“No hay camino” de Luciana Espinoza Hoempler
Por Mariana Martínez Bonilla
Como parte de la edición 2026 de Lima Alterna se presenta No hay camino, de Luciana Espinoza Hoempler. Se trata de un trabajo con una duración de dieciocho minutos que se hizo acreedor del Premio Joven Cine Zeta en Documenta Madrid, donde se estrenó, y que toma la forma de un documental de escritorio: toda su materia prima aparece dentro de la pantalla de una computadora, sin cámara externa ni entrevistas, y sin una voz que explique lo que vemos.
Su tema es uno de los episodios más trágicos de la migración contemporánea, el cruce por el Tapón del Darién, la selva pantanosa entre Colombia y Panamá que interrumpe el curso de la Carretera Panamericana, partiendo de la localidad colombiana de Capurganá. La película no filma dicha travesía, sino que la reconstruye con los restos digitales que ese cruce deja en el mundo.
Así pues, este corto trabaja con tres materiales principales. El primero son las grabaciones hechas con teléfonos celulares; el segundo es la conversación de la directora con ChatGPT, al que pregunta por la ruta, sus riesgos y su contexto, y el tercero son los mapas de Google, donde traza el recorrido a partir de los nombres de los lugares que los migrantes van mencionando en sus videos. Esta superposición de capas es el hallazgo formal de la película, pues el mapa convierte el territorio en un trazado abstracto, el chat en información, y los videos devuelven a ese espacio lo que ninguno de los dos puede dar: cuerpos, barro, miedo y cansancio.
La ausencia de una voz explicativa organiza todo el corto: no hay un narrador que ordene el sentido; ese trabajo lo hacen las interfaces digitales. Eso renueva el tránsito de la imagen contemporánea en el que la pantalla ya no es solo el soporte de lo filmado, sino el dispositivo narrativo mismo, el lugar donde se busca, se consulta, se mira y se comparte. No hay camino retrata así una experiencia que el espectador conoce bien, la de enterarse del mundo a través de ventanas superpuestas.
El documental de escritorio, término acuñado por Kevin B. Lee, parte de la idea de que la pantalla es a la vez cámara, archivo y escenario. Inscrito dentro de la tradición del metraje encontrado y del ensayo audiovisual, esta forma ha tenido un desarrollo más visible en el cine europeo y norteamericano. En Latinoamérica no es una corriente consolidada, aunque han aparecido ejercicios dispersos, lo que vuelve aún más notable que Luciana Espinoza recurra a dicha estructura formal y narrativa para abordar una de las problemáticas más complejas en nuestra región.
Durante décadas, el Tapón del Darién se consideró prácticamente intransitable. Sin embargo, dicha condición cambió en la última década, cuando los flujos migratorios hacia el Norte, sobre todo de venezolanos pero también de haitianos, colombianos y ecuatorianos, la convirtieron en una de las rutas más transitadas del hemisferio. Desde 2024 el flujo se redujo de manera drástica por el endurecimiento de las políticas migratorias estadounidenses y de las restricciones regionales.
Los peligros están documentados por organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras y otros organismos internacionales: ahogamientos, caídas, enfermedades, deshidratación, robos, extorsión y violencia sexual, además de muertes y desapariciones que muchas veces nunca llegan a registrarse, tal y como las imágenes recuperadas por Espinoza nos hacen ver. Para comprender el fenómeno, la directora delega la explicación sociopolítica en ChatGPT, y a eso suma las interacciones en Facebook de quienes quieren hacer la ruta. La cantidad de publicaciones, preguntas y consejos que reúne el montaje es en sí misma un dato: la urgencia por migrar hacia Estados Unidos es tan masiva que ha generado su propia economía de la información.
