Llamemos “Mar Muerto” al Festival de Mar del Plata en homenaje a Israel

 

Por Pablo Gamba 

Solo voy a escribir esta breve nota sobre el Festival de Mar del Plata de 2026, que se celebra del 5 al 15 de noviembre. Cubrirlo, como en años pasados, se me ha hecho imposible por los costos de Argentina. Pero también porque es un festival repudiable por la participación de la Embajada de Israel como presentadora de un programa de cine contemporáneo de ese país. 

Personalmente no respaldo los boicots a cineastas e hice pública mi oposición al que afrontó Nadav Lapid en el FID de Marsella. Pero otra cosa es cuando el gobierno responsable del genocidio palestino se involucra y se inscribe en la política cómplice del presidente Javier Milei. 

Razones para sentir rabia hay más, sin embargo, en lo que los codirectores, Gabriel Lerman y Jorge Stamadianos, presentan como programación del que aún sigue siendo un festival categoría A, reconocido como tal por el ente clasificador, la FIAPF. Como consecuencia del desempeño de esta dupla inverosímil, cuyo su mejor chiste involuntario es el lema “el renacer del esplendor”, Mar del Plata corre el riesgo de perder su estatus. 

Lo admitió Lerman al presentar esta edición, citado en una nota reciente del exdirector Pablo Conde: “Si tenemos una función con diez personas, nos van a sacar de la categoría”. El presidente del INCAA, el instituto de cine, Carlos Pirovano, agregó: “Si no cumplimos los estándares que nos pide la FIAPF, nos quitan la categoría. Tenemos que estar a la altura de las circunstancias”. 

Más que elevarse, no obstante, la programación de 2026 se precipita. ¿Se puede abrir un festival clase A con Caballo salvaje nueve (Estados Unidos, 2026), dirigida por Martin McDonagh, con John Malkovich en el papel principal? Los 5000 pesos que cobrará por entrada el festival responden con contundencia. Faltará que un vehículo recorra la ciudad con un megáfono: “Aproveche, todo a 5000”. ¿Habrá 2x1 las últimas jornadas si “platos fuertes” así no convocan? 

El galardón del ridículo se lo lleva la clausura, con Borges y yo (Estados Unidos y otros países, 2026). Atención, es “Borges y yo”, la de Marc Tutletaub. Lo reitero porque seguramente no la conocen. No la vayan a confundir con Biografía de Jorge Luis Borges (Argentina, 2026), la que se estrenó en el Festival de Venecia y es lo más reciente de Mariano Llinás. Esa la encontrarán en Mar del Plata, pero en la muestra independiente Fuera de Campo, que se desarrollará paralelamente allí del 5 al 10 de noviembre. 

Con un gol en contra como ese no hay equipo que se pueda salvar, aunque le quede algún buen jugador de épocas distintas. Otro vestigio del pasado, no necesariamente demasiado mejor, pero ciertamente diferente, es lo que resta de la audaz sección Estados Alterados. En 2026 se presenta con apenas tres películas, nada más. Es otra vergüenza mayor este año del festival. 

Nunca falta algo que parece bueno y que se filtra en la peor programación, sin embargo. Es el caso de la película de Ricardo Alves Jr con Grace Passô, A professora de francês (Brasil y otros países, 2026), en la competencia internacional, por ejemplo. En la latinoamericana hay solo dos sobre las que hemos escrito en Los Experimentos: El jardín que soñamos (México, 2026), de Joaquín del Paso, y Narciso (Paraguay y otros países, 2026), de Marcelo Martinessi. No es una buena señal, para mí, a estas alturas del año, sobre todo si se trata de un festival que no se viene destacando por sus descubrimientos. 

Veo, sí, en la selección, películas de una amplia diversidad de nacionalidades. Me hace pensar que el esplendor perseguido podría ser de la época anterior al establecimiento de la modernidad fílmica y el paradigma del cine de autor, cuando la variedad de países era importante en la selección y festivales como Cannes tenían algo de Copa Mundial de Cine. 

Aunque su lamentable muerte reciente lo explica, el atraso en el tiempo lo percibo también en el homenaje a Andrzej Wajda, sentimiento al que se añade la pena ajena por la “retrospectiva” de cuatro películas, entre las que falta la más famosa, Cenizas y diamantes (Polonia, 1958). Me parece revelador de la dimensión del desfase de los programadores respecto a la realidad de los festivales actuales o de que quizás no investigan más allá de la Wikipedia. 


Tralovento (España-Grecia-Portugal, 2026), de Eloy Domínguez Serén,
retirada de Mar del Plata en protesta por el apoyo de Israel al festival

En la sección nacional resiste el cine argentino al mismo organismo que trata de liquidarlo, paradojas del régimen actual. Para que renazca el esplendor, pareciera que antes hay que matarlo primero, como viene haciendo el INCAA, aunque la voluntad de hacer películas resiste en el país de modo sorprendente. 

Hay directores y directoras en la competencia argentina de largometrajes cuyos nombres no recuerdo o no me suenan. Pero otros sí los conozco, y anticipo los discursos con los que seguramente desafiarán el oscurantismo oficialista. Quizás lo que justifique ir al festival sea escucharlos y ver cómo respaldan lo que dicen con las películas que siguen rodando con obstinación. 

Después de fustigar a Lerner y Pirovano, Pablo Conde, paradójicamente, llamó a hacer lo que piden: llenar las salas para que la A no se pierda. “Con una protesta activa inteligente, pacífica y ordenada”, agregó. Es revelador de que aún hace falta entre la gente del cine argentino la voluntad de afrontar el abismo como es necesario, de entender que no queda otra sino luchar políticamente con algo más que inteligencia para que las cosas cambien. Si queremos otro esplendor, hay que conquistarlo. No nos lo van a regalar. 

Sergio Massa en campaña presidencial en el Festival de Mar del Plata de 2023 no fue motivo de repugnancia menor. Pero el pueblo ajusto cuentas con él en las urnas; las electorales, digo. Falta ver qué puede hacer la calle contra estos mamarrachos. Y hay que hacerlo rápido. De otro modo, al ritmo de esta decadencia, en poco tiempo podríamos concluir que los interventores militares de la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) no eran tan, tan malos. 

Vivo en una de las ciudades del mundo donde hay más judíos. Conozco varios que son como yo o más radicales ‒¡mamita!‒ en sus opiniones contra Israel. No merecen que el lugar entrañable que ha conquistado en festivales el “cine judío” sea contaminado por la imposición colonialista a lo bruto del “cine israelí” en el festival, en algo parecida a la de los colonos en Cisjordania. Les propongo a todos, por tanto, que llamemos “Mar Muerto” a este Mar del Plata, en homenaje al Estado genocida que llenó de cadáveres la Franja de Gaza.

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