“Dragón” de Yashira Jordán
Por Pablo Gamba
Dragón (Bolivia-México, 2025) fue el cortometraje ganador de la competencia internacional de Olhar de Cinema, en Curitiba, Brasil. Se estrenó en el BAFICI el año pasado y es una película dirigida por Yashira Jordán, a quien se la conoce por el largometraje Durazno (Bolivia-Argentina, 2014), obra de un cine de realización ecológica en la que actuó Nahuel Pérez Biscayart.
Creo que Dragón es una película sintomática, y a eso debe su trascendencia. Pienso que Jordán, consciente o inconscientemente, plantea una renovación del cine del realismo sucio de los noventa ‒expresión que el crítico Christian León usa para caracterizar la violencia urbana del “cine de la marginalidad”‒ que no deriva hacia lo poético, como en Barrio Triste (Colombia-Estados Unidos, 2025), de Stillz, comentada aquí, sino hacia una fantasía afincada en la misma realidad del relato, la de los jugadores de videojuegos, y hacia el terror.
También rescata el cortometraje del realismo sucio la correlación entre un problema social vinculado con la pobreza general y una estética de cine pobre. El estilo valida los que para la convención industrial-televisiva-de plataformas serían errores de encuadre y de iluminación, que atribuyo al uso de luz natural. Pero con estas imperfecciones contrastan las actuaciones de los no actores protagonistas, la dinámica de un montaje elíptico y la narrativa que hace converger las dos líneas de la historia que se cruzan antes como presagio.
Algo más que se destaca de este rescate es que, a pesar del aspecto amateur de la cinematografía, tiene coherencia por lo que respecta a la paleta de color. La ambientación en locaciones reales le da a la ficción un aspecto documental que es lugar común en el cine del realismo sucio, pero que se combina con la nostalgia de los primeros videojuegos de rol y que crearon mundos virtuales.
Dragón se rodó en Cochabamba, Bolivia, donde nació la cineasta, con actores no profesionales, y en lugares como un mercado, cibercafés, barrios de casas humildes, probablemente céntricos, y zonas periféricas donde se percibe una falta de solución de continuidad entre el espacio urbano y el campo. Pero lo más significativo en la representación de la ciudad es la atmósfera de paranoia que hay en torno a los robos, y la persecución y linchamiento de los presuntos autores a mano propia por vengadores de la “comunidad”. Percibo en esto un miedo característico del backwoods horror, el terror de los parajes rurales, trasladado a la ciudad y que aquí adquiere, además, un sutil trasfondo étnico.
Muñecos ahorcados, uno con un letrero que dice “ladrón pillado será colgado” se ven colgados de los postes del alumbrado público de la Cochabamba del film.
Los protagonistas, los hermanos Dragón Rojo y Puma Punku, hacen uno para someterlo a un trato similar. “Ladrón encontrado será quemado”, le escriben. Los nombres se explican porque los dos personajes forman parte de un grupo de aficionados que se reúnen en Internet para jugar videojuegos retro en línea, liderado por Troy, un adulto que parece vivir sin trabajar, dedicándose al cultivo de la nostalgia de sus hazañas de gamer en los noventa y al alcohol.
Pero lo que cuenta no son estos lugares comunes de la representación de la juventud o el personaje del hombre maduro fracasado, atrapado en una eterna adolescencia. Se trata de la relación de Puma Punku con las advertencias sobre los linchamientos y la cobertura que hace de ellos el noticiero de la televisión, creando un espectáculo de terror truculento. En una escena de zapping hay un plano que basta para identificarlos con las culturas originarias de los Andes.
El género de referencia específico pareciera ser, entonces, el backwoods horror, el terror que acecha a los personajes de la ciudad en los parajes rurales. Esto puede prestarse para la descalificación de esta película por racista. Pero sería desestimar la justa crítica de una violencia que se hace “comprensible” y tolerable implícitamente en los medios como supuestamente “ancestral”, lo que requiere, sin embargo, la complicidad de la policía y el sistema de justicia inoperantes, y la televisión que la explota como espectáculo y para aterrorizar.
Dragón Rojo dice que el muñeco que hacen para quemar es “cumpa” de Puma Punku porque se dedican a lo mismo. Su hermano es un ratero que roba en el mercado donde los dos trabajan. En ese mundo real se va a cruzar con Troy, sin que este parezca saber que se han encontrado antes en el videojuego.
Frente a ese otro lugar común que es la creencia de que los jóvenes trata de evadir la realidad en cibercafés, que homologa así esta afición con la que tiene Troy a emborracharse, lo que encontramos en esta película es mundo real que se presenta como mucho más alucinante que el del videojuego, y que confluyen los dos, con las líneas de la historia, en la deriva hacia el terror.
A pesar de la problemática, los actores naturales, la ambientación en locaciones reales y el documentalismo, estamos aquí, por tanto, ante una película que trasciende el realismo sucio para asomarse a esta otra posibilidad. De la observación o espectacularización de lo real de la violencia en torno al delito pasamos aquí a su disolución en un terror de pesadilla, pero real.
Esto da a pie a otra crítica, y es la desestimación del poder de la imaginación para abrir la perspectiva de cambiar el mundo. No hay aquí este optimismo, tan necesario para la vida y para la lucha, pero tampoco un terror que apenas sea como un mal sueño y pueda disiparse como tal. Por el contrario, se impone como angustiante manera de percibir el problema de los linchamientos, sin ninguna justificación racional, sin el filtro de lo “políticamente correcto”. Así como la espada que le roban a Troy es un trofeo de los juegos de rol reales basados en los mundos virtuales, Puma Punku se dibuja borrosamente como parte de una realidad que tiene un doble también real, aunque es como un videojuego de terror.


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