“Los días libres” de Lucila Mariani
Por Pablo Gamba
Los días libres (Argentina-Brasil-México-Francia, 2026) se estrenó en la competencia Cineastas del Presente de Locarno. Es el primer largometraje de la cineasta argentina Lucila Mariani, que en 2022 disputó el Leopardo del Mañana en el festival suizo con Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad (Argentina, 2022), y con Resonancias (Argentina, 2019) compitió en el de Rotterdam y fue parte de New Directors/New Films, en Nueva York.
Vuelve el cine latinoamericano en Los días libres a la búsqueda de posibilidades aún no agotadas de un género que lo identifica en el circuito de festivales internacionales, el coming of age. Pero se conjuga aquí con la ciencia ficción y el terror, de un modo que lo desmarca del realismo y con una narrativa construida en torno a la atmósfera como dispositivo dominante.
Hay un ritmo singular, pausado, que se desprende de eso, en contraste con la dinámica que se atribuye a los adolescentes. Más importante aún es el giro de la trama en torno a los problemas de la amistad del coming of age hacia cuestiones más inquietantes relacionadas con la soledad y el malestar social. La cineasta ha citado a Pulse (Kairo, 2001), de Kiyoshi Kurosawa, como una referencia, lo que trae a colación la posibilidad de volver hoy a inquietudes en torno a la alienación que se remontan a los sesenta, a Michelangelo Antonioni, por las vías de narrativas de género con el poder de llegar a otros públicos.
Por lo tocante a esta actualización, cobra relieve el motivo de la comunidad de internet como un lugar de encuentro y refugio, inclusive, frente a una hostilidad de la realidad que también tiene lugar en el mundo virtual. Los días libres es una película sobre una chica cuya extraña disconformidad con su entorno, y el choque con las que sus padres creen que son sus amigas, encuentra respuesta en una practicante del reality shifting. Es una forma de meditación que se difundió por redes sociales durante el confinamiento por la pandemia del covid-19, con la que se trata de escapar de la realidad induciendo un estado de sueño lúcido, para transportarse así a mundos cuyas referencias puede estar en los libros de Harry Potter y ficciones parecidas.
Hay un difícil equilibrio en la película entre eso y lo que tiene de ciencia ficción apocalíptica, con los “eclipsados”, personas y animales a los que paraliza la “energía” vinculada a un eclipse, por una parte, y las cuestiones vinculadas con el malestar difuso de nuestro tiempo, por otra, la que podría ser la versión contemporánea de la alienación. No se trata aquí de la “sociedad de bienestar” de los sesenta, además, sino de su hundimiento actual. Aunque la historia está ambientada en una clase media acomodada, socava ese estatus una crisis que es causa de que el padre de Bego sea chofer de Uber y la madre haya perdido su empleo fijo sin haber optado por la “cajita feliz”. El conflicto con las “amigas” se debe a que hacen de su caída social motivo de acoso. Pero las reacciones de ella no son menos disruptivas del orden. Transparentan el resentimiento que se instaura entre quienes pudieron haberse sentido iguales en sus privilegios.
Hay un notable manejo de esto por lo que respecta al rechazo a juzgar a la protagonista. También por ubicar el conflicto en el contexto de las normas de buena conducta social que llevan a evitar los escándalos, a levantar la voz, inclusive, conjugadas con los tópicos de representación de la “clase media feliz” en la puesta en escena. Pero los encuadres subrayan la división que existe entre los miembros de la familia ‒en la que la hija, además, parece un personaje desconocido por sus padres en muchos aspectos‒, mientras que la versión en voice over de los chats conectan a Bego con REN_, la chica del shifting, y por ende con el otro mundo al que aspira a escapar.
Los “días libres” del título son los de las vacaciones escolares, pero también una incómoda ironía de la situación de los padres. Es también ácidamente irónica la historia por lo que respecta a la vaga posibilidad de que el shifting sea una estafa de internet, compra con tarjeta de crédito incluida. Más profundamente, en lo tocante a las partes en las que Bego logra salir de sí misma iniciando el shifting, las características de los espacios que recorre.
Lo más significativo de la ópera prima de Mariani es cómo su equilibrio difícil se sostiene, por una parte, en la interpretación contenida que hace Antonia Robolini de la chica de 12 años de edad que es Bego. Hay el descubrimiento de una gran actriz en potencia en esta influencer de Instagram, que también ha actuado en una serie de Amazon y una película de Netflix. El malestar del personaje con su entorno se hace patente de manera notable en su expresión corporal, por ejemplo en cómo se acuesta en el piso con las piernas apoyadas en la pared, “gatea” por un pasillo, o se esconde en el baño o debajo de la mesa, como en una regresión infantil, o mueve con una pierna la silla de su madre, que trabaja en una traducción, tratando de captar su atención. Más sorprendentemente, en su disfrute de un video de deformidades dentales, que abre en el personaje una profundidad siniestra a la que no hay otro acceso y que probablemente está vinculada también a sus exploraciones de internet.
Por otra parte se destaca el estilo como creador de tensión y extrañamiento. Hay otra referencia que la cineasta cita y que me parece pertinente traer a colación respecto a esto, Happer’s Comet (2022), de Tyler Taormina, por el uso de los planos de falso punto de vista como presagio, además de dispositivo enrarecedor. Se les añade una extraña duplicación de Bego en un plano encuadrado en un círculo, por lo tocante al desdoblamiento que conlleva el shifting. En cuanto a la desfamiliarización del espacio, en la escena más sorprendente hay un desplazamiento de cámara que se reitera, el cual la aleja de los personajes en su deriva, pero el efecto se basa allí mayormente en el sonido, el ritmo de las palmadas con que las chicas tratan de matar el mosquito que no las deja dormir.
El último plano, un largo travelling en subjetiva, con la luz enrarecida de la que parece ser una tenue noche americana, me hizo creer que Los días libres se deslindaba allí de sus “eclipsados” y rompía su equilibrio para ir hacia la profundidad del final de El eclipse (1962), de Antonioni. Pero después pensé que esa impresión se debe a que también padezco de nostalgia, aunque no de la internet que confiesa Mariani en la declaración que acompaña a la película en Locarno. ¿Qué es lo que podemos contar hoy de esa alienación que tan claramente se perfilaba como problema en los sesenta y que se nos ha hecho tan borrosa?, ¿cómo podemos expresar ese malestar en nuestro presente? No sé si habrá respuesta para eso en Los días libres, en lo que en ella retoma la búsqueda de Kiyoshi Kurosawa en Pulse, pero quizás el coming of age pueda funcionar como una invitación para que los adolescentes comiencen a buscarla en el futuro.


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