“Jankee” de Yamel Thompson

 

Por Pablo Gamba 

Jankee (México-Argentina, 2025) es parte de la competencia de óperas primas latinoamericanas Horizonte del festival CineBH de Belo Horizonte, Brasil. Es una película que Yamel Thompson realizó en el marco de sus estudios de maestría en ensayo fílmico en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba. Se estrenó en Visions du Réel en 2025 y fue parte también del festival Novos Cinemas de Pontevedra, en España. 

La intimidad, la atracción sexual y la posibilidad del amor en el marco de las asimetrías que atraviesan muchas relaciones es el tema de Jankee. El encuentro casual en La Habana con un joven pescador del Malecón, justo en el umbral de la mayoría de edad, es el disparador de una historia sobre la cual reflexiona en primera persona la cineasta, que habla en over y en off, manteniéndose casi toda la película detrás de la cámara con que filma. 

Desde el comienzo, el encuadre se presenta como expresión de dominio sobre la persona que se convierte así en personaje. Pero también percibimos la fricción y las contingencias en torno a ese poder. Se hacen patentes como presagio, con el azar de la lluvia que desestabiliza el encuadramiento del chico, Jans, y me parece un bello recuerdo de una escena de Ladrón de bicicletas

Hay una referencia fílmica que encuentro ineludible: Sherman’s March (Estados Unidos, 1985). El realizador de esta otra película, Ross McElwee, se propuso hacer un documental sobre la campaña del general norteño del título por el Sur durante la Guerra de Secesión, que se considera un hito de la guerra moderna. Sin embargo, se desvía hacia el relato de sus encuentros y relaciones con diversas mujeres, propios de un hombre joven que busca pareja. 

Los encuentros de Sherman’s March derivan en acercamientos que le abren las puertas al cineasta a la intimidad de sus personajes femeninos, lo que incluye tanto las chicas en las que se enfoca su interés como a sus amigas. Esa es otra semejanza con Jankee, que incluye escenas en el baño, por ejemplo, aunque también en la cama, una de ellas de Yamel y Jans haciendo el amor. 

La relación con la cámara es hoy diferente de la época de Sherman’s March, lo que se debe a que la posibilidad de grabar se ha hecho parte de la vida cotidiana con los celulares. Además de una herramienta, la cámara es una compañía íntima y un juguete. Filmar se convierte así, casi naturalmente, en un juego de seducción sin solución de continuidad con el proyecto del film. 

No ocurre, sin embargo, salvo en una breve escena, que Yamel haga partícipe a Jans de ese juego, dándole la cámara para que filme. Esto marca una significativa diferencia, por ejemplo, con una película reciente en la que la relación entre la cineasta y su personaje también deriva hacia lo personal, aunque siempre dentro de los límites de la amistad: El príncipe de Nanawa (Argentina-Paraguay y otros países, 2025), de Clarisa Navas. 

Nunca se desliza Jankee hacia lo que llamaríamos “documental participativo”, siguiendo al inevitable Bill Nichols. Yamel se decanta, en cambio, por ceder su poder solo hasta un “punto intermedio”, siendo la otra opción para ella no dejar que Jans filme sino no filmar. Pone la cámara en un lugar que les permite estar juntos frente a ella, como en la escena en la que hacen el amor. 

En el contexto de la historia, este cambio de posición es como un correlato fílmico de la entrega afectiva, de la aceptación de que lo que siente por Jans es amor. De su disposición, también, a cruzar la barrera ética de la relación de la documentalista con el sujeto de su película hacia otro tipo de vínculo. Pero es un desplazamiento y una entrega limitados.


El plano final los muestra a los dos bailando frente a la cámara un reguetón cuasipornográfico seleccionado por Jans. Ahora es es él quien la deja a ella sola en el plano, transmutada en otro personaje. Sin embargo, no es totalmente un final que equilibre la relación. Todo ocurre años después, en un reencuentro en el que lo descubre a él cambiado, y que reafirma la perspectiva y poder de Yamel como narradora de la película. 

La fuerza que tiene la escena última se añade a muchas otras que ponen en tensión lo ensayístico del film con el peso que adquiere por sí misma la historia de amor cargada de la tensión sexual del juego de poder. Conjugada brillantemente con la mirada de la mujer al hombre, con la irreverencia antipatriarcal de los piropos que ella le dice a Jans, es un poderoso atractivo narrativo de esta película, más allá de cualquier consideración intelectual respecto a los temas del ensayo. 

Sin embargo, los problemas de Cuba quedan como “telón de fondo”, lo que plantea otro tipo de preguntas en torno a la relación entre la cineasta y su personaje, sobre las circunstancias reales de Jans como persona. Yamel Thompson eligió contar una historia sobre el amor, el juego de poder en torno a él y el cine, no sobre el interminable colapso del sistema socialista. Quizás sea más original. Pero los cuestionamientos posibles al “giro subjetivo” del documental terminan rondando así a Jankee, porque la paranoia de la Guerra Nuclear del presente es también un tema explícito de Sherman’s March, aunque la distancie más de un siglo del conflicto bélico del título.

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