“A veces me entra tristeza, otras veces rebelión” de María Aparicio

Por Pablo Flote

La sección paralela Giornate degli Autori del Festival de Cine de Venecia, tuvo a bien premiar con el GdA Director’s Award a María Aparicio por A veces me entra tristeza, otras veces rebelión (Argentina, 2026). La secuela de Las cosas indefinidas (Argentina, 2023), sobre todo por el seguimiento del personaje de Eva, recibió apoyo del programa Residencias Joaquim Jordà para ensayo fílmico, cine experimental y de no ficción del Museo Reina Sofía, en Madrid. Inaugura ahora el 16.º Festival Internacional de Cine de la UNAM (FICUNAM), en la Ciudad de México.

En Las cosas indefinidas, Aparicio le da a Eva (Eva Blanco) una entrada en la dimensión de las posibilidades del cine, en cómo en las imágenes existe un intersticio del que surgen potenciales actos y realidades, siempre permeadas por los afectos de sus sujetos, objetos o realizadores. Así, se configura una inversión del registro de las imágenes: además de filmar lo vivido, se puede vivir lo filmado. Va más allá de la capacidad archivística del cine como soporte, encuentra en las imágenes el canal para imprimir y compartir afectos al realizar, al ver. A veces me entra tristeza, otras veces rebelión vuelve a andar el camino de la imagen junto con ella, pero esta vez para preguntarse por su propósito, si es que, en el mejor de los casos, tiene alguno.

Un historiador llamado Dante, interpretado por el crítico de cine Roger Koza, deambula por las calles de Madrid con Eva Carrasco (Bianco), una editora y directora de cine, que se queda en Madrid después de un festival en Francia. Con planos medios y generales, la ciudad los envuelve sin empequeñecerlos, forman parte de su fluencia aun cuando su pendoneo transgrede la rutina. Sus conversaciones se sostienen por la curiosidad de conocer a alguien, por preguntas que descubren los intereses y los quehaceres de la persona que se tiene enfrente. La distancia entre ellos, las posiciones de sus cuerpos se relajan y se perciben cercanos el uno del otro. Se debe, quizá, a que ambos son de Argentina, cordobeses. Pero Eva siente ilusión por su próximo encuentro porque, como ocurrió en Las cosas indefinidas, un abanico de posibilidades se abrió en virtud de una acción.


Dante está becado. Ello le permite investigar la fotografía obrera y los informes sobre la clase trabajadora de Juan Bialet Massé, cuyas pesquisas condujeron (a principios del siglo XX) a las normas laborales que hoy el gobierno de Javier Milei ha desechado en Argentina.

Eva se dice “de paseo”, frecuenta museos, se pierde entre las calles de Madrid. Los dos parecen de esos personajes afortunados que pretenden meditar y divagar sin las preocupaciones materiales de la cotidianidad. Y a pesar de que Eva nota, por ejemplo, el recital de una cantante callejera, a Dante no le dice más. Ella apenas le pregunta si él también la ha visto.


Las capas de sueño, cine y realidad se empalman y se confunden en una proyección a la cual asiste Dante. La luz del proyector y las chispas de una fogata se cruzan en la formación de las imágenes. Esa trama lumínica acierta ya en aquello que se construirá formalmente en A veces me entra tristeza, otras veces rebelión: aunque en apariencia las tres dimensiones han sido escindidas y operan por separado, sus afecciones impresas y su capacidad de afectar, junto con la necesidad de ser actualizadas y percibidas (por alguien) para existir, las enlaza primero, para después manifestarlas como imagen, como acción.

En su sueño, Dante se encuentra con Bialet Massé, quien le pide que le enseñe una canción. Le recita la última estrofa de la Milonga del peón del campo, del cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, texto del cual la película recoge su título:

¿Qué puede ofertarle un peón
que no sean sus pobrezas?
A veces me entra tristeza,
y otras veces rebelión.
En más de alguna ocasión
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
me gusta el aire de aquí.

La relación con los informes de la clase obrera de Bialet Massé es evidente. Las terribles condiciones de trabajo empujan hacia la desilusión y la tristeza, pero es también de ello que emerge la rabia, el hartazgo, la rebelión, esa voluntad de actuar para catalizar el cambio.


Textos, canciones y fotografías acercan a Eva y a Dante a circunstancias que se suponen lejanas. ¿Por qué no habría el cine de hacer lo mismo? Aparicio halla en los obreros no un sujeto ni mucho menos un objeto de estudio, sino una recurrente presencia de lo real, de lo vivido, cuyas necesidades materiales son capturables.

