"El coloquio de los pájaros" de Sofía Velázquez Núñez

Por Mariana Martínez Bonilla 

El coloquio de los pájaros (Perú, 2026), segundo largometraje de Sofía Velázquez Núñez, tuvo su estreno mundial en Visions du Réel y fue parte de la sección de documental del 30 Festival de Cine de Lima 2026. En él, la cineasta con formación en antropología e integrante del colectivo Mercado Central regresa a la poesía y la oscuridad presentes en su ópera prima, De todas las cosas que se han de saber (Perú, 2022), para construir una película que pone en crisis los estatutos de la no ficción al hacer convivir la fantasía con la realidad.

Inspirada en la fábula persa homónima, atribuida a Farid ud-Din Attar y recuperada por Jorge Luis Borges en el Libro de los seres imaginarios, la también editora de El archivo bastardo (Marianela Vega, Perú, 2024) combina imágenes de archivo, conversaciones grabadas en Zoom y fragmentos de un poema en lengua moche. Todo ello para contar una fábula sobre un grupo de aves, símbolos del alma humana, que emprende un largo camino por los siete valles ‒Búsqueda; Amor; Conocimiento; Desapego; Unidad; Asombro; Muerte‒ con la finalidad de encontrar al Rey Simurg.

En el filme esas aves no son aves y tampoco están buscando a su rey, sino que se trata de un grupo de amigos, condenados a la clandestinidad, pues son perseguidos por su forma de pensar y habitar el mundo. Agrupados bajo una organización cuya existencia es incierta, la CODEVIAP (Coordinadora de Viejos Anarco-Poetas), esos hombres y mujeres se reúnen, beben, cantan y declaman poesía como quien practica un rito de resistencia en tiempos de oscuridad, cuando las guerras y la contaminación amenazan con destruir el mundo tal y como lo conocemos.


Según ha explicado la propia directora en algunas entrevistas, la incertidumbre sobre la CODEVIAP es el punto de partida del proyecto, pues, en realidad, contaba con muy poco metraje de las reuniones ‒45 minutos grabados entre 1999 y 2000‒. Su primer montaje fue mostrado a un grupo de espectadores quienes comentaron que era un buen homenaje al grupo de ancianos. Ante ello, la realizadora decidió dejar de lado la condescendencia del ejercicio y buscar otra estructura narrativa que le permitiera trabajar el material sin la exigencia de veracidad ni de imponer la primacía de alguno de sus personajes. El resultado fue un andamiaje híbrido entre el cine experimental, la no ficción y la fábula. Todo ello anudado por una serie de intertítulos (también poéticos) y una narradora en off cuyo registro oscila entre la descripción y la ensoñación.

Debido a la escasez del archivo, Velázquez comenzó a reunir imágenes de cámaras trampa, paisajes peruanos y paseos por zonas boscosas filmados durante la residencia artística que realizó en 2022 la Fundación MacDowell, en New Hampshire, EE UU. Más allá de ser un acto caprichoso ante la insuficiencia de materiales, su heterogeneidad aporta a la complejidad narrativa del filme. Sus distintas texturas y tesituras, así como la cualidad envolvente de su diseño sonoro ‒capas de música, sonidos de la naturaleza y voces‒, producen un extrañamiento particular: el espectador se involucra tanto en la vida política de los pájaros-poetas que la propia película necesita, por momentos, expulsarlo de la ensoñación.


“Nos gusta pensar, y cuanto antes mejor, en enseñar a los pequeños a infiltrarse en el sistema educativo y hackaearlo desde dentro. Hacer pintas en todas las paredes y en todas las caras. Distribuir la comida, recordar a tus vivos y a tus muertos. Ayudarnos a reconocer la realidad de nuestra opresión. Iniciar comunas, hablar de nuestros problemas, reir de nuestros problemas. Y, luego, hacer carteles con palabras tales como: belleza, vejez, recordar, garúa, futuro…”, recita una voz masculina mientras un grupo de sombras antropomórficas danzan en la pantalla, condensando el ritmo pausado de la película. Es como si el silencio, la pausa y la reiteración de las imágenes fuesen el dispositivo a través del cual la palabra poética se inscribe como la única posibilidad para habitar un mundo mejor, pues a través de ella, como menciona el pájaro-poeta, será posible recordar, autocuidarse, autoorganizarse, abrazarse, combatir la miseria cotidiana. En otras palabras, para los miembros de la CODEVIAP, la poesía es resistencia.

El coloquio de los pájaros es una película bella, y esa belleza no está reñida con la dificultad: hay que llegar a ella con ánimo, porque a pesar de durar menos de una hora, su ritmo puede sentirse extrañamente lento, moroso. Es una obra compleja y ambiciosa que no siempre logra que sus distintos registros se acompasen con fluidez ‒la distopía y la no ficción, por ejemplo, conviven más por yuxtaposición que por síntesis‒. No es, en sentido estricto, un documental; tampoco es del todo un filme de archivo o de remontaje, aunque tome herramientas de ambos. Esa indefinición, que en ciertos tramos exige paciencia, es también lo que hace de la película un ejercicio arriesgado y valioso dentro del panorama actual: al negarse a instalarse cómodamente en un género, descoloca tanto las lógicas narrativas convencionales como los lugares comunes con los que solemos acercarnos a este tipo de relatos.


Hacia el final, la película narra la llegada de los pájaros a la Montaña del Qaf, morada del Rey Simurg, solo para descubrir que ellos eran el rey y que éste, a su vez, era cada uno de ellos y todos ellos al mismo tiempo, y también se detiene en una imagen que funciona como resumen de todo lo anterior: un grupo de aves ‒gallinazos‒ suspendidas entre la vida y la muerte, entre un descolorido paisaje y la atemporalidad de un grupo de figuras sacras. Vienen a la mente aquellas interrogantes emparentadas que plantearan Bertolt Brecht y Theodor W. Adorno en su momento, y que podríamos traer al presente, preguntándonos si es posible hacer poesía en tiempos de oscuridad. La película no ofrece una respuesta explícita; sin embargo, Velázquez parece decirnos que nunca estuvo en otra parte: estaba en el gesto de reunirse, de resistir en la clandestinidad, de seguir bailando, como aquellos hombres y mujeres que no son pájaros, sino poetas, cuyos gestos ralentizados en el montaje parecen intentar escapar del séptimo valle.

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