“En esta tarde de retorno” de Carmen Vásquez Uriol


Por Mariana Martínez Bonilla

Como parte de la edición de 2026 de Lima Alterna, se estrenó En esta tarde de retorno (Perú, 2026), ópera prima de Carmen Vásquez Uriol. Se trata de un largometraje de no ficciónde sesenta y dos minutos, filmado en Contumazá, en la sierra de Cajamarca, a lo largo de siete años y con la vieja cámara de video del padre de la directora. Su punto de partida es un misterio familiar: el asesinato de su bisabuelo, ocurrido hace casi un siglo, un hecho violento que nadie recuerda y que sirve a la Vásquez Uriol para desarrollar un documental de observación sobre la memoria y el paso del tiempo.

La película no investiga dicho crimen en el sentido policial ni tampoco procura resolverlo; lo que persigue es un fantasma. Salomé Uriol existe en el filme únicamente como ausencia, como un nombre y un hecho que circulan de boca en boca, y la directora no intenta rellenar ese vacío con reconstrucciones ni con una verdad de archivo. Esta decisión es, en realidad, el núcleo de la propuesta: el filme trata menos de lo que pasó que de cómo se recuerda, o se olvida aquello que pasó. En ese sentido, podríamos afirmar que, de cierta manera, dialoga con la noción de postmemoria de Marianne Hirsch, la de una generación que hereda un pasado que no vivió y lo habita a través de relatos, silencios y fragmentos.

El mayor acierto de la película es, probablemente, la baja calidad de sus imágenes hechas con una cámara casera. Su degradación y muy baja resulución otorga al filme un matiz material precario que, en ningún momento, apela a la estética retro o a la nostalgia, sino que se convierte en parte del argumento. Gracias a ello, los contornos se desdibujan y la memoria aparece como lo que es: una imagen que se pierde un poco cada vez que se mira. Ver el valle con esa cámara es ver el fantasma de un valle. Ejemplo de de ello son las secuencias en las que vemos las montañas y los paisajes rurales de Contumazá a través de la ventana de un vehículo en movimiento, cuando la sensación nebulosa de la imagen se vuelve especialmente elocuente.


La estructura capitular organiza esta deriva. En lugar de una línea dramática que avance hacia una revelación, el filme van rodeando el misterio sin intentar resolverlo. Para ello hace en algunas entrevistas breves que no tienen una conclusión unívoca. En todas y cada una de ellas, la directora se encuentra con una memoria decadente, ningún testigo del crimen sigue vivo y aquellos que tienen algún dato son incapaces de aportar una respuesta ante las interrogantes de la directora.

En general, esta película es lenta, y lo es de manera deliberada. La sinopsis oficial la define como una mirada contemplativa, y en efecto, en varios pasajes se acerca a lo observacional: deja ver paisajes, rostros y escenas de la vida cotidiana en Contumazá, sin que nada las justifique más allá de su presencia. La directora se detiene en las rutinas de su madre, sin ir más allá de la mera mostración de las actividades cotidianas: cuidar su jardín, tender la ropa. Ese tiempo dilatado tiene una lógica: es el tiempo propio del lugar en donde la historia y el pasado se sostienen por la oralidad o, si se prefiere, por el rumor que suspende el paso del tiempo en el paisaje. Sin embargo, esa misma lentitud tiene un costo muy alto, pues la tensión dramática entre la búsqueda fantasmal y el olvido se disuelve en una falta de progresión que termina por adormecer al espectador.

Por otra parte, el documental se anuncia como una revelación de la belleza, la soledad y la poesía del poblado y sus habitantes a través de sus paisajes y tradiciones. Sin embargo, hay en ello un riesgo de lirismo complaciente: cuando el paisaje se vuelve bello y el pueblo entrañable, el misterio del asesinato, que implica violencia y olvido, corre el peligro de diluirse en una postal musicalizada. Vale entonces preguntarse si la soledad que muestra es más incómoda de lo que su discurso publicitario deja entrever.

Sin embargo, En esta tarde de retorno es una película pequeña en medios y grande en intención, que encuentra en sus limitaciones técnicas una forma coherente con su tema. Su apuesta es también su riesgo: confiar tanto en la atmósfera y el tiempo que el espectador que no entre en su ritmo se quedará fuera. Resulta revelador que la directora se defina como una mirada migrante, criada lejos de ese territorio, pues esa distancia es la mayor riqueza del filme, pero también su mayor debilidad. Queda una tarea para el espectador, la cual consiste en responder ¿hasta qué punto Vásquez Uriol filma el pueblo y hasta qué punto filma la idea que se ha hecho de él?

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