“Los vencedores” de Pablo Aparo

 

Por Pablo Gamba 

Los vencedores (Argentina, 2026) fue parte de la Semana de la Crítica del Festival de Locarno. Se estrenó en el BAFICI, donde ganó el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires, que se otorga al mejor largometraje argentino de todo el festival. Es la primera película como único director de Pablo Aparo, a quien se conoce principalmente por El espanto (Argentina, 2017), codirigida por Martín Benchimol, que fue premiada en el IDFA, en Amsterdam. 

Las islas Malvinas y la breve guerra que enfrentó a nuestro país con Gran Bretaña en 1982, cuando la dictadura argentina intentó recuperar este territorio con una sorpresiva invasión militar, es el tema de Los vencedores y una serie de películas nacionales recientes. La más destacada por su técnica documental performativa es Teatro de guerra (Argentina-España-Alemania, 2018), de Lola Arias, sobre la que Irina Raffo escribió en ese blog. Reunió a un grupo de excombatientes de ambos bandos en puestas en escena en torno al conflicto. 

Si el dispositivo de esa otra película se basa en una apropiación del teatro, la modalidad documental de Pablo Aparo está profundamente arraigada en el cine, en los encuentros del cinéma vérité, pero yendo de allí hacia la “verdad extática” de Werner Herzog, más allá de los hechos. También hacia la tradición de los filmes que aspiran a darle voz al otro y humanizar al enemigo. 

La historia comienza irónicamente con un recorrido de realidad virtual de Malvinas, experiencia que refiere a la relación imaginaria que casi todos los argentinos tenemos con esta parte del territorio colonizado del país. La confronta con varias visitas a las islas ‒amalgamadas en el relato como si fueran un solo viaje‒. Entrevistó a varios malvinenses o kelpers, como se llaman los nativos de las islas, incluidas algunas autoridades, hasta encontrar en el criador de ovejas Matthew y el “camp” ‒palabra que viene de “campo”‒, lejos de Stanley, la capital, un personaje y un espacio ideales para su cine. 

Las advertencias que en el aterrizaje hacen a los visitantes de Argentina, y las declaraciones de diversos malvineses, ponen en claro, desde el comienzo, que la presencia allí del cineasta es tolerada, a lo sumo, pero no bienvenida. El funcionario que parece más diligente y atento con él es el jefe de policía, que evidentemente lo hace para mantenerlo cordialmente vigilado. Hay situaciones y lugares a los que se le impide el acceso, de un modo agresivo, inclusive, como es el caso de una reunión en Goose Green, donde los argentinos mantuvieron prisioneros a civiles ‒un campo de concentración, digamos. 

Todo esto tiene como correlato la manera enrarecida como Pablo Aparo filmó las entrevistas. Lo hizo en planos generales que no solo sitúan a los personajes con referencia a espacios del hogar o de oficina que podrían representar lo malvinense, sino que también tienen una composición y una óptica que los distancia. Se conjuga con la presencia en cuadro de un micrófono sin operador visible, mientras que el director, que filmó solo, permanece detrás de cámara. 

La selección del personaje principal y los encuentros de Aparo con él son dispositivos que dramáticamente funciona para hacer de la humanización de Matthew una transformación en personaje de cine. Comienza a perfilarse de este modo cuando los malvinenses le desean suerte al cineasta al enterase de que va a ir a visitarlo a su estancia, puesto que tiene fama de que odia a los argentinos. Lo que cuenta en esto es la experiencia vicaria del espectador o espectadora de Argentina, que podría terminar simpatizando con un “enemigo” que parece salido de un western, un típico malo bueno cascarrabias, enamorado de su mujer chilena y cariñoso con su perra Luna, que se dice irlandés y es fanático de John Wayne, medio argentino, inclusive. 

La humanización no podía dejar de comprender lo que este personaje, que era un bebé en 1982, cuenta de la guerra. Aparo vence su hostilidad mostándole un video que halló en redes sociales y que Matthew no conocía, de la liberación de Goose Green, donde sus padres y él fueron prisioneros de los argentinos. Consigue así un testimonio de lo que fue la reclusión de civiles en un lugar donde estuvieron hacinados, sin alimentación ni agua ni sanitarios. 

Para los malvinenses, con los argentinos llegó a las islas el terror de las “desapariciones” y otros crímenes que se cometían en el país vecino, de los que estaban enterados por los medios de comunicación. Hay un entrevistado que cuenta que un oficial argentino le explicó su rechazo a la democracia cuestionando el derecho a votar de la gente de la condición social de los soldados, y es enfático en que él está absolutamente en desacuerdo con eso. Quizás el kelper no se da cuenta de que su condición en las islas es de colono en un enclave británico, pero la dictadura es algo que no puede aceptar. 

Los testimonios coinciden en la distinción entre los agentes represores argentinos que dicen que también llegaron a Malvinas, la oficialidad militar y las tropas enemigas, y las memorias de compasión hacia los soldados por el maltrato que ellos también recibían y la mala alimentación que les daban. No se puede ser ingenuo con relación a eso, sin embargo. Tales expresiones pueden no ser otra cosa que pura condescendencia de los vencedores hacia los vencidos. 


Aparo va más allá cuando las entrevistas se transforman en confrontación de opiniones respecto a la guerra y el estatus de las islas en disputa. La humanización se politiza en esas escenas al pasar del encuentro con el enemigo a ahondar en sus sentimientos y en el debate en torno a sus razones. 

Hay respuestas controversiales, como las que defienden la presencia de abundantes tropas y armamento que el cineasta registra visualmente, y en el reiterado ruido de aviones de combate a baja altura sobre las islas. Solo hay un entrevistado que parece sentirse intrigado por eso y por su desconocimiento de las actividades que una base estratégica de la OTAN despliega en Malvinas. 

Otras preguntas quedan planteadas de modo implícito y retórico. Una es la que surge de la diversidad étnica de la sociedad malvinense, que evidencia la implantación de población de donde han podido encontrarla para “habitar” las islas. También la indagación en torno a la sustentabilidad de la economía local, la pregunta de si el nivel de vida de los colonos es el que corresponde a su productividad o al subsidio por razones políticas y geopoliticas británicas. 

No indagó Aparo, sin embargo, en la exploración petrolera en Malvinas, que concluyó con el hallazgo reciente de cuantiosos recursos que Argentina también podría reclamar como suyos. Tampoco en el hundimiento del crucero General Belgrano por un submarino británico fuera del área de exclusión pactada. Fue un crimen de guerra en el que murieron a sangre fría 323 personas, casi la mitad de las 649 bajas argentinas en el conflicto de 1982. 

Aunque hay una larga entrevista que se convierte en conversación de Matthew y el cineasta, en la que el cinéma vérité parece demostrar su capacidad de revelar verdades, la dominante en la película de Aparo es el giro hacia lo mítico, que también es un superpoder del cine. El espíritu de Los vencedores es el de películas de entreguerras del siglo XX como La gran ilusión (1937), de Jean Renoir, ejemplo emblemático de la convicción de que los seres humanos se inclinan naturalmente a la paz. Los personajes de John Wayne en los westerns mitifican el impulso violento de conquista aunque esta aspira a ser una versión revisionista, imaginada como base de una posible reconciliación. Es una inclinación muy del cine argentino, que hemos visto también en La noche está marchándose ya (Argentina, 2025), de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonizini.

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