La elección de la IA es la característica más arriesgada del corto: por un lado, el lenguaje del chat, ordenado, neutral y administrativo, contrasta con la crudeza de los videos y deja expuesta la insuficiencia de la información: saber no equivale a entender, ni mucho menos a sentir. Por otro lado, ese recurso no garantiza objetividad, pues un modelo de lenguaje produce respuestas plausibles, no verdades verificadas, y su aparente neutralidad es también una forma de postura, la del consenso promedio. Además, su uso reiterado puede resultar cansado: la cadencia uniforme de las respuestas pesa frente a la intensidad de los otros materiales, y en ocasiones el recurso parece más una convención formal que una necesidad dramática.
Opuesto a ello, el momento más fuerte ocurre por contigüidad. La directora recupera el video de una usuaria que se pronuncia contra la migración por el Darién: según ella, la relación entre costo y beneficio no favorece al migrante. Inmediatamente después, otro video parece darle la razón de la manera más dolorosa: la búsqueda de un hombre desaparecido, grabada por su hermana, que rompe en llanto por no saber dónde está. Siguen más archivos de búsqueda de desaparecidos y luego otros sobre los distintos peligros del cruce, desde abusos sexuales hasta accidentes físicos. El montaje, entonces, convierte una opinión en evidencia sin necesidad de comentario.
Por otra parte, este trabajo audiovisual no deja fuera lo que el tránsito masivo implica para el territorio, pues el Darién es una de las regiones con mayor biodiversidad en el continente, con áreas protegidas, y comunidades indígenas y afrodescendientes que viven allí, y el paso de cientos de miles de personas deja huellas: basura, contaminación de las fuentes de agua, presión sobre un ecosistema frágil. Desde una perspectiva general, la película permite ver cómo la urgencia humana y el deterioro ambiental se alimentan mutuamente, puesto que la selva no es solo el escenario del peligro sino también una víctima del flujo que la atraviesa. Esta dimensión amplía el alcance del corto más allá del drama individual y lo inscribe en una discusión sobre cómo se habita, y se daña, el territorio en las rutas de la desesperación.
Es imposible mirar el corto sin pensar en el concepto de necropolítica de Achille Mbembe: el poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir, ejercido muchas veces no mediante la violencia directa sino mediante el abandono. El Darién funciona como un espacio de ese tipo; en él, las políticas de contención no eliminan el desplazamiento, solo lo empujan hacia territorios donde la selva y el crimen organizado hacen el trabajo que los Estados-nación no quieren asumir, y la película lo muestra sin nombrarlo: quienes buscan a sus desaparecidos lo hacen en las redes sociales, sin información oficial ni rastro de las autoridades. La ausencia del Estado no es una carencia accidental sino una condición del sistema: hay vidas cuya pérdida no genera protocolos de búsqueda, comunicados ni duelo público. El duelo queda, literalmente, en manos de la hermana que llora frente a una cámara de celular.
Finalmente, No hay camino es una obra interesante y propositiva, que ensaya una forma de narrar la migración coherente con el modo en que hoy se produce y circula la información, al demostrar que un documental puede hacerse sin salir de la pantalla y, aun así, decir algo irreductible sobre el territorio, sus víctimas y su abandono. Su título resuena con la imposibilidad del tránsito y, al convertir el escritorio digital en un espacio de duelo, información y búsqueda, Luciana Espinosa Hoempler propone una mirada contemporánea sobre el tema. Quizá su mayor límite sea también su mayor apuesta al eliminar la subjetividad de su autora, quien no expone su punto de vista, sino que permite que el espectador elabore sus propias conclusiones y evita la tentación del discurso aleccionador. Pero también deja la sensación de una mirada que se esconde detrás del dispositivo. El gesto de montaje, siempre una toma de postura, está ahí, pero la película no lo asume del todo. Un documental de escritorio puede ser profundamente subjetivo, como lo demuestran muchos ejemplos del género, y aquí esa posibilidad queda sin explorar.
A esto se suman las tensiones éticas de trabajar con videos ajenos producidos en situaciones de extrema vulnerabilidad: ¿qué consentimiento tienen esas imágenes?, ¿cómo se preserva la dignidad de quien llora ante la cámara? La película evita el efecto de la simple acumulación del horror, pero esa frontera es delgada.
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