“No tengo boca, aun así debo gritar” de Diego Murillo y Eduardo Andrés Díaz

 

Por Pablo Gamba 

En el Festival de Locarno, en la competencia internacional por el Leopardo del Mañana, se estrenó No tengo boca, aun así debo gritar (Venezuela-Estados Unidos, 2026). Lo codirigieron dos venezolanos. Uno es Diego Andrés Murillo. Este es el sexto cortometraje que realiza en torno al tema de la migración y hemos escrito sobre todos los anteriores en Los Experimentos. El otro es Eduardo Andrés Díaz, productor de dos cortos de Murillo, Antílope (Venezuela-Estados Unidos, 2019) y Te seguimos buscando (Venezuela-Estados Unidos, 2025), entre otras películas. Esta es su ópera prima como director. 

La exploración de las posibilidades narrativas de la imagen electrónica es una de las características más destacadas de No tengo boca, aun así debo gritar. Parte del proceso de realización del cortometraje fue en la residencia Nouvelle Bug, en Revine Lago, Italia, que se especializa en cine experimental digital. Para Murillo es la culminación de una búsqueda que se remonta a Tal vez el infierno sea blanco (Venezuela-Estados Unidos, 2022), la cuarta de sus películas. En el caso de Díaz, percibo un interés análogo en su participación como productor de Los conjurados (Venezuela-Argentina, 2025), un corto sobre la migración de Humberto González Bustillo. 

La experiencia infernal alucinante de No tengo boca, aun así debo gritar es una respuesta a los crímenes que se cometen contra los migrantes, y ese es su segundo aspecto destacado. Murillo es un realizador que se deslinda de la búsqueda de compasión y solidaridad de los biempensantes con historias dramáticas de los que son perseguidos por esta causa. En cambio, se decanta por la resistencia rabiosa de los que migran porque no tienen otra opción, y se saben maltratados injustamente y en violación de sus derechos humanos. 

La ira de los migrantes causa terror donde se expresa ‒en el caso de los venezolanos, en particular, cuando no se corresponde con las expectativas en torno a las víctimas del “comunismo”‒ y es una de las razones por las que son incómodas las películas de Murillo. La más conocida antes de esta, Malestar transatlántico (Venezuela-Suiza, 2023), es una respuesta de furiosa ironía a la buena voluntad de la Academia de Primavera del Festival de Locarno, que recibió al migrante venezolano en un taller con Radu Jude. 

No tengo boca, aun así debo gritar se radicaliza en este sentido. Se trata aquí de una reacción visceral al traslado de 252 venezolanos, inmigrantes en los Estados Unidos, al infierno que es la cárcel del Cecot, en El Salvador, sin debido proceso y sin que la mayoría tuviera antecedentes penales, con el argumento delirante de que eran parte de la mafia mítica del Tren de Aragua. 

Murillo y Díaz reconocen en los créditos la cita de un fragmento de la novela Amuleto (1999). Lo veo como un homenaje a su autor, Roberto Bolaño. Han señalado como otra fuente de inspiración las imágenes del purgatorio en los retablos-láminas mexicanos. Pero el título refiere a un cuento de ciencia ficción de Harlan Ellison, de 1967, que hoy parece casi profético, de una inteligencia artificial que extermina a la humanidad y tortura a sus creadores. También la búsqueda que hay en este corto y Malestar transatlántico de imaginar posibilidades infernales alucinantes, pero por eso mismo coherentes con la lógica de medidas como la deportación al Cecot. Se trata, asimismo, de producir imágenes que frecuentemente no tienen refrentes reconocible, lo que acentúa la sensación terrorífica que son capaces de producir. 

Aquí Murillo y Díaz imaginan otro traslado, el del caso #253, un inmigrante desaparecido con el que las burocracias de Estados Unidos, El Salvador y Venezuela, y contratistas, ensayan una redención, transfiriendo sus recuerdos y pesadillas al cadáver de un venezolano desconocido del futuro, en Suiza. No hay que desestimar tampoco el hecho de que la inteligencia artificial está involucrada en la toma de decisiones sobre inmigrantes en los Estados Unidos. 

La imagen electrónica conforma así lo que experimenta y siente un personaje al que humaniza, al comienzo, alguien que lo recuerda con cariño y le manda un mensaje de WhatsApp en medio de una borrachera, aún sabiéndolo muerto. Pero en el argumento se perfila como una espantosa alegoría de nuestras identidades inevitablemente polifacéticas y contradictorias. La experiencia del desdoblamiento, común entre los migrantes que nos desenvolvemos entre mundos diferentes, se transmuta en una confrontación enrarecida con las memorias de un extraño y en una experiencia ciborg de interacción con un sistema que conjuga las deficiencias de los gobiernos y el sector privado. 


Pero el grito no esta allí sino en la resistencia que no cesa, aun después de la muerte de los migrantes y la desaparición de su país de origen. Fragmentos de imágenes y sonidos documentales son como relámpagos de capas de memoria de Venezuela y de la migración que no han podido ser neutralizadas, y que rasgan lo que de pura especulación podríamos creer que hay en esta ficción. La anclan así en indicios que pueden interpelar a los espectadores y espectadoras porque son coherentes con el conocimiento que se tiene de la realidad de los migrantes por los medios de comunicación. El que pueda reconocerla encontrará también una imagen del bombardeo con el que comenzó la intervención de Estados Unidos en Venezuela, el 3 de enero. 

Pero hay en esta película, además, una continuación del corto anterior de Murillo, Te seguimos buscando (Venezuela-Estados Unidos, 2025), por lo que respecta a otros resplandores fugaces de la que fue la patria de esos “deportados”, del país que fue Venezuela y su pasado de luchas. Se hallan significativamente en chispazos de las películas que también se hicieron allí. Es una prolongación en este cortometraje de la performance sobre los cuarenta años de cine venezolano previos a Hugo Chávez, desde 1950 hasta 1999, que Diego Murillo presentó en Caracas, en el festival Habitar el Cine, en mayo. 

No tengo boca, aun así debo gritar se ubica así también en otra vida que continúa resistiendo después de la muerte, la de ese cine. Su grito se revela como necesidad de hablar con voz propia y ser escuchado, allí donde el cuerpo que viene cargado de toda esa historia, de toda esa realidad dolorosa, ha llegado a tener una existencia tan precaria que lo pueden hacer desaparecer en cualquier momento, sin otra razón que la sinrazón de una xenofobia paranoica. 

Las últimas imágenes de la pesadilla son de Caracas. Apenas puedo identificar el lugar donde nací, pero sí me reconozco en la música, casi inaudible, que las acompaña. La voz indica que fueron incluidas como un último deseo, de acuerdo con los términos del contrato que asegura que #253 suscribió con sus verdugos. Pero en ellas la resistencia y el grito parecen vencer a la muerte.

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