la película fílmica, y la conexión de lo rítmico con lo corporal y lo háptico. Es el aspecto más profundo y significativo de la materialidad en este cortometraje.
Haciéndose cargo de la herencia del underground estadounidense, Hangar se presenta, además, como una singular pieza mitopoética. Lo postal se expande hacia el imaginario de los aviones que transportan cartas y pasajeros al que apunta el título, y una celebración de la modernidad arquitectónica y musical.
Lo universal se conjuga también con lo nacional, con la arquitectura de Francisco Salamone, emblemática de la provincia de Buenos Aires, y con Aerolíneas Argentinas, casi como si fuera un irónico comercial gay. La paleta de color está basada en lo patrio, aunque con un sutil virado del celeste al azul. El pabellón nacional adquiere así los colores de la línea aérea bandera del país.
De modo que, además de bella, Hangar es una película irreverente, hasta punzante. Hace de la identidad gay y el homoerotismo cuestión patriótica, o casi, así como también de progreso, en tiempos en los que la brutal marea conservadora se ha salido de cauce en Argentina, perturbando la vida civilizada que venía acompañando casi naturalmente nuestra democracia.
Algo parecido encontramos en Film noir por lo que respecta a los femicidios que se siguen considerando “crímenes pasionales” en Brasil. La dificultad de la protagonista para reconstruir la memoria de lo que sucedió una noche tiene que ver con el trauma, aunque tenga motivación realista en la sustancia que el hombre vierte en su copa de vino. Pero también con la experiencia del descubrimiento de su capacidad de defenderse, de que no es víctima fácil.
No es este, sin embargo, el valor principal de la ópera prima del fotógrafo Rodrigo Pires, que comenzó siendo un proyecto de comercial de un laboratorio fílmico que revela y escanea película Super 8 en São Paulo. Pero derivó hacia otra cosa, un homenaje, quizás, a las apropiaciones del cine de género por el cinema marginal brasileño de finales de los años sesenta y los setenta, y más claramente un homenaje sin nostalgia a la que fue una época de apogeo del cine en general.
Es lo que explica el desborde impresionista de la función psicológica del montaje en esta película. Me hace pensar en excesos como los de esa obra maestra que es Don’t Look Now (1973), de Nicolas Roeg, por ejemplo. El homenaje comprende también el giallo italiano y el neo-noir francés, con el riesgo de todos los lugares comunes que conlleva una empresa semejante.
La pequeñez y fragilidad del Super 8 en color presenta resistencias a este ejercicio de apropiación de un estilo que se desarrolló en 35 mm. Esto podría considerarse defecto o carencia. Pero yo prefiero valorar su lado barroco, que está en el intento de devolverle la vida a la belleza de esas grandes obras del pasado en un soporte que se ha terminado asociando con el cine experimental. Lo que también fue, en su momento, producción industrial, reencarna así hoy en el arte, de un modo que pone en tensión sus posibilidades materiales.


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