“Miguel” de María Fernanda García y “Materia mágica” de Wilson Burbano

 

Por Mariana Martínez Bonilla

Como parte de la sección “Otros en nosotros” de Cámara Lúcida se presentan dos obras ecuatorianas en las que pasado y presente se mezclan a partir de la pregunta por la mediación de las imágenes en nuestros relatos memoriales y en tanto mediadoras de nuestras relaciones con los otros.

La primera de ellas es el cortometraje de María Fernanda García Miguel, estrenado tanto en Cámara Lúcida como en EDOC, simúltaneamente. Se trata de una narrativa en la que la ficción y la realidad se entremezclan para dotar a las imágenes de un archivo casero, filmado por los abuelos maternos de la artista multidisciplinaria, con un tono poético desde el cual piensa la relación entre la vida y la muerte. Trabajadas por la propia directora, como parte de las actividades del Taller de Intervención Directa sobre Celuloide y Herramientas de Terapia Fílmica del Festival Cámara Lúcida, dichas imágenes acompañan una breve reflexión sobre lo íntimo y lo maternal que se despliega en dos niveles, uno más ligero y cotidiano, y otro que se adentra en la pérdida y el afecto familiar como si se tratase de un poema dirigido a la ausencia de un ser querido.

Resulta notable, en primer lugar, la nula pretensión de la directora por conseguir un efecto dramático en torno a la noción de la muerte. Escuchamos la voz de un niño preguntando a su madre por la vida de las mascotas de ella, pero también de los perros en general, y sobre de las rocas y de las naranjas. Lo hace casi en sordina y me recuerda a esos momentos de la infancia en los que, recostados en el lecho materno, habitamos un espacio de intimidad absoluta con nuestra progenitora, en el cual toda pregunta es válida.


Cuando la madre no tiene respuestas, la voz de Ginamaría Hidalgo, entonando un verso de Las voces de los pájaros de Hiroshima, responde. El verso dice: “¿Quiénes? ¿Dónde están? ¿Quiénes, quiénes? ¿Dónde están? ¿Quiénes, quiénes? Los hombres. No sé. Mira, copos de ceniza, copos de ceniza, ceniza, ceniza”. Este cruce entre la pregunta infantil y el eco de una masacre histórica no busca golpear al espectador con una equivalencia fácil entre lo doméstico y lo catastrófico, sino sugerir que la finitud ‒la de los animales, la de las rocas, la de los hombres‒ es una sola trama que atraviesa por igual lo íntimo y lo colectivo. Frente a esta capa más honda, el cortometraje despliega también la vida en su dimensión más cotidiana e íntima: la convivencia familiar en momentos de ocio, esos gestos menores ‒una tarde compartida, un juego, una charla sin trascendencia aparente‒ que el archivo casero registra sin saber que, con el tiempo, se volverán reliquias. Es en esa tensión entre lo trivial y lo trascendente donde García encuentra su tono poético: no hay allí una voluntad de explicar la muerte ni de consolar frente a ella, sino de dejar que las imágenes, intervenidas y resignificadas, hablen desde su propia materialidad fílmica de aquello que las palabras ‒las del niño, las de la madre, las del poema‒ apenas logran bordear. Guiado por Marcela Cuevas, sobre cuyo trabajo hemos escrito en Los Experimentos, el trabajo sobre las imágenes efectuado por García da cuenta de una conciencia plena de la materialidad y la historicidad del medio con el que trabaja, así como sobre las potencias de la violencia inscrita sobre el fotograma, en tanto resignificaciones simbólicas y sígnicas de las imágenes. 


Memoria mágica es un documental en primera persona de Wilson Burbano, cineasta ecuaturiano formado en la Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía (VGIK) de Moscú, que tuvo su estreno binacional en noviembre de 2025, con funciones en los territorios donde fue filmado: Ecuador y Colombia. Ha obtenido reconocimiento internacional, haciéndose acreedora de los premios al mejor director, mejor película y mejor sonido en festivales en Francia, India y España. Asimismo, ha formado parte de la programación del EDOC.

En este filme acompañamos el viaje de su creador hacia los territorios habitados por sus ancestros. Una vez más, las preguntas por la memoria y la materialidad de las imágenes se hacen presentes, en tanto Burbano decidió convertirse en una sombra para acercarse a la cultura Pasto, avanzando por una provincia dominada por el extractivismo minero y el narcotráfico. Una vez allí, emprenderemos un viaje en el tiempo hacia el pasado colonial, descrito por la sinopsis del filme como un viaje antropocósmico.  
Este largometraje de 77 minutos documenta el regreso del cineasta ecuatoriano a sus orígenes, a partir de la búsqueda del nicho donde deberían yacer los restos de su abuela paterna. Al no encontrarlo, Burbano emprende un viaje hacia el pasado para rastrear tanto su genealogía como la cosmovisión de su pueblo. En ese recorrido, modernidad y tradición se entrelazan a través de la alfarería: un plato circular, elaborado ante la cámara y en el que se cifra el secreto de la vida y el ciclo vital, funciona como la metáfora que da inicio al viaje. Se destaca, asimismo, el uso de la cámara de un teléfono celular para la realización de la obra: su baja resolución añade un toque amateur y de hiperrealismo a esta búsqueda, mientras que el ritmo general, deliberadamente lento, se sostiene sobre fragmentos vocales en off ‒el propio director narrando su travesía‒ que tienden hacia lo poético y marcan la cadencia del trabajo de Burbano.


El propio director enmarca el proyecto como una indagación tanto intuitiva como investigativa sobre los misterios que corren por su sangre, en la que confluyen el mestizaje europeo, indígena y afrodescendiente que atraviesa su árbol genealógico entre Nariño, Carchi y Esmeraldas. Burbano vincula esta búsqueda personal con un propósito más amplio de autoconocimiento colectivo: el rescate de la lengua del pueblo Pasto, perdida entre la dominación incaica y la conquista española, así como de las artes, costumbres y saberes astronómicos que perviven en la simbología y la “geometría sagrada” de los objetos arqueológicos y las artesanías de dicha cultura. A ello se suma una dimensión más especulativa del filme, en la que el director busca tender puentes entre el hombre de la tierra y presencias cósmicas desconocidas, como parte de un anhelo por reincorporarnos, según sus propias palabras, a un universo multicivilizatorio y polidimensional.

Más allá de sus evidentes diferencias de duración y escala, Miguel y Memoria mágica comparten una misma convicción: la imagen doméstica y precaria (el archivo casero intervenido, el celular como única herramienta de registro) puede volverse un instrumento legítimo para pensar la memoria, el origen y la finitud. Para ello, García y Burbano optan por la contención y la honestidad material de sus medios, dejando que sean la voz de un niño o la sombra de un cineasta quienes conduzcan al espectador por preguntas que se se repliegan hacia lo íntimo, lo ancestral y lo cósmico. Ambas propuestas confirman la vitalidad de un cine ecuatoriano dispuesto a experimentar con sus propios medios de producción para in

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