“Filme pin” de Andrés Jurado y María Rojas

 

Por Pablo Gamba 

En el FID de Marsella se presentará fuera de competencia Filme pin (Colombia-Portugal, 2026), de Andrés Jurado y María Rojas. Se estrenó en la sección Forum Expanded, en el Festival de Berlín, y es una coproducción de La Vulcanizadora, el estudio de los cineastas colombianos, que se especializa en arte del archivo, y de la memoria de las luchas de resistencia y revolución. 

El corto se basa en una colección de suvenires del abuelo de la narradora en off. Casi todos son pines políticos del siglo XX, de solidaridad internacional con diversas luchas revolucionarias de liberación nacional y con los países socialistas. El personaje de la voz es la cineasta y periodista Ana Naomi de Sousa, y el coleccionista Carlos Alberto Plâcido de Sousa (1925-2013), médico y militante del Partido Comunista Portugués contra la dictadura de António de Oliveira Salazar (1933-1974). Fue una figura clave en la Fuga de Peniche, en la que salió de la cárcel Álvaro Cunhal, líder histórico, y otros dirigentes de la organización. Se radicó en Londres, donde fue editor de una publicación de denuncia internacional del régimen y sus colonias africanas. 

Hago esta breve semblanza para que se entienda cómo la colección retrata al personaje de Sousa. Pero estos objetos hablan por sí mismos de una afición que desborda la lógica política de la militancia. La revela como una pasión vital en la carga de emoción que pudieron haber tenido para él los mensajes que hay en ellos, en diversos idiomas, la estéca de la propaganda, inclusive. Abren una posibilidad de identificación con los que mantienen prácticas análogas en el presente, como cubrir de calcomanías políticas la laptop. Más allá de eso, la persistencia de los sentimientos de solidaridad internacionalista, aunque también pueda tener algo de frivolidad. 

Transmitida por herencia, la colección se transforma en otra cosa, en archivo familiar. Más allá del vínculo personal del coleccionista con sus objetos, adquiere el poder de activar una memoria compartida, de las luchas de los antepasados que forman parte así de la vida de mucha gente de izquierda, que se prolongan en las que la cineasta narradora reconoce como “mis causas”. 

En nuestro tiempo, estos recuerdos no pueden evitar la conciencia de que muchos de los regímenes que celebran los pines fueron dictaduras. Lo mismo pasó con movimientos de liberación triunfaron. Algunos siguen en el poder. Esto explica que la narradora muestre los pines con cierta ironía. Sin embargo, no por ello dejamos de sentir los efectos de la luz de esperanza en un mundo mejor que logra filtrarse entre esas sombras y sigue cifrada en esos objetos. 

La narradora parece descifrarla cuando traduce lo que un pin dice en árabe: “Yo estoy con la revolución”. Pero agrega que la frase la involucra: “yo” en árabe es “ana”, como su nombre. Muchos seguimos sintiéndonos involucrados con la cabeza de Lenin o el significado originario de siglas como MPLA (Movimento Popular de Libertação de Angola) o el acrónimo Frelimo (Frente de Libertação de Moçambique), cuando eran expresiones de lucha, no regímenes establecidos en las ex colonias. Nos tocan ‒nos producen ardor, diría Georges Didi-Huberman‒ por su capacidad de despertar lo que queda en ellas de lo que movió a los pueblos a luchar por la revolución. 

El documental dispone los pines sobre el limbo de una tela negra para filmarlos en 8 mm, con una tecnología fílmica igualmente en resistencia. Si la calidad de la imagen no es lo suficientemente reveladora para los ojos habituados al digital, lo recuerda el sonido de la cámara, aunque esté en over y su intermitencia nos revele que no está sincronizado con las imágenes.


Si ponemos atención, nos daremos cuenta, cuando la narradora habla de un pin de Mandela, de que la voz tampoco está en perfecta sincronía. Es una sensación sutil de desfase que parece congruente con el anacronismo de los mensajes. En tensión con esto, sin embargo, cobra importancia el indicio de materialidad que es la presencia en cuadro de la mano de Ana de Sousa. Es una sensación de que son piezas reales, que estuvieron allí frente a la cámara. Se las ve como si se las pudiera tocar. 

La película refuerza la sensación cuasitáctil de un modo ingenioso y de gran lucidez, cuando vuelve a mostrar los pines boca abajo. No vemos entonces el mensaje sino ese otro aspecto revelador de su materialidad que les da el nombre a estas piezas, la aguja para prenderlos y lucirlos en la ropa. En esa punta filosa podría sentirse, como en la punta de los dedos, no solo la materialidad de estos objetos. También hay algo que me hace imaginar una punción, como la leve quemadura de la memoria que arde escondida en ellos. 

A estos vínculos materiales con la vida se añade la sensación de apertura que transmite la película, cuando con los créditos de fondo la narradora nos habla del hallazgo de otra colección del padre, de fotografías de presos de la dictadura de Salazar. El álbum de su familia política, lo llamaría. Pero también de cómo la carpeta donde estaban llegó a ella, como si esa otra pieza del archivo familiar la hubiera buscado para decirle algo importante. De aquello que las colecciones tienen que nos permite asomarnos al misterio que es la persona del coleccionista, volvemos aquí a lo que les da su poder cuando devienen archivo, documentos que desestabilizan el pasado como historia inerte y en los que sentimos algo que nos interpela, nos reclama en el presente. 

Es por el pensamiento sobre la relación entre colecciones y archivos que Filme pin cobra significación como una película pequeña, pero valiosa en el contexto del cine contemporáneo. Políticamente, sin embargo, va más allá de la referencia académica a textos como los de Didi-Huberman o Walter Benjamin para hacernos sentir que, aún en los tiempos de desaliento, seguimos teniendo una débil fuerza mesiánica y una responsabilidad que se desprende de ello.

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