“Kakxop pahok (As crianças cegas)” de Cassiano Maxakali y Charles Bicalho, y “Crash” de Gabriela Mureb
Por Pablo Gamba
En la muestra de cortometrajes del Festival Ecrã de Rio de Janeiro está Kakxop pahok (As crianças cegas) (Brasil, 2026). Es una película de animación en lengua originaria del pueblo Maxakali, dirigida por Cassiano Maxakali y Charles Bicalho, que estuvo antes en la Mostra de Tiradentes. Se hizo con la participación como animadores de habitantes de la Aldeia Escola Floresta, un proyecto que los artistas y cineastas indígenas Isael y Sueli Maxakali, y líderes locales, llevan adelante en terras recuperadas en 2021.
Kakxop pahok está basada en una leyenda de los maxakali y forma parte de la Trilogía Hãmnõgnõy de animaciones que Bicalho ha venido realizando con participación de talleristas de este pueblo. Comprende también Konãgxeka: o dilúvio maxakali (Brasil, 2016) y Mãtãnãg, a encantada (Brasil, 2019).
Isael y Sueli Maxakali son conocidos como correalizadores, junto con Carolonia Canguçu y Roberto Romero, del largometraje documental Nũhũ yãgmũ yõg hãm: Essa terra é nossa! (Brasil, 2020), que ganó el Premio Tim Hetherington de cine de derechos humanos en el festival Sheffield Doc. Es una película sobre la lucha de los maxakali por recuperar su tierra ancestral.
Algo que destaca a Kakxop pahok es que la historia y la estética desafían la expectativa etnográfica y el paternalismo cultural biempensante. Si bien, por una parte, encontramos un motivo gráfico que se reitera en la trilogía como identitario de los maxakali y la animación se basa en dibujos de factura no profesional, por otra, la narrativa es expresión de una hibridación entre lo ancestral y apropiaciones del mundo moderno en el que el pueblo resiste. El relato se desarrolla de una manera clara, conforme a la norma televisiva, lo que incluye el lugar común de la voz del monstruo, en tensión con el rescate de sus propias voces, además de su lengua, por ejemplo. Hay referencias reconocibles al animé y guitarras de rock son parte de la música.
Esto es una disonancia con respecto a lo que enmarcaría esta pieza en el “cine de arte”, por no decir el cine experimental, como se espera del Festival Ecrã. Pero encuentro más interesante aún el enfoque desafiante por lo tocante a la tradición. La película se inscribe en la agenda progresista no solo por lo que tiene de expresión de una cultura ancestral en resistencia sino por la manera como lo que cuentan los maxakalis de sí mismos se confronta con las costumbres y la moral hegemónicas. La historia de Kakxop pahok se desarrolla en torno a un tema tabú, las relaciones sexuales de niños y adultos. Hay un intercambio de hijos que las mujeres de una aldea hacen con ese fin para sustituir a sus maridos, que se ausentan demasiado tiempo en una cacería.
Aunque se parece a la televisión en su relato, Kakxop pahok es una película que no podría ver con indiferencia ninguna familia de la ciudad con hijos niños o adolescentes. Los cortos anteriores de la serie tocan temas similarmente delicados: la antropofagia y las relaciones sexuales con animales, y no haciendo de ellos un espectáculo truculento o perverso, sino como algo natural.
Es como si nos corrieran por izquierda, por decirlo así, los maxakalis en estas películas. Su tradición se presenta como más abierta que la nuestra en la manera de tratar estas materias, aunque exponga problemas de poder y violencia sexual, y el híbrido con la narrativa televisiva no pueda evitar críticas de nosotros. Desestabilizan, sobre todo, nuestra actitud etnográfica, porque la tradición documentada se transforma en algo que nos interpela. También la asignación a los indígenas de una identidad y un destino de resistencia que los homologa con los campesinos sin tierra. Kakxop pahok y los otros cortos de la trilogía son, en síntesis, como un “lado B” necesario del indigenismo que encontramos en Nũhũ yãgmũ yõg hãm: Essa terra é nossa!
Crash (Brasil-Alemania, 2025), de la arista Gabriela Mureb, es otro corto de la muestra del Festival Ecrã cuyo atractivo descansa en el impacto. Se grabó en una planta de la empresa BMW en Munich y muestra el desguace de un vehículo de pruebas de la marca como parte de un proceso de reciclaje.
Nuestra relación con la tecnología es uno de los temas de interés de Mureb, y aquí se desarrolla mediante la interacción con el vehículo mediada por otras máquinas. La deformación óptica que producen las cámaras de video digital utilizadas le dan un aspecto a las imágenes que refiere a la subjetividad imaginaria de las supercomputadoras de ciencia ficción que nos ven. Una de ellas, ubicada por encima del puesto del operador de la pala mecánica que destroza al vehículo, nos da una curiosa visión “cyborg” con referencia a los brazos y piernas del operador, que observamos. Otra cámara se instaló en el brazo de la máquina, lo que da una perspectiva del aparato mismo.
En tensión con las prístinas imágenes del video de alta resolución, el ruido es otro aspecto clave de la experiencia sensorial que es el desguace en este corto. Hay una parte en la que una compactadora aplasta los restos del auto con una violencia tal que el impacto se transfiere del ruido a la imagen. La desestabiliza con un temblor que nos hace imaginar lo que no podemos ver.
Otro detalle revelador de la relación hombre-máquina es la selección de los diversos dispositivos que se conectan al brazo de la pala mecánica para destruir el automóvil. Subraya la analogía con el brazo y la mano, como si tomara diversos instrumentos para trabajar con ellos. Uno es una “pinza” con la que arranca el cableado del interior del auto, despojado antes del motor y otras partes. No solo tira de él para desprenderlo, como haríamos con la mano. Girando, enrolla los cables como quien lo haría con fideos, usando un tenedor.
Yo diría que esta Crash es como una película de terror. La fusión hombre-máquina es reveladora del poder destructor y la violencia brutal de la que puede dotarnos la tecnología, y de cómo nuestro cuerpo se adapta perfectamente al de los monstruos que somos capaces de manejar. Como en los filmes de este tipo, sin embargo, el aspecto crítico tiene una escalofriante ambigüedad en el atractivo que adquiere, por sí mismo, el espectáculo de la destrucción.


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