“Mu-ki-ra” de Estefanía Piñeres Duque
Por Pablo Gamba
Mu-ki-ra (Colombia-España, 2026) fue parte de la sección de cine para niños y niñas del Festival de Locarno. Se estrenó en el Festival de Cartagena y es el primer largometraje de animación como directora de Estefanía Piñeres Duque, realizadora del corto Color-ido (Colombia, 2022). Es también productora, pero se la conoce más como actriz de series como Delirio (2025), de Netflix, y películas como Sicosexual (Colombia, 2022), de Marco Vélez Esquivia.
Los colores son algo que llama inmediatamente la atención en Mu-ki-ra, como un evidente recurso para captar la atención de un público preadolescente. Se le añade una llamativa construcción del espacio, cuya bidimensionalidad se confronta con los gráficos computarizados de aspecto tridimensional que se han hecho dominantes en la animación comercial, con Pixar como paradigma.
En el estilo gráfico de la película se ha visto la influencia de Brecht Evens. Se trata, en particular, de la apropiación que el artista belga hace del cubismo. La fractura geométrica del espacio, jugando también con los colores cálidos y la luz, es dominante en la construcción del ambiente del pequeño pueblo de la región colombiana del Chocó en el que vive Cleo, la heroína.
Otra referencia reconocible en la animación es el cine de Tomm Moore, en particular La canción del mar (2014). La percibo principalmente en el espacio de la selva tropical que rodea al pueblo, de colores fríos. También la impronta de Hayao Miyazaki, en la relación con la naturaleza y con los monstruos.
La conjugación de todo esto llama la atención sobre el trabajo de las directoras de arte, la mexicana Karla Velásquez y la colombiana Laura Correal. La más conocida de las dos es Velásquez, por su participación en producciones industriales de Ánima Estudios, Dreamworks TV o Cartoon Network.
También por los oídos trata de conquistar Mu-ki-ra a sus espectadores y espectadoras. Vuelve a la tradición del musical de animación de Disney, con la participación en las canciones del cantautor y productor colombiano Juan Pablo Vega, y el percusionista Larry Ararat, ejecutante de la marimba de chonta, instrumento emblemático de la música del Pacífico de ese país.
La historia de la protagonista ‒una niña que busca a su hermano menor, Martín‒, sigue los modelos de aventuras de Hollywood y el animé japonés, incluidos detalles como la bruja, el monstruo bueno y el tamandúa que aporta el comic relief. Pero en Mu-ki-ra se enriquece con la cultura afrocolombiana y el contexto político de la comunidad imaginaria en la cual se desarrolla.
Lo nacional y local, que podría tener alcance universal superficial for export con la música, se hace más profundo en una alegoría que quizás no se entienda claramente fuera del contexto de la guerra en ese país. Se trata de la referencia implícita a las personas que los grupos armados secuestran o las que se van de las comunidades para integrarse a ellos, buscando un modo de sobrevivir. Es lo que está presupuesto en la crítica de la transformación por odio de los personajes, que comprende a los se pierden en la selva y se convierten en monstruos, y a quienes los combaten en el pueblo. A esto refiere también la representación cubista, quebrada, del espacio.
En el contexto colombiano no es banal el llamado a la hermandad y el fin del odio de Mu-ki-ra. Esta sí es una característica original y disidente significativa por lo que respecta a la representación cuestionadora de las luchas del bien contra el mal en las ficciones hegemónicas. No debemos olvidar que la guerra sigue desangrando y desgarrando a Colombia, y el recuerdo de traumáticas experiencias como el rechazo en referéndum a la paz con la guerrilla de las FARC. El pacifismo del film es una necesidad vital, no ingenuidad, para quienes habitan zonas de conflicto.
En otro contexto, el de la ascendente animación de Colombia, que será el país invitado de honor en 2027 del Festival de Annecy, el más importante para este tipo de cine, Mu-ki-ra se ubica así en una posición de tenso equilibrio. Está entre entre lo nacional y lo transnacional, y entre el desafío de las estéticas y narrativas hegemónicas, y la adaptación a sus convenciones. Se evidencia esto también en las muchas burlas que hace la bruja de las historias que explotan el miedo o en la ironía que hay también respecto al lugar común del entrenamiento de los pequeños guerreros.
Es la apuesta de una película que aspira a trascender el nicho de la animación “de arte” y disputar el público masivo del cine familiar sin perder su identidad. Sin embargo, por esa otra selva, la del mercado, andan sueltos y sin vacunar los monstruos de Disney, Pixar, DreamWorks, Illumination y Sony. Aún los gobiernos de América Latina que siguen defendiendo las políticas cinematográficas no encuentran magia que funcione para proteger estos productos nacionales.


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