“Solo qu3r3mos un poco de amor” de Raúl Perrone

Por Pablo Flote

La cámara estenopeica y el vocoder funcionan de forma similar: capturan las formas básicas, amplias de su materia correspondiente. La luz, las formas, los colores no tan nítidos o definidos de la imagen; las ondas, el sonido sin modulaciones precisas del audio. Raúl Perrone aprovecha ambas herramientas para seguir los pasos de Luis y Tanguita, quien es algunos años más joven que él, por las calles de Ituzaingó. Las indefiniciones de lo audiovisual nublan los bordes de lo aprehensible y, así, como a los muchachos que viven la violencia de los márgenes, se obstruye la percepción de un deseo profundo y a veces imposible de comunicar, el amor, el ser querdix.

Como escuchar un conversación ajena al caminar en la calle, Solo qu3r3mos un poco de amor (Argentina, 2026) acoge la inteligibilidad de una lengua inexistente, limítrofe, la cual, sin embargo, se esclarece con subtítulos que, de pronto, permiten detectar al oído los males (violencia, drogas, abandono) y los anhelos (amor, arte, sentido) que, aunque nos atraviesan a todxs, comprometen más a quienes deambulan en una nata de incertidumbre cotidiana.

Imagen y sonido no se corresponden siempre, las voces de esa lengua nueva no se ajustan al movimiento de la boca, la dinámica de un peloteo de basket se empalma con el chapoteo del agua sólo para coincidir en la cadencia del bote del balón y de las gotas. Esta discordancia se parece a la oposición entre la violencia continua y el deseo de ser queridx. De lo primero resulta imposible zafarse, lo violento es tan habitual que se ha asimilado como propio. Buscar ser amadx es, pues, un ansia ya contaminada con la brutalidad de la vida en Ituzaingó. En un momento, tras percatarse que para ser amadxs no basta cambiar de ropa, pues hay todo un mundo que distrae de las necesidades de lxs otrxs, ella (Rocío Techeira) le pide a él (Bruno Giacobbe) que la golpee solamente para sentir algo. Ella lo atiza, le fastidia la cara. Él la agita de los hombros para detenerla y entonces la golpea. Ella exige otro golpe, más fuerte y él cede. La personificación de La Piedad de Miguel Ángel, Luis sentado, Tanguita recostada en su regazo, vencida en sus brazos, le da forma a la vehemencia por intentar sentir algo, por querer y buscar el abrazo, incluso si ocurre solamente por un arrepentimiento o una nivelación tras la agresividad.


Es la acción la que conjunta y da sentido a los deseos de los personajes y que, a la vez, llama a la propia acción, a (de)formar con la incomodidad lo cotidiano hacia vivencias en las cuales el amor sea posible. “Hay que hacer todas las escenas de nuestras películas favoritas. Transportarlas a la vida, así la vida tiene sentido”, pide al menos dos veces Luis. Su hacer para la cámara, ser filmadxs y vistxs, darle peso al diálogo y al movimiento para lo importante que permanecerá, es decir, lo audiovisual, resulta, entonces, en una dimensión abierta al potencial de cada acción: el cine. Tanto en la diégesis como fuera de ella, es ahí, en el cine, donde el amor halla bases para desplegarse. Perrone recoge ese amor oculto en las calles de Ituzaingó mediante el acto de filmar, de un quehacer contrapuesto directamente a la violencia.

El hecho violento que acosa desde el pasado a ambos personajes se revela sólo mediante un recuento, pero no hay manera de verlo, permanece encubierto y sus efectos son lo manifiesto. A ella le corroe la falta de información sobre su madre: cómo murió, por qué. A él lo persigue el recuerdo de haberla visto sin vida, de conocerla. Solo qu3r3mos un poco de amor oscurece o empaña sus imágenes, desordena y reduce sus sonidos. La distancia de lo no visto (lo violento) a lo difuso es muy vasta, los colores, las formas conforman a menudo aquello entrañable y que resalta por discernible: las caminatas, los descansos, las charlas, el juego, los rostros y sus expresiones, Ituzaingó. No es que la violencia no exista dentro de la película, es que hay que apartarla como ha hecho Perrone en sus imágenes de jóvenes a quienes les cuesta expresar su necesidad de amor, pero que, por ese deseo, se juntan a conversar sobre la prisión, las drogas y sus efectos.

De entre el ruido visual y sonoro de la ciudad siempre se distinguen el cine y la poesía, aunque la violencia rodee a ambos, aunque el cuadro luzca borroso y las palabras se reciten en otra lengua. El deambular de Tanguita y Luis se hace tangible por las texturas de sus imágenes, con lo cual ya no caminan en soledad, son visibles y para ser un poco amadx sólo hace falta ser percibidx.

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