“Para mí, ya no es cualquier baño” de Micaela Moreno Barril y “Música para camaleones” de Frida Flores


Por Pablo Gamba 

Para mí, ya no es cualquier baño (Chile, 2026) integra la competencia iberoamericana de cortos de la Muestra Internacional Documental de Bogotá (Midbo). Es la ópera prima de Micaela Moreno Barril, realizada en la Universidad Católica de Chile. Se estrenó en el festival Qfilm de Long Beach, Estados Unidos, y estuvo en Experimental Film Guanajuato y Shorts Mexico. 

Una primera característica llamativa de esta película es el ángulo desde el que enfoca la temática de la diversidad de género. Es un documental en primera persona que relata una experiencia de abuso que tuvo la protagonista con una chica homosexual. Problematiza así los lugares comunes acerca de perpetradores y víctimas en el cine de enfoque progresista, sin ir hacia lo contrario. 

Pero lo trascendental de Para mí, ya no es cualquier baño es su narrativa del trauma recurriendo a la reconstrucción y como un dialogo con la abusadora. Se desarrolla de un modo que también expresa el dolor con su ambiguo desplazamiento de la confrontación cara a cara a la mediación de la lectura, como esas cartas que se escriben porque no hay otro modo de decir las cosas. 

La animación con fotos es el recurso que Moreno Barril emplea para la reconstrucción, que es un registro de su vuelta a recorrer, sola, el lugar donde ocurrió el abuso ‒u otro baño público semejante, si el dolor no lo permitía‒. Construye con ellas un travelling en subjetiva, cuyo movimiento fragmenta el tiempo de la acción para abrir otro, de la reflexión. Desfamiliariza, además, el espacio con el uso del blanco y negro, y la textura de las reproducciones. 

La joven cineasta dispone de dos maneras sucesivas este registro. La primera, imprimiendo las fotos en hojas de papel, de un modo que las hace borrosas, como la memoria, más aun la de hechos que causaron heridas. Añade a esto el movimiento de una cámara inestable y el arrugamiento del papel, como si las imágenes del recuerdo hubieran querido ser desechadas en algún momento, con el correlato del sonido correspondiente del papel. La voz en over, significativamente, se deja de escuchar en el punto culminante del abuso, para continuar lo que resta del relato en la posible carta escrita en subtítulos. 

El encuadramiento imperfecto de las fotos impresas, vistas individual y sucesivamente en la animación, permite apreciar, además, su disposición sobre una superficie de madera, quizás una mesa. Entre la ilusión de la imagen en movimiento y esta información que la interfiere hay otra tensión de espacio-tiempos, correlativa a lo que pasó, el recuerdo y el intento de entender. 

La segunda disposición del registro rompe con el realismo del relato y la reconstrucción, que muestra así también su dispositivo. Vemos después las fotos dispuestas todas de acuerdo con la continuidad de la acción, pero ahora con el aspecto de una “instalación”. Están pegadas a las paredes de otro baño, el de casa, sobre la narradora que está sentada en la bañadera, como si volviera en ella también la necesidad de limpiar el cuerpo con cada recuerdo del abuso. 

Esta conjunción de testimonio en primera persona y reconstrucción hacen de Para mí, ya no es cualquier baño una pieza notable en la que el cine se usa para tratar temas sociales contemporáneos desde la profundidad de la intimidad. Recuerda dónde sigue estando el verdadero poder del llamado “giro subjetivo” del documental, a pesar de que el uso de la primera persona también se ha generalizado para homologar el documental con la ficción autoral, y establecerlo así en el espacio de los festivales y el circuito “de arte”.

 
Un caleidoscopio del yo 

Otro corto corto documental visto recientemente que llamó mi atención por la primera persona, en este caso por su construcción fílmica, es Música para camaleones (México-Francia, 2024). Es una película de Frida Flores que hace poco fue parte del Festival de Cines Independientes y Experimentales de París. 

El libro de Truman Capote que cita el título, y que reúne cuentos, entrevistas y otros textos que ponen en tensión hechos reales con la ficción, da una pista sobre la forma del corto. Otras son su singular condición de diario de viajes y la identidad no binaria de un personaje, extensiva al género cinematográfico. 

Es un collage de aspecto caótico esta película, resultado de una acumulación vertiginosa de fotos, dibujos, videos y otros materiales, como imágenes de resonancia magnética del cuerpo, dispuestos de maneras que pueden abarcar total o parcialmente el cuadro, intervenidos de modos que hacen explícita la falta de continuidad. El más impresionante para mí es un match cut entre un plano general de un personaje caminando por unas vías de tren en invierno y verano. Algo parecido ocurre con los créditos, que se integran sin solución de continuidad visual al desarrollo formal de la pieza, a diferencia de lo común. 

Hay diversos dispositivos que aportan unidad parcial a la forma fragmentaria. Uno es el lugar común de la voice over, que al comienzo es masculina y lee partes del poema “Todo lo demás no”, de la rapera española Ana Isabel García Llorente, más conocida como “Gata Cattana”. Los subtítulos que lo llevan al francés se autonomizan de seguido y prosiguen como otra narración, sin solución de continuidad con la función que tienen al comienzo, pero vuelven más adelante a ser traducción de la lectura del texto en español, que regresa. Después, el recurso se repite irónicamente, con una voz cuyo volumen no la destaca de la manera habitual entre los componentes de la banda sonora. 

Otros dispositivos cohesionadores son personajes que se reiteran, como el no binario mencionado, y diversos planos y fotos que se presume son de la realizadora. Los más destacados son los perros. La película está dedicada a los que son callejeros y mexicanos. Pero lo que realmente aglutina Música para camaleones es el ritmo vertiginoso de sus mutaciones. No es solo del montaje sino también de los planos, collages que mutan dentro del collage mutante. 

La película se inscribe así dentro de una corriente en boga del cine contemporáneo. Pero esta pieza me hace pensar, además, en las reflexiones de Andrés Duque, en Color perro que huye (España, 2011), sobre el registro de nuestras vidas que produce la diversidad incoherente de archivos que acumulamos las computadoras, en el “yo” que conforma esta memoria. Veo aquí algo análogo, pero radicalizado en su fragmentación y velocidad. Hay un libro de artista que acompaña este “diario” audiovisual, como si de tratara de una narrativa transmediática, y es algo que lo dispersa todavía más. 

No es difícil que una pieza como Música para camaleones pase de largo para los programadores de festivales. Lo que tiene de caótico puede ser motivo de que se la considere como obra de una aficionada o, peor aún, nada de nada. Pero yo encuentro en ella una estructura de sentimiento que, por ser tal, aún emergente, nos resulta todavía difícilmente comprensible.

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