“Una fortaleza” de Alba Gaviraghi y “Bingo Night” de María Vaughan
Por Mariana Martínez Bonilla
En el FICUNAM 16 se proyectarán Una fortaleza (Chile, 2026) y Bingo Night (España-Colombia, 2026), dos cortometrajes que parten de la memoria y llegan a una pregunta sobre la separación. El primero, de Alba Gaviraghi, conocida por su trabajo como productora, tuvo su estreno mundial en la competencia Orizzonti Corti del Festival de Venecia. El segundo, de María Vaughan, cineasta franco-colombiana y estudiante de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París, se presentó en el Festival de Cartagena.
En Una fortaleza, Antu, la joven protagonista, lleva meses encerrada en la toma de su liceo y debe elegir entre quedarse con sus compañeras o salir para reencontrarse con su madre. Según declaraciones de la directora, vivió una toma muy parecida en 2008, cuando cursaba segundo medio en el Liceo 7 de la comuna de Providencia, en Santiago, y quiso darle una forma ambigua y libre a ese recuerdo. Uno de sus intereses es la profundidad política de los afectos. El título condensa esa tensión, pues la fortaleza es el edificio atrincherado frente a una autoridad que no escucha, pero también es un encierro, y el vínculo entre Antu y su madre es lo que amenaza su solidez desde el exterior.
En términos formales, la puesta en escena traduce la tensión entre encierro y libertad. Los espacios del liceo acogen la búsqueda de liberación de las pupilas del yugo autoritario que les impone el sistema escolar: el edificio que antes disciplinaba se vuelve, durante la toma, un territorio propio. Esa apropiación se organiza en el encuadre. Los planos cerrados sobre los cuerpos dan cuenta de una búsqueda constante de pertenencia y de las rutinas cotidianas que no solo sostienen la ocupación, sino también la convivencia y lo que implica para un grupo de cuerpos femeninos sintientes, frustrados y siempre en busca de algo.
El trabajo de fotografía, a cargo de Matías Illanes, se ve magnificado por una iluminación hiperrealista que subraya las texturas de las pieles y de los objetos, la incomodidad de esos cuerpos agotados por sostener la lucha o el cabello despeinado tras una mala noche.
La directora cuenta, además, que la idea nació de un sueño que mezclaba drones con una toma estudiantil. En el corto, estos aparatos registran la amenaza que rodea constantemente a sus protagonistas y aparecen como técnica de vigilancia, pero sin que veamos a quien los controla: el poder que observa a las estudiantes no tiene rostro, y esa ausencia lo vuelve más inquietante y más abstracto, un ojo sin cuerpo frente a tantos cuerpos expuestos.
El desenlace desplaza el relato hacia otro registro, pues la madre de Antu la visita en un sueño y ahí termina el corto, sin que sepamos qué ocurrió después. La película había planteado una disyuntiva, quedarse con las compañeras o salir al encuentro de la madre, y no la resuelve en el plano de los hechos, sino que el reencuentro sucede, si es que sucede, en el sueño. Se trata de una decisión coherente con la forma ambigua que la directora buscó para el recuerdo, y deja al espectador en la misma incertidumbre de la protagonista.
Bingo Night lleva la memoria a un terreno más abstracto. Una mujer y un hombre recuerdan un viaje a una ciudad costera y sus voces llegan desde un tiempo incierto, donde pasado y presente se funden. Los recuerdos se superponen sin orden: un mirador, un café, la playa al atardecer, un parque y, sobre todo, una sala de bingo. Una partida de este juego de azar y el presentimiento de la victoria de él ocupan el centro de la rememoración.
La cualidad más significativa del corto es su materialidad: imágenes desgastadas, como si perteneciesen al pasado. Su narrativa, en cambio, es cansada y lenta. Todo el peso recae en las imágenes, y su condición estética melancólica no alcanza a resolver la cojera de la historia, el letargo del diálogo ni la falta de audacia del montaje, donde los planos se suceden unos a otros sin arriesgarse. Los dos personajes, ensimismados, recuerdan fragmentos de conversaciones inconexos, y el montaje no ayuda a que se resuelvan.
Lo más interesante, sin embargo, está en el fondo: Bingo Night es una conversación entre la suerte y el azar. ¿Hay certidumbre posible ante ellos? Quizás esa sea la pregunta que mejor explica la historia, y de ella se desprende otra: ¿qué tiene que ver el azar con el recuerdo?
Ambas obras se oponen en dos ejes que me parecen productivos. El primero es el de la decisión frente al azar. Antu enfrenta una elección que el corto deja sin resolver, mientras que en Bingo Night la separación se anuncia como destino y la sala de juego sirve de metáfora de lo que no se controla. El segundo es el del tiempo histórico. El recuerdo de Gaviraghi tiene fecha y escenario políticos, los de las movilizaciones estudiantiles chilenas, y por eso el afecto se vuelve político, como ella dice. El de Vaughan renuncia prefiere una cronología deshecha, donde lo íntimo no necesita traducirse a nada colectivo. Hay también un parentesco de espacios, porque tanto el liceo ocupado como la sala de bingo son recintos donde se juega algo.
Finalmente, vistas en conjunto, las dos películas confirman que la memoria no basta como forma: hay que decidir qué hacer con ella. Una fortaleza lo hace. Convierte el recuerdo en una propuesta de puesta en escena, con espacios que son territorio, cuerpos encuadrados de cerca, una luz que registra el desgaste y una vigilancia sin rostro que se cuela como una pesadilla. Incluso su final abierto, con la madre de Antu llegando en un sueño, se siente como un gesto deliberado que sostiene la ambigüedad con que está construido todo el corto.
Bingo Night, en cambio, tiene la belleza melancólica de sus imágenes envejecidas, pero esa belleza no se traduce en riesgo: el diálogo se arrastra, el montaje no arriesga y la película queda atrapada en la misma inercia que describe. Ambas terminan en suspenso, pero en una el suspenso es una decisión y en la otra parece cansancio. Por eso la pregunta que plantea es más interesante que la película que la contiene, mientras que Una fortaleza deja abierto qué pasó con Antu después del sueño, y esa incertidumbre persiste porque su forma la sostiene. Queda entonces una pregunta que atraviesa a ambas: cuánto de lo que recordamos es una decisión que tomamos y cuánto una jugada que nos tocó.
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