Frente al mar, en Mataró, Eva le pregunta a Dante el motivo de su investigación. Que a él lo conmueva la vida, obra y legado de Bialet Massé no basta. Eva reconoce (y expresa) los privilegios de los que gozan como cineasta e investigador. Sus andanzas por Madrid, su escape a Barcelona, cerca de allí, sus digresiones espaciales o intelectuales no ponen en riesgo sus empleos o su modo de vida. ¿Para qué? ¿Para qué, entonces, investigar un informe u observar los rostros de operarios de los primeros años del siglo XX? Eva Carrasco se interroga en un close-up a sí misma y a Eva Bianco, a Dante y a Roger Koza, a la propia María Aparicio con la Residencia Joaquim Jordà del Museo Reina Sofía. ¿De qué sirve plasmar y consultar la vida en un soporte físico que se convertirá en archivo, si después no se recupera para el presente?


Esta confrontación toca a Dante y lo estimula a salir y conversar con las personas, a actuar, incluso si no verá más a Eva. Le escribe y filma pensando en ella: la cámara revela, de abajo hacia arriba, una inscripción en granito que dice “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, luego la placa fúnebre y el nombre de Karl Marx. Sobre las palabras finales del Manifiesto comunista, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, un busto de bronce completa la tumba del filósofo. A partir de esta grabación de Dante, la película se aleja de la ficción y se muestran las conversaciones que ha sostenido, se aproxima a lo testimonial. Lo fílmicamente formal ha cambiado, la obra ya no responde, por bellas que sean, a las reflexiones de la pareja en Madrid. Ahora, los rostros de los trabajadores aparecen en primer plano más que como un elemento de hipertextualidad.

Tampoco se trata de un ejercicio o de un simulacro. A través de la voz de Koza (o Dante), Aparicio se acerca a las experiencias laborales de migrantes de todo el mundo en Europa. Así, su investigación es traída al presente, como exhortaba Eva, y A veces me entra tristeza, otras veces rebelión da un paso fuera de la pantalla.


Las entrevistas remiten a Geografía humana (Francia, 2013), de Claire Simon, un documental sobre las personas en la estación de tren parisina Gare du Nord, a quienes, por el flujo y la agitación del lugar, es improbable que volvamos a ver. La obra de Aparicio, sin embargo, observa sin esa fugacidad, pues filma vivencias de la explotación y de la precariedad laboral para fijarlas en un imaginario, para tener presentes pormenores personales de la alienación y, al menos, indignarnos por ello.

Las historias de Hilda, Irene, Gaby, Sergio, Xingsheng Li, Marisol y Anita comparten la partida del hogar en búsqueda de un bienestar integral, el cual comienza con mejores condiciones laborales. Hilda habría querido terminar de estudiar en Ecuador; Sergio dejó un puesto de oficina para desempeñar un cansado trabajo manual por un poco más de sueldo; la jornada de Xiangsheng Li se extiende hasta catorce horas y le agota la vida no laboral; Anita canta en las calles de Madrid como un primer trabajo y como pasión, aunque la sostenga otro empleo. Además de dar cuenta de la hostilidad económica y social del mundo, cada testimonio llama, desde la afección, a la acción.


Elegir a Koza para dar vida a Dante interpela al medio entero. Realizadores, crítica e incluso público se ven invocados a superar lo teórico y lo conceptual para darle forma a una rebelión que nos involucre a todxs. El arte no tiene un fin práctico inmediato. Pero, al volverse archivo o documento (o monumento), su propósito, como el de la Historia, debería inclinarse, al menos, a imaginar alternativas, a azuzar la consciencia, a que se promulguen leyes (aunque tarden), como los informes de Bialet Massé, a afectar y a actuar, pues es lo material lo que nos garantiza bienestar, arte, cine, imágenes.

El estreno de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión en Latinoamérica, en el FICUNAM 16, llama a la acción como la película de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini (quien vuelve como Rami de Las cosas indefinidas, aunque sólo en voz y que, además, edita A veces me entra tristeza, otras veces rebelión), La noche está marchándose ya (Argentina, 2025). Hay que hacerles frente a aquellos que coartan nuestros derechos, que paralizan la realización cinematográfica y artística en Latinoamérica. Claro, plantear un imaginario y proponer alternativas es potente, pero sólo su materialización, con nosotrxs como agentes, dignifica nuestra actualidad.

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