“Los nuevos” de Rodrigo Plá

Por Pablo Flote

Entre las películas que compiten en la Sección de Largometraje Mexicano del 24º Festival Internacional de Cine de Morelia, Los nuevos (2026, México) de Rodrigo Plá, basada en la novela Llegaron con el viento, de Laura Santullo, se inserta como una entrada para el público infantil en las crisis migratorias del México actual. Quizá su aspiración de atender la perversidad del desplazamiento forzado, de la invasión, de la explotación con la gravedad que requieren sea su gesto más audaz, pues explícita tales problemas con una exposición dentro de lo didáctico.

El título no puede ser más claro, se señala en los primeros minutos de la película la condición de nueva de toda una comunidad en el pueblo de Miraflores. Su traslado y presencia preocupan a los residentes, que sienten su comodidad en riesgo por quienes han migrado. Después de todo, son extraños.

Mateo (Marco Santiago Sánchez López), un niño, también tiene sus reservas, mantiene una postura similar a la de su madre (Naty Cuevas). Lo intrigan sus nuevos compañeros de clase, entre quienes Tiana (Rosario López García) parece peculiar, esconde algo.

La cámara sigue las miradas curiosas de Mateo, los movimientos cautelosos de Tiana. Cada vez que en casa hay una discusión sobre la gente que llegó a Miraflores, el abuelo (Florencio Fernando Burgos González) mantiene una postura conciliadora. Les enseña a Mateo y a Tomás (Vicente Emmanuel Liévano Méndez), el menor, que en el campamento improvisadamente montado sobre un área lodosa habitan personas. Menciona que él mismo no es de Miraflores y con ello se entiende que las razones para migrar son mayores, que a veces no hay alternativa.

Mateo y Tomás encuentran un canal de simpatía con Tiana primero en su inocencia, luego en el cuidado de Nube (Moira), una perrita que durante el traslado se quedó atrás y le hizo frente a una retroexcavadora y a hombres armados. Los primeros actos de ayuda surgen de la compasión por un perro herido. Tomás le lleva comida, Mateo le da cobijo y, una vez que se ha recuperado por completo, es que, tanto los niños como la narración, se mueven.

Los nuevos está dividida en ocho partes abigarradas. Las primeras tres muestran a la población perjudicada de El Carrizo, los efectos de su llegada en los habitantes de Miraflores, la negligencia de las autoridades, la concreción de la empatía infantil. Aunque ligeros, en estos apartados se manifiestan las dificultades de ambos lados, de intentar vivir en otro lugar y de convivir con desconocidos cuyas intenciones son, también, desconocidas.

A partir de la cuarta parte, la narración concentra la profundidad de las problemáticas, es decir, (una de) las causas y, al mismo tiempo, el acto para corregir un río contaminado, un agua que no les permitirá más vivir en Miraflores, como ya lo sufrió Tiana en El Carrizo. Es ella en quien se condensa el enojo de los pobladores de El Carrizo, es la catalizadora de la lucha, la cual comienza buscando el origen de la contaminación.

La aventura río arriba involucra a los dos hermanos y a la nueva con el perro Nube. En los primeros segmentos, Mateo se dirige al público, directo a la cámara o en voice-over, para (sobre)explicar las situaciones, lo cual, debido a su perspectiva, atenúa la ferocidad del desplazamiento forzado y la inhumanidad de sobrevivir a las circunstancias completas, la invasión territorial, la pérdida del hogar, el proceso de adaptación, la falta de empatía.

Ya en el cuarto capítulo, Plá se vale de un recurso que no por tonalmente coherente resulta menos extraño: mientras el grupo camina en busca de la fuente de la contaminación del río, Mateo especifica detalles al público sobre la personalidad de Tiana y, entonces, ella resbala. El metraje se pausa y retrocede para que veamos de nuevo la caída, pero esta vez con precisiones dadas por Mateo de cómo ocurrió e, incluso, se dibuja un círculo que encierra el movimiento. El truco audiovisual no se plantea con anterioridad ni se repite más adelante, se enlaza con el voice-over y el humor inofensivo, pero queda aislado, suelto, se torna anómalo. Mateo, Tiana y Tomás continúan su investigación y descubren que el origen del agua contaminada es una excavación minera. Consiguen evidencia, pero son atrapados y encerrados por los trabajadores.

A Plá le cuesta fijar un tono para Los nuevos. Por un lado, debe abordar a sus destinatarios, ante todo, las infancias. A la vez, pretende no diluir ni suavizar la vileza del despojo y de las consecuencias en los habitantes de un territorio. Y, por otro, es eso precisamente lo que hace: Tiana, Nube y los hermanos logran escapar de la celda improvisada donde fueron encerrados, vuelven sanos y salvos a casa e inician un movimiento de resistencia desde la difusión de información en su pueblo. No hace falta un cinismo agobiante o una mirada cruel para anticipar las consecuencias que un acto así tendría, en especial si se trata de menores. Aquellos que despojan y desplazan a otros por beneficio económico no tienen escrúpulos, no dudarían en eliminar pruebas de sus crímenes ni en suprimir a quienes se les opongan.

De las vacilaciones de Los nuevos deriva esa cándida esperanza de los relatos infantiles. Aun con la malicia incesante de los intereses económicos, el crecimiento personal y político a la vez de Mateo, Tiana y Tomás se encauza hacia el bien común e imagina una organización capaz de ahuyentar a los intrusos, que son quienes privan, arrebatan y saquean el hogar de otros y no quienes se quedan sin casa y llegan, nuevos, a otro espacio para reconstruir su vida.